Bancos
de microcréditos
Pequeños préstamos, grandes sueños
A partir de su experiencia en la India, Muhammad Yunus
sembró de Bancos de Pobres las tierras más
hambrientas del mundo. Cómo trabajan las organizaciones
que adaptaron en la Argentina el método del flamante
premio Nobel de la Paz.
Textos Cristina Pérez
La tierra cuarteada y dolorida de la Villa 21-24 de Barracas
de pronto se vuelve fértil: nacen esperanzas, acuna
sueños, retorna productiva. Paloma coquetea con
una cartera, hace muecas, juega y ríe con risa grande;
mientras su mamá fantasea: "Yo quisiera tener
una boutique, siempre lo soñé".
Por ahora, Carmen apenas puede llevar adelante su casa
con lo que ella misma confecciona, pero tiene proyectos.
Quizá demasiados en un entorno donde la pobreza
se llevó bastante más que la comida de los
platos. Sin embargo, al menos ahora se anima a pensar en
el futuro. Y sus tres hijas se entusiasman. "Vamos
a tener muchas carteras y cosas para probarnos", dice
Liz y mira a lo lejos, con una mirada que va más
allá del Riachuelo que pasa por el frente de su
casa.
La emoción sacude las teorías: Carmen recuperó la
autoestima porque trabaja y puede "parar" la
olla en un hogar que la tiene como único sostén.
El Banco de los Pobres (Grameen Bank) que Muhammad Yunus
sembró en su también árida y hambrienta
Bangladesh natal y luego diseminó en el llamado
tercer mundo, es la inspiración para muchos de los
que, como en la villa de Barracas, trabajan con microcréditos
como herramientas para combatir la pobreza y la exclusión
social. En la Argentina, son 110 las instituciones que
prestan servicios microfinancieros y, según un informe
de la Universidad de Buenos Aires, alcanzan una cartera
activa por un valor que supera los 50 millones de pesos.
La mayoría van de 100 a 1.000 pesos, son réplicas
o, al menos, están concebidos a semejanza del modelo
Yunus y están a cargo de Organizaciones de la Sociedad
Civil (OSC) aunque también hay sociedades anónimas,
asociaciones mixtas y el propio Estado que, en los últimos
años, también ha tomado el guante con el
que el economista bangladesí invitó al mundo
a buscar nuevos paradigmas en el reino de las finanzas.
Con un sistema basado en la confianza, cuya única
garantía es el grupo solidario y que se contrapone
visiblemente a las exigencias salariales y económicas
que expulsan de la línea crediticia bancaria a los
más necesitados, hoy los micrócreditos tienen
rango marketinero y, con distinto espíritu, se aplican
en muchísimas barriadas urbanas y rurales argentinas.
Tercer Sector realizó un relevamiento de distintas
experiencias que, con semejanzas y reformulaciones, utilizan
la metodología del flamante Nobel de la Paz y dialogó con
distintos miembros de OSC, quienes, desde veredas más
sociales unos; y más financistas, otros, coinciden
en que ésta es la herramienta básica para
incorporar a los pobres al modelo de producción
e impactar en su calidad de vida. En todos los casos, el
porcentaje de devolución de quienes menos tienen
es altísimo.
Réplicas Grameen
"Ahora soy empresaria", dice Bety. Sus palabras
van acompañadas de una actitud "ganadora" que,
asegura, siempre tuvo en la vida. "Me caí varias
veces pero siempre me las rebusqué para salir adelante",
dice. Como cuando su hijo -ya con su propia familia- se
quedó sin trabajo y ella debió darle una
mano. Con un crédito de Grameen Argentina, esta
abuela aguerrida se armó su propio negocio. "Yo
vi qué no había en mi zona, así que
pensé que podía reciclar plástico.
Me compré una empaquetadora, armo los cubos y les
vendo a las fábricas. Siempre se me ocurre algo",
cuenta Bety con convicción contagiosa.
Ella, al igual que ochenta mujeres de los barrios Villa
Ofelia, La Fe, Guadalupe y Monte Chingolo, recibió un
microcrédito para llevar adelante su proyecto. En
su caso, no sólo pudo hacerlo rentable. "Además
le doy trabajo a gente del barrio ya que ellos salen a
buscar plástico", afirma mientras piensa en
renovarlo una vez saldado para comprarse una nueva máquina
y así avanzar en el proceso de reutilización.
La filial argentina del Grameen Bank cuenta con 26 réplicas
en todo el país y 3 mil microcréditos otorgados,
lo que para su presidente, Norberto Kleiman, representa "un
crecimiento horizontal y progresivo" en los siete
años que lleva difundiendo esta metodología "que
ahora parece que hubiera existido siempre". "En
este sentido, creemos que gran parte del objetivo está cumplido",
afirma Kleiman.
En el caso de Monte Chingolo, la réplica está a
cargo de la Fundación Arché, dirigida por
Jorge Malloras -vicepresidente de Grameen-; mientras que
distintas organizaciones sin fines de lucro las llevan
adelante en el Gran Buenos Aires, Bahía Blanca,
Rosario, Misiones, Santiago del Estero, Neuquén
y Jujuy, entre otras.
Grupos de cinco, garantía solidaria y renovaciones
escalonadas son algunas de las características de
su programa crediticio, que contempla una tasa del 20 por
ciento anual, con lo que "se cubren gastos operativos
ya que no recibimos ninguna financiación externa
más que las donaciones particulares", según
explicó su presidente.
Avanzar en el sur porteño
"Éstos son entornos complicados para criar
a tus hijos", confiesa Viviana Cheuquepil mientras
recorre, como lo hace habitualmente, las calles sin vereda
de Ciudad Oculta. Ella conoce muy bien esa realidad. Es
oficial de crédito de la Asociación Avanzar
por el desarrollo humano y además vive en Villa
Fátima, en Soldati. "Pero yo pronto me voy
a mudar." Sus ojos se emocionan y aclara: "Pienso
en mis hijos". Viviana comenzó como tomadora
de un microcrédito para comprar ropa y bijouterie
y revender en la feria de los sábados en Villa Soldati.
Ahora forma parte del equipo dirigido por Marta Bekerman,
nacido en el año 2000 de la mano de profesores y
estudiantes de la Facultad de Ciencias Económicas
de la UBA.
"Arrancamos nuestro trabajo social en la zona colaborando
en el sostenimiento del comedor de Margarita Barrientos,
Los Piletones, y fuimos concibiendo esta idea de dar microcréditos
a personas de bajos recursos para promover su reinserción
social", contó Bekerman.
Desde entonces, Avanzar dio apoyo financiero a más
de mil familias, con un total de 3.800 créditos,
por un monto total de más de 2,2 millones de pesos.
Actualmente, son 500 beneficiarios en distintos barrios
del sur porteño -Copello, Samoré, Fátima,
Villa 15, Ciudad Oculta, Bajo Flores o Soldati-, con una
tasa que oscila entre el 20 y el 36 por ciento anual, según
sean individuales o grupales y según la cantidad
de cuotas. Carmen, con sus carteras, sus manteles de crochet
y sus cinturones tejidos vende en Villa 21-24 de Barracas
y también se va a la provincia donde tiene familia
y lleva su producción para aumentar su cantidad
de clientes. Aprendió el oficio hace muchos años
pero nunca pensó que sería lo que le permitiría
mantener a su familia. Con los 140 pesos del primer crédito
compró hilos, -que aumentaron muchísimo-
y telas. Por ahora, su boutique está lejos pero
se animó al sueño.
"El microcrédito no es más que el
empujón inicial para salir adelante con su propio
negocio. Las invitamos a convertirse en empresarias, chiquitas
o grandes, el techo se lo pone cada una". Bajo ese
concepto, Proyecto SUR, el programa de microcréditos
de la Fundación "Tierra, Educación,
Medio Ambiente y Salud"(Temas) llega desde hace dos
años a esta villa de Barracas "con una herramienta
real para crear trabajo genuino y para incluir a mujeres
pobres, en muchos casos indocumentadas, y excluidas del
sistema crediticio formal", como explicó Paz
Ochoteco, directora ejecutiva de la Fundación.
En la actualidad, llevan otorgados 60 créditos,
con una tasa del 15 por ciento anual, a proyectos -exclusivamente
de mujeres- que van desde los clásicos de comida
casera, taller de costura o almacenes, hasta los "menos
pensados", como body painting, gimnasio en el barrio,
cosmetología o "el del carro cafetero".
Alba y Olga, al igual que Carmen, también llegaron
al comedor "Amor y Paz" la sede barrial de Temas,
con un oficio entre sus saberes y ganas de progresar. Allí recibieron,
capacitación, consiguieron el financiamiento para
sus sueños con un grupo solidario como única
condición crediticia y hoy son una suerte de modelo, "las
número uno", dicen: Alba, con sus panes y sus
cosas ricas, se mudó a Lanús y tiene una
pequeña panadería. Olga sigue en el barrio.
Allí cada sábado, cerca del comedor, arma
su puesto. Desde su primer crédito (hoy va por el
tercero) su tallercito hogareño se amplió y
eso le permitió dejar de trabajar para talleres "que
pagan muy poco". Ahora su hijo Juan la ayuda en su
casa. El pibe selecciona botones mientras su mamá,
una santiagueña muy trabajadora, le enseña
a "luchar siempre" para salir adelante. Así lo
hizo ella.
Bancos Comunales
La filosofía central del microcrédito remite
ineludiblemente a Yunus, aunque no son pocos los que han
buscado "adaptaciones" para la aplicación
vernácula.
Así, cuando un grupo de argentinos residentes
en Estados Unidos "buscaron una visión social
de la economía" para sacar de la crisis a los
mas castigados, surgió Entre Todos, la asociación
pionera en la creación de bancos comunales.
Dichos bancos -autónomos de la institución-
están integrados por quince mujeres que se reúnen
cada dos semanas para capacitarse como emprendedoras y
también en cuanto al proceso de organización.
Hay 102 bancos diseminados en los distritos bonaerenses
de San Fernando, Tigre Este y Oeste y Malvinas Argentinas,
donde se agrupan un total de 1.500 beneficiarios, aproximadamente,
de las áreas comercio, servicio y producción.
"La característica del banco comunal es que
tiene mayor autonomía, mayor gestión de la
organización y mucho más contenido educativo.
Se forma a las beneficiarias en cuanto a fortalecimiento
del negocio pero también en la gestión social.
A través de juegos cuentan sus propias experiencias
y, aunque les cuesta hablar, se va promoviendo una mayor
reconstrucción del tejido social, desde un punto
de vista económico y comunitario", explicó Javier
Pena, gerente general de Entre Todos.
El proyecto se inició con capital propio pero
también recibieron donaciones de Caritas de Estados
Unidos -CRS, su sigla en inglés- y de las Fundaciones
Ford, Deutsche Bank, Telefónica, Banco Río
y Etimos.
Otros rasgos distintivos de esta metodología,
que aplica una tasa del 72 por ciento anual, es que el
pago de la cuota tiene un componente de ahorro: un 20 por
ciento en el primer año y un 10, posteriormente,
que van destinados a una caja común del banco. También
se establece como condición que haya "experiencia
comprobable" en el rubro del proyecto que se financia
porque "la probabilidad de éxito de ese microempresario
es más baja de alguien que ya conoce el negocio",
tal como resaltó Pena.
Red y Vivienda
"Ahora la gente ha recuperado la confianza y puede
decir yo también pertenezco a esta sociedad. Puedo
sacar un crédito e ir completando mi vivienda. Apenas
tenía una piecita y una cocinita. Ahora tengo una
casa con cinco habitaciones y baño, y mi hijo hizo
un local grande para poner algo." Las palabras de
Juan resuenan agudas y reparadoras en la obra.
Él es uno de los 8.000 beneficiarios del Programa
Mejoramiento de Viviendas e Infraestructura Barrial que
la Fundación "Pro Vivienda Social" desarrolla
en el partido bonaerense de Moreno.
"Sin una vivienda adecuada no es posible preservar
niveles aceptables en educación, salud, seguridad
e integración social. La vivienda es, más
allá de las funciones físicas, un elemento
clave de resguardo y seguridad de las familias. Es condición
para ser ciudadano", explicó el presidente
de FPVS, Raúl Zabalía.
El programa que busca facilitar la ampliación,
mejoramiento o inicio de las viviendas promueve la conformación
de grupos solidarios a cuyos cuatro integrantes en forma
personal se les otorga un crédito al 48 por ciento
anual, en "Mejoramiento de Viviendas", y al 36,
con planes más largos, para Infraestuctura Barrial.
Según Zabalía, Pro Vivienda Social cuenta
con recursos propios, así como líneas crediticias
del exterior -OIKO Credit Holanda- y financiamiento del
Foncap y, oportunamente, de la Subsecretaría de
la Vivienda. Actualmente, está gestionando con Banco
Provincia y Banco Río nuevos recursos para las microfinanzas.
De acuerdo con las estadísticas de la organización,
los 36 millones de pesos destinados a dicho programa desde
su creación en 1995, fueron aplicados a mejoras
-78 por ciento-, a ampliaciones -12 por ciento- y construcción
de nuevas viviendas -un 10-, en un total de casi 74 mil
metros cuadrados de edificación.
Pro Vivienda Social integra la Red Argentina de Instituciones
de Microcrédito -Radim- cuyo propósito es "unificar
estrategias, articular programas y favorecer el fortalecimiento
institucional" de las organizaciones promotoras del
sistema como Fpvs, Banco Mundial de la Mujer, Fondo de
Inversión Social, Entre Todos, FIE Gran Poder, Fundación
Alternativa 3, Grameen Mendoza y Fundación Progresar,
quienes en seis provincias asisten financieramente a más
de 20 mil microempresas y que cuentan con el apoyo financiero
y de recursos humanos de las fundaciones Telefónica,
Ford, Etimos, Pro Bono, y del Foncap.
Más allá, más acá
En la Villa Kilómetro 8, pegada al Aeropuerto
Internacional de Córdoba, se desarrolla una experiencia
que tiene parentescos con la de Yunus, gracias a la inquietud
de María Cristina Gómez, una ex directora
de escuela. Tinti, así la llaman todos, es la impulsora
del centro comunitario de la villa, en cuyo marco funciona
una suerte de banco informal que presta no más de
cien pesos a mujeres jefas de hogar. El objetivo: llegar
a fin de mes, comprar una garrafa o un colchón para
el hijo que creció.
Sorprendentemente, o no tanto, en medio de la necesidad
extrema, la tasa de devolución es cercana al 90
por ciento, según comentó Tinti. El origen
de los fondos, que realizan una verdadera circulación
social por la villa, hay que buscarlo en donaciones o en
el producto de las actividades que realiza el centro comunitario.
Las mujeres, la mayoría jefas de hogar y madres
de muchos niños, desocupadas o con esposos ocupados
en cortaderos de ladrillo, devuelven de a diez pesos mensuales
el préstamo. Y saben –porque es regla de oro
de la organización– que “nada se regala”,
ni afuera ni adentro del barrio.
Tanto Ramona, de 32 años y 7 hijos, como Micaela,
quien ya tiene 8, han accedido al préstamo de 100
pesos que les permitió capear un momento de necesidad
extrema. “Generalmente lo he pedido cuando llueve
mucho y mi marido no puede ir a trabajar al cortadero”,
explica Ramona. En el trabajo de producción de ladrillos,
materia esencial del descomunal boom inmobiliario, el día
no trabajado por factores climáticos o de salud,
no se paga. Ramona cancela la “cuota” cuando
cobra el Plan Familias del Gobierno nacional. “Acá nos
dan esa posibilidad de pedir para momentos de urgencia,
porque nosotras no podríamos conseguir plata en
un banco, donde te piden recibo de sueldo o que seas taxista”,
señala.
Además, Ramona y su compañera Mica participan
de un microemprendimiento de costura que tiene sede en
la salita comunitaria. Allí aprendieron a hacer
caminos de mesa, toallas, cortinas y pinitos de navidad
de tela, que luego venden adentro y afuera del barrio.
Micaela cuenta que la ganancia mensual que deja la tarea
ronda entre los 40 y 50 pesos. Parte de ese dinero va al
pago del préstamo.
Josefina, mamá de tres niños, se sumó al
microemprendimiento de panadería, que el último
mes le dejó 94 pesos que agregó a su ingreso
del Plan Jefes de Hogar. A veces, la harina, la grasa y
la levadura que insumen los sesenta panes que produce a
diario son recibidas de donaciones. Pero algunas otras
hay que comprarlas y para eso se apoya en el “banco”. “Vendo
el pan casa por casa o en los colectivos, porque es mi
manera de luchar por mis hijos”, asegura la mujer.
En Rosario, a cientos de kilómetros del barrio
cordobés de Ramona y Micaela, funcionan dos bancos
destinados a personas pobres. Uno con fondos nacionales,
el Banco Popular de la Buena Fe, y otro con fondos provinciales,
el Banco Solidario, que comenzó a operar a principios
de este año y cuenta con 400 beneficiarios y 800
interesados en lista de espera. En la ciudad, siete OSC
administran los fondos del Banco Solidario, entre ellas
la Fundación Síntesis, que trabaja desde
hace 16 años y en apenas diez meses otorgó 43
microcréditos de 1.000 pesos cada uno. Uno de ellos
llegó al Barrio San Francisquito, en la periferia
rosarina.
Allí donde el sol recalcina la tierra y ni siquiera
los servicios más básicos están garantizados.
En el corazón de un barrio al que ni taxis ni ambulancias
se animan a ingresar, dos mujeres sueñan con una
vida distinta. “Al menos para mis hijos”, dice
Teresa Duarte, de 59 años. A principios de este
año, junto a Romilda Peloso, obtuvieron un crédito
de mil pesos a través del Banco Solidario y pudieron
comprar una remalladora. Ahora cosen para un taller textil.
Trabajan varias horas por día para pagar el crédito
y llevar dinero a casa.
Les resultó difícil, sin embargo, confiar
en un banco. A finales de 1998 la fábrica textil
en la que Teresa trabajaba junto a 19 compañeras
cerró. ¿La razón? Los propietarios
no pudieron pagar intereses usureros a un banco de capitales
extranjeros. Pero el caso de Síntesis es distinto.
La OSC cobra apenas un interés mensual del 2 por
ciento, muy por debajo del 8 por ciento que exige el Banco
de la Nación.
Así como Yunus pudo comprobar que los pobres reintegran
el dinero que les prestan, los asientos contables son comparables
al los del Banco Solidario de Santa Fe. Aquí también
el 93 por ciento de los créditos se devuelven. “La
mayoría de las veces en que se atrasan es por problemas
de salud, ésa es la vulnerabilidad de los microemprendedores,
su fuerza de trabajo es su cuerpo y cuando les falla, ya
no pueden seguir. Pero aunque demoren uno o dos meses,
pagan religiosamente”, cuenta Marta Vita, desde la
Fundación.
Tal es el caso de Teresa Duarte que en julio de este
año estuvo internada en terapia intensiva por una úlcera.
Sus compañeras de Síntesis fueron al hospital
para verla y se sorprendieron: lo primero que hizo su esposo
fue pagarles la cuota del crédito, a pedido de ella.
“Vivo en la villa, pero quiero salir adelante”,
explica Teresa. “Cuando saco algo me gusta cumplir
cueste lo que cueste. Quiero que Romilda y yo tengamos
nuestro negocio y dejemos de cocer para las grandes fábricas”.
En esto cuenta con el apoyo de su hija mayor, Rosa, que
cursa primer año de Ciencias Económicas en
la Universidad Nacional de Rosario y compra los apuntes
gracias al trabajo de Teresa.
Son muchas las historias mínimas que se entretejen.
La mayoría tienen la voz de mujer. “Es que
históricamente los programas sociales que triunfan
son los que van destinados a las mujeres”, confían
desde la Secretaría de Promoción Comunitaria.
Algunas de ellas dejaron de trabajar como cartoneras y
pudieron instalar una tienda en el barrio, otras han logrado
re-escolarizar a sus hijos. Aunque es mucho lo que queda
por hacer.
El presupuesto actual del Banco Solidario es de sólo
2 millones de pesos y está previsto que esa cifra
se duplique el año próximo, según
afirma Rodolfo Galiano, funcionario provincial a cargo
del proyecto. ¿La razón? El margen de recupero
superó los vaticinios.
“Usura solidaria”
Uno de los más controversiales aspectos del tema
microcréditos es la tasa de interés que se
aplica a los beneficiarios, emprendedoras o clientes, según
cada OSC. Algunos dicen que hubo una distorsión
del método que, a fuerza de resultados, logró imponer
Yunus a nivel mundial; mientras desde otros sectores justifican
el interés financiero en virtud de la sustentabilidad
de los proyectos.
“Que no se genere una usura solidaria. Que no se
termine armando un negocio atendiendo a un sector del mercado
excluido del sistema financiero. El crédito no debe
perder el sentido social, tal como fue concebido por Yunus,
si no pierde sentido”, advierte Norberto Kleiman,
poniendo un rótulo más que complejo a un
sistema que, es cierto, muchas veces es el único
capaz de sacar a los pobres de su estanco social. Cercana
a la postura del titular de Grameen Argentina, Paz Ochoteco
de Temas, cuestiona: “El pobre no debe financiar
al pobre, si no no estaríamos replicando el modelo
de quien pone plata en un banco para que la preste al que
tiene garantía, que a su vez hace una buena inversión
con ese dinero. Algunas organizaciones se arman bajo el
concepto de invertir para lograr una gran rentabilidad,
cobrándole al pobre una tasa altísima de
interés”.
Por su parte, Raúl Zabalía -Radim y FPVS-
justificó la tasa en la necesidad de “sostener
un gasto en logística y promoción que las
OSC deben absorver y que, al contrario de lo que se piensa,
cuando más pequeña y nueva es, deben aplicar
tasas más altas para hacerlo sustentable”.
“Lo que hay que analizar es el impacto de esa tasa
en el núcleo familiar porque al tratarse de montos
pequeños igualmente la cifra en concepto de interés
no es elevada. No se pueden tomar parámetros de
otros sistemas”, consideró Zabalía.
Desde esta misma óptica, Javier Pena, de Entre
Todos, sostuvo que “quienes critican la tasa es por
ignorancia. Nosotros cubrimos con la tasa el 40 por ciento
de los costos operativos”. Para su organización,
lo importante es llegar a ese sector absolutamente relegado
del sistema financiero formal y “destinados a la
usura”. Incluso Entre Todos promueve que ese ahorro
que establece las cuotas sea utilizado para financiar emprendimientos
al 8 por ciento mensual: una reproducción a mini
escala de un sistema que crece en publicidad y variantes.
Mientras más figuras -como la reina de España
o la princesa Máxima- se suman a la cruzada pro
microcréditos, no cesan las críticas por
hacer funcionales al capitalismo a los excluidos.
Lejos de esa discusión ideológica, Pilar
fabrica souvenires “for export” que, como ella
se enorgullece, “viajan por el mundo”. Su primer
crédito, otorgado por San Isidro para Todos, le
permitió comprar pinceles y pinturas para sus artesanías.
Hoy va por el tercero y da trabajo a catorce personas. “Mi
marido estaba enfermo y no teníamos nada. Pero hay
veces que las cosas te salen.” Carmen, Pilar, Bety:
una lógica que no sabe de teorías, sino de
dignidad.
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