El conurbano bonaerense está lejos. Técnicamente no, es cierto. Basta, por ejemplo, tomarse un tren en Retiro para estar en Vicente López en unos minutos. Eso si el tren no sufre ningún desperfecto, lo cual es bastante probable. Eso si el tren sale, lo cual es insoportablemente factible. De todas maneras, esa extensión amorfa, pocas veces perceptible, que mira a la Capital y le da la espalda a la Provincia, es el símbolo de lo remoto. Una periferia que no termina de constituirse. Un lugar a la deriva tan estigmatizado como desconocido.
El conurbano bonaerense está allá.
Y allá es lejos.
El sábado amaneció tan temprano que tomó a la Ciudad por sorpresa. La resaca de la noche anterior deambulaba sin destino por las veredas. En los colectivos se mezclaba el olor a café de los recién levantados con el aliento a alcohol de los que aún no se habían acostado. El resultado era una capa de aire espesa que amenazaba con desprenderse de la atmósfera y caer al suelo en cualquier momento. La inminencia del peligro propiciaba un mal humor generalizado. Típico.
En la estación de trenes de Palermo, tres hombres arreglaban –intentaban arreglar– alguno de los tantos inconvenientes que presentan las vías obsoletas y oxidadas. Inútiles. Sobre el andén, una mujer doblaba minuciosamente las páginas de un diario en formato sábana para leer más cómoda alguna noticia que olvidará enseguida. Un ruido metálico anunció la llegada del tren. Un grito ensordecedor del inspector anunció la partida del tren. Hay personas que gritan un sábado a las siete de la mañana. Hay personas que lo padecen.
Martín Elsesser espera en el auto en la estación de Villa del Parque, saluda, avisa que vamos a ir por una paralela a Beiró, que es la manera más rápida para llegar y que nos acomodemos porque tenemos más de una hora de viaje.
Arrancamos.
Lo único que persiste, a medida que nos alejamos de Capital, son los carteles de candidatos a elecciones que ya pasaron. Que ya perdieron. El resto es diferente. Barrios de casas bajas, silencio y frío seco. Mucho frío.