Carmen Llanquín es una niña que sueña con poder ir a la escuela. Sueña y lo dice en la cocina helada de su casa, una mañana ardiente de verano. Como un grito silencioso que nace desde lo más profundo de la candidez infantil, pregunta: “¿Puedo ir al colegio?”. Manuela, su madre, la escucha mientras le sirve el desayuno. No le responde. La tristeza se le nota en todo el cuerpo ya débil por el paso del tiempo. Se levanta de la mesa, se mira en el espejo, se arregla el pelo y se va.
Vengo a pedirle que acepte a mi hijita en su colegio, no tengo dinero para pagar la cuota pero tengo las manos fuertes para trabajar en lo que necesite.
Ema Pizarro, la madre superiora del colegio María Auxiliadora, escucha a Manuela y dice lo único que podría haber dicho frente a una madre desesperada que lucha por el futuro de su hija: “La acepto, tráigala que empieza hoy mismo”.
Carmen Llanquín es una niña que va a poder ir a la escuela.
Cuarenta años más tarde, la niña que ya no es niña sino mujer, se despierta. Se aparta el pelo que el sudor de la noche le pegó a la cara, pone a hervir agua y prepara el mate. Son las seis de la mañana en Junín de los Andes, una pequeña ciudad del sur de la provincia del Neuquén. Como todas las mañanas, se va al colegio.
Esas mismas aulas del María Auxiliadora que le cumplieron su sueño, la reciben hoy en su rol de maestra al frente de la materia Cultura Mapuche.
“Una de las cosas que aprendí de mi madre es el sentido de la responsabilidad, el hacerse cargo, agradecer y actuar en consecuencia”, afirma con orgullo esta mujer nacida en el seno de una familia mapuche, que se despierta y toma mate, da clases en el colegio de su infancia y, desde hace 11 años, está al frente de una organizaorganización que nuclea a más de 40 comunidades de esa etnia: Unmay.