Año 13, Nro 59 Nota de tapa
 

Bancos de microcréditos

Pequeños préstamos, grandes sueños

A partir de su experiencia en la India, Muhammad Yunus sembró de Bancos de Pobres las tierras más hambrientas del mundo. Cómo trabajan las organizaciones que adaptaron en la Argentina el método del flamante premio Nobel de la Paz.

Textos Cristina Pérez

La tierra cuarteada y dolorida de la Villa 21-24 de Barracas de pronto se vuelve fértil: nacen esperanzas, acuna sueños, retorna productiva. Paloma coquetea con una cartera, hace muecas, juega y ríe con risa grande; mientras su mamá fantasea: "Yo quisiera tener una boutique, siempre lo soñé".

Por ahora, Carmen apenas puede llevar adelante su casa con lo que ella misma confecciona, pero tiene proyectos. Quizá demasiados en un entorno donde la pobreza se llevó bastante más que la comida de los platos. Sin embargo, al menos ahora se anima a pensar en el futuro. Y sus tres hijas se entusiasman. "Vamos a tener muchas carteras y cosas para probarnos", dice Liz y mira a lo lejos, con una mirada que va más allá del Riachuelo que pasa por el frente de su casa.

La emoción sacude las teorías: Carmen recuperó la autoestima porque trabaja y puede "parar" la olla en un hogar que la tiene como único sostén.

El Banco de los Pobres (Grameen Bank) que Muhammad Yunus sembró en su también árida y hambrienta Bangladesh natal y luego diseminó en el llamado tercer mundo, es la inspiración para muchos de los que, como en la villa de Barracas, trabajan con microcréditos como herramientas para combatir la pobreza y la exclusión social. En la Argentina, son 110 las instituciones que prestan servicios microfinancieros y, según un informe de la Universidad de Buenos Aires, alcanzan una cartera activa por un valor que supera los 50 millones de pesos. La mayoría van de 100 a 1.000 pesos, son réplicas o, al menos, están concebidos a semejanza del modelo Yunus y están a cargo de Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC) aunque también hay sociedades anónimas, asociaciones mixtas y el propio Estado que, en los últimos años, también ha tomado el guante con el que el economista bangladesí invitó al mundo a buscar nuevos paradigmas en el reino de las finanzas.

Con un sistema basado en la confianza, cuya única garantía es el grupo solidario y que se contrapone visiblemente a las exigencias salariales y económicas que expulsan de la línea crediticia bancaria a los más necesitados, hoy los micrócreditos tienen rango marketinero y, con distinto espíritu, se aplican en muchísimas barriadas urbanas y rurales argentinas.

Tercer Sector realizó un relevamiento de distintas experiencias que, con semejanzas y reformulaciones, utilizan la metodología del flamante Nobel de la Paz y dialogó con distintos miembros de OSC, quienes, desde veredas más sociales unos; y más financistas, otros, coinciden en que ésta es la herramienta básica para incorporar a los pobres al modelo de producción e impactar en su calidad de vida. En todos los casos, el porcentaje de devolución de quienes menos tienen es altísimo.

Réplicas Grameen

"Ahora soy empresaria", dice Bety. Sus palabras van acompañadas de una actitud "ganadora" que, asegura, siempre tuvo en la vida. "Me caí varias veces pero siempre me las rebusqué para salir adelante", dice. Como cuando su hijo -ya con su propia familia- se quedó sin trabajo y ella debió darle una mano. Con un crédito de Grameen Argentina, esta abuela aguerrida se armó su propio negocio. "Yo vi qué no había en mi zona, así que pensé que podía reciclar plástico. Me compré una empaquetadora, armo los cubos y les vendo a las fábricas. Siempre se me ocurre algo", cuenta Bety con convicción contagiosa.

Ella, al igual que ochenta mujeres de los barrios Villa Ofelia, La Fe, Guadalupe y Monte Chingolo, recibió un microcrédito para llevar adelante su proyecto. En su caso, no sólo pudo hacerlo rentable. "Además le doy trabajo a gente del barrio ya que ellos salen a buscar plástico", afirma mientras piensa en renovarlo una vez saldado para comprarse una nueva máquina y así avanzar en el proceso de reutilización.

La filial argentina del Grameen Bank cuenta con 26 réplicas en todo el país y 3 mil microcréditos otorgados, lo que para su presidente, Norberto Kleiman, representa "un crecimiento horizontal y progresivo" en los siete años que lleva difundiendo esta metodología "que ahora parece que hubiera existido siempre". "En este sentido, creemos que gran parte del objetivo está cumplido", afirma Kleiman.

En el caso de Monte Chingolo, la réplica está a cargo de la Fundación Arché, dirigida por Jorge Malloras -vicepresidente de Grameen-; mientras que distintas organizaciones sin fines de lucro las llevan adelante en el Gran Buenos Aires, Bahía Blanca, Rosario, Misiones, Santiago del Estero, Neuquén y Jujuy, entre otras.

Grupos de cinco, garantía solidaria y renovaciones escalonadas son algunas de las características de su programa crediticio, que contempla una tasa del 20 por ciento anual, con lo que "se cubren gastos operativos ya que no recibimos ninguna financiación externa más que las donaciones particulares", según explicó su presidente.

Avanzar en el sur porteño

"Éstos son entornos complicados para criar a tus hijos", confiesa Viviana Cheuquepil mientras recorre, como lo hace habitualmente, las calles sin vereda de Ciudad Oculta. Ella conoce muy bien esa realidad. Es oficial de crédito de la Asociación Avanzar por el desarrollo humano y además vive en Villa Fátima, en Soldati. "Pero yo pronto me voy a mudar." Sus ojos se emocionan y aclara: "Pienso en mis hijos". Viviana comenzó como tomadora de un microcrédito para comprar ropa y bijouterie y revender en la feria de los sábados en Villa Soldati. Ahora forma parte del equipo dirigido por Marta Bekerman, nacido en el año 2000 de la mano de profesores y estudiantes de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA.

"Arrancamos nuestro trabajo social en la zona colaborando en el sostenimiento del comedor de Margarita Barrientos, Los Piletones, y fuimos concibiendo esta idea de dar microcréditos a personas de bajos recursos para promover su reinserción social", contó Bekerman.

Desde entonces, Avanzar dio apoyo financiero a más de mil familias, con un total de 3.800 créditos, por un monto total de más de 2,2 millones de pesos. Actualmente, son 500 beneficiarios en distintos barrios del sur porteño -Copello, Samoré, Fátima, Villa 15, Ciudad Oculta, Bajo Flores o Soldati-, con una tasa que oscila entre el 20 y el 36 por ciento anual, según sean individuales o grupales y según la cantidad de cuotas. Carmen, con sus carteras, sus manteles de crochet y sus cinturones tejidos vende en Villa 21-24 de Barracas y también se va a la provincia donde tiene familia y lleva su producción para aumentar su cantidad de clientes. Aprendió el oficio hace muchos años pero nunca pensó que sería lo que le permitiría mantener a su familia. Con los 140 pesos del primer crédito compró hilos, -que aumentaron muchísimo- y telas. Por ahora, su boutique está lejos pero se animó al sueño.

"El microcrédito no es más que el empujón inicial para salir adelante con su propio negocio. Las invitamos a convertirse en empresarias, chiquitas o grandes, el techo se lo pone cada una". Bajo ese concepto, Proyecto SUR, el programa de microcréditos de la Fundación "Tierra, Educación, Medio Ambiente y Salud"(Temas) llega desde hace dos años a esta villa de Barracas "con una herramienta real para crear trabajo genuino y para incluir a mujeres pobres, en muchos casos indocumentadas, y excluidas del sistema crediticio formal", como explicó Paz Ochoteco, directora ejecutiva de la Fundación.

En la actualidad, llevan otorgados 60 créditos, con una tasa del 15 por ciento anual, a proyectos -exclusivamente de mujeres- que van desde los clásicos de comida casera, taller de costura o almacenes, hasta los "menos pensados", como body painting, gimnasio en el barrio, cosmetología o "el del carro cafetero".

Alba y Olga, al igual que Carmen, también llegaron al comedor "Amor y Paz" la sede barrial de Temas, con un oficio entre sus saberes y ganas de progresar. Allí recibieron, capacitación, consiguieron el financiamiento para sus sueños con un grupo solidario como única condición crediticia y hoy son una suerte de modelo, "las número uno", dicen: Alba, con sus panes y sus cosas ricas, se mudó a Lanús y tiene una pequeña panadería. Olga sigue en el barrio. Allí cada sábado, cerca del comedor, arma su puesto. Desde su primer crédito (hoy va por el tercero) su tallercito hogareño se amplió y eso le permitió dejar de trabajar para talleres "que pagan muy poco". Ahora su hijo Juan la ayuda en su casa. El pibe selecciona botones mientras su mamá, una santiagueña muy trabajadora, le enseña a "luchar siempre" para salir adelante. Así lo hizo ella.

Bancos Comunales

La filosofía central del microcrédito remite ineludiblemente a Yunus, aunque no son pocos los que han buscado "adaptaciones" para la aplicación vernácula.

Así, cuando un grupo de argentinos residentes en Estados Unidos "buscaron una visión social de la economía" para sacar de la crisis a los mas castigados, surgió Entre Todos, la asociación pionera en la creación de bancos comunales.

Dichos bancos -autónomos de la institución- están integrados por quince mujeres que se reúnen cada dos semanas para capacitarse como emprendedoras y también en cuanto al proceso de organización. Hay 102 bancos diseminados en los distritos bonaerenses de San Fernando, Tigre Este y Oeste y Malvinas Argentinas, donde se agrupan un total de 1.500 beneficiarios, aproximadamente, de las áreas comercio, servicio y producción.

"La característica del banco comunal es que tiene mayor autonomía, mayor gestión de la organización y mucho más contenido educativo. Se forma a las beneficiarias en cuanto a fortalecimiento del negocio pero también en la gestión social. A través de juegos cuentan sus propias experiencias y, aunque les cuesta hablar, se va promoviendo una mayor reconstrucción del tejido social, desde un punto de vista económico y comunitario", explicó Javier Pena, gerente general de Entre Todos.

El proyecto se inició con capital propio pero también recibieron donaciones de Caritas de Estados Unidos -CRS, su sigla en inglés- y de las Fundaciones Ford, Deutsche Bank, Telefónica, Banco Río y Etimos.

Otros rasgos distintivos de esta metodología, que aplica una tasa del 72 por ciento anual, es que el pago de la cuota tiene un componente de ahorro: un 20 por ciento en el primer año y un 10, posteriormente, que van destinados a una caja común del banco. También se establece como condición que haya "experiencia comprobable" en el rubro del proyecto que se financia porque "la probabilidad de éxito de ese microempresario es más baja de alguien que ya conoce el negocio", tal como resaltó Pena.

Red y Vivienda

"Ahora la gente ha recuperado la confianza y puede decir yo también pertenezco a esta sociedad. Puedo sacar un crédito e ir completando mi vivienda. Apenas tenía una piecita y una cocinita. Ahora tengo una casa con cinco habitaciones y baño, y mi hijo hizo un local grande para poner algo." Las palabras de Juan resuenan agudas y reparadoras en la obra.

Él es uno de los 8.000 beneficiarios del Programa Mejoramiento de Viviendas e Infraestructura Barrial que la Fundación "Pro Vivienda Social" desarrolla en el partido bonaerense de Moreno.

"Sin una vivienda adecuada no es posible preservar niveles aceptables en educación, salud, seguridad e integración social. La vivienda es, más allá de las funciones físicas, un elemento clave de resguardo y seguridad de las familias. Es condición para ser ciudadano", explicó el presidente de FPVS, Raúl Zabalía.

El programa que busca facilitar la ampliación, mejoramiento o inicio de las viviendas promueve la conformación de grupos solidarios a cuyos cuatro integrantes en forma personal se les otorga un crédito al 48 por ciento anual, en "Mejoramiento de Viviendas", y al 36, con planes más largos, para Infraestuctura Barrial.

Según Zabalía, Pro Vivienda Social cuenta con recursos propios, así como líneas crediticias del exterior -OIKO Credit Holanda- y financiamiento del Foncap y, oportunamente, de la Subsecretaría de la Vivienda. Actualmente, está gestionando con Banco Provincia y Banco Río nuevos recursos para las microfinanzas.

De acuerdo con las estadísticas de la organización, los 36 millones de pesos destinados a dicho programa desde su creación en 1995, fueron aplicados a mejoras -78 por ciento-, a ampliaciones -12 por ciento- y construcción de nuevas viviendas -un 10-, en un total de casi 74 mil metros cuadrados de edificación.

Pro Vivienda Social integra la Red Argentina de Instituciones de Microcrédito -Radim- cuyo propósito es "unificar estrategias, articular programas y favorecer el fortalecimiento institucional" de las organizaciones promotoras del sistema como Fpvs, Banco Mundial de la Mujer, Fondo de Inversión Social, Entre Todos, FIE Gran Poder, Fundación Alternativa 3, Grameen Mendoza y Fundación Progresar, quienes en seis provincias asisten financieramente a más de 20 mil microempresas y que cuentan con el apoyo financiero y de recursos humanos de las fundaciones Telefónica, Ford, Etimos, Pro Bono, y del Foncap.

Más allá, más acá

En la Villa Kilómetro 8, pegada al Aeropuerto Internacional de Córdoba, se desarrolla una experiencia que tiene parentescos con la de Yunus, gracias a la inquietud de María Cristina Gómez, una ex directora de escuela. Tinti, así la llaman todos, es la impulsora del centro comunitario de la villa, en cuyo marco funciona una suerte de banco informal que presta no más de cien pesos a mujeres jefas de hogar. El objetivo: llegar a fin de mes, comprar una garrafa o un colchón para el hijo que creció.

Sorprendentemente, o no tanto, en medio de la necesidad extrema, la tasa de devolución es cercana al 90 por ciento, según comentó Tinti. El origen de los fondos, que realizan una verdadera circulación social por la villa, hay que buscarlo en donaciones o en el producto de las actividades que realiza el centro comunitario.

Las mujeres, la mayoría jefas de hogar y madres de muchos niños, desocupadas o con esposos ocupados en cortaderos de ladrillo, devuelven de a diez pesos mensuales el préstamo. Y saben –porque es regla de oro de la organización– que “nada se regala”, ni afuera ni adentro del barrio.

Tanto Ramona, de 32 años y 7 hijos, como Micaela, quien ya tiene 8, han accedido al préstamo de 100 pesos que les permitió capear un momento de necesidad extrema. “Generalmente lo he pedido cuando llueve mucho y mi marido no puede ir a trabajar al cortadero”, explica Ramona. En el trabajo de producción de ladrillos, materia esencial del descomunal boom inmobiliario, el día no trabajado por factores climáticos o de salud, no se paga. Ramona cancela la “cuota” cuando cobra el Plan Familias del Gobierno nacional. “Acá nos dan esa posibilidad de pedir para momentos de urgencia, porque nosotras no podríamos conseguir plata en un banco, donde te piden recibo de sueldo o que seas taxista”, señala.

Además, Ramona y su compañera Mica participan de un microemprendimiento de costura que tiene sede en la salita comunitaria. Allí aprendieron a hacer caminos de mesa, toallas, cortinas y pinitos de navidad de tela, que luego venden adentro y afuera del barrio. Micaela cuenta que la ganancia mensual que deja la tarea ronda entre los 40 y 50 pesos. Parte de ese dinero va al pago del préstamo.

Josefina, mamá de tres niños, se sumó al microemprendimiento de panadería, que el último mes le dejó 94 pesos que agregó a su ingreso del Plan Jefes de Hogar. A veces, la harina, la grasa y la levadura que insumen los sesenta panes que produce a diario son recibidas de donaciones. Pero algunas otras hay que comprarlas y para eso se apoya en el “banco”. “Vendo el pan casa por casa o en los colectivos, porque es mi manera de luchar por mis hijos”, asegura la mujer.

En Rosario, a cientos de kilómetros del barrio cordobés de Ramona y Micaela, funcionan dos bancos destinados a personas pobres. Uno con fondos nacionales, el Banco Popular de la Buena Fe, y otro con fondos provinciales, el Banco Solidario, que comenzó a operar a principios de este año y cuenta con 400 beneficiarios y 800 interesados en lista de espera. En la ciudad, siete OSC administran los fondos del Banco Solidario, entre ellas la Fundación Síntesis, que trabaja desde hace 16 años y en apenas diez meses otorgó 43 microcréditos de 1.000 pesos cada uno. Uno de ellos llegó al Barrio San Francisquito, en la periferia rosarina.

Allí donde el sol recalcina la tierra y ni siquiera los servicios más básicos están garantizados. En el corazón de un barrio al que ni taxis ni ambulancias se animan a ingresar, dos mujeres sueñan con una vida distinta. “Al menos para mis hijos”, dice Teresa Duarte, de 59 años. A principios de este año, junto a Romilda Peloso, obtuvieron un crédito de mil pesos a través del Banco Solidario y pudieron comprar una remalladora. Ahora cosen para un taller textil. Trabajan varias horas por día para pagar el crédito y llevar dinero a casa.

Les resultó difícil, sin embargo, confiar en un banco. A finales de 1998 la fábrica textil en la que Teresa trabajaba junto a 19 compañeras cerró. ¿La razón? Los propietarios no pudieron pagar intereses usureros a un banco de capitales extranjeros. Pero el caso de Síntesis es distinto. La OSC cobra apenas un interés mensual del 2 por ciento, muy por debajo del 8 por ciento que exige el Banco de la Nación.

Así como Yunus pudo comprobar que los pobres reintegran el dinero que les prestan, los asientos contables son comparables al los del Banco Solidario de Santa Fe. Aquí también el 93 por ciento de los créditos se devuelven. “La mayoría de las veces en que se atrasan es por problemas de salud, ésa es la vulnerabilidad de los microemprendedores, su fuerza de trabajo es su cuerpo y cuando les falla, ya no pueden seguir. Pero aunque demoren uno o dos meses, pagan religiosamente”, cuenta Marta Vita, desde la Fundación.

Tal es el caso de Teresa Duarte que en julio de este año estuvo internada en terapia intensiva por una úlcera. Sus compañeras de Síntesis fueron al hospital para verla y se sorprendieron: lo primero que hizo su esposo fue pagarles la cuota del crédito, a pedido de ella.

“Vivo en la villa, pero quiero salir adelante”, explica Teresa. “Cuando saco algo me gusta cumplir cueste lo que cueste. Quiero que Romilda y yo tengamos nuestro negocio y dejemos de cocer para las grandes fábricas”. En esto cuenta con el apoyo de su hija mayor, Rosa, que cursa primer año de Ciencias Económicas en la Universidad Nacional de Rosario y compra los apuntes gracias al trabajo de Teresa.

Son muchas las historias mínimas que se entretejen. La mayoría tienen la voz de mujer. “Es que históricamente los programas sociales que triunfan son los que van destinados a las mujeres”, confían desde la Secretaría de Promoción Comunitaria. Algunas de ellas dejaron de trabajar como cartoneras y pudieron instalar una tienda en el barrio, otras han logrado re-escolarizar a sus hijos. Aunque es mucho lo que queda por hacer.

El presupuesto actual del Banco Solidario es de sólo 2 millones de pesos y está previsto que esa cifra se duplique el año próximo, según afirma Rodolfo Galiano, funcionario provincial a cargo del proyecto. ¿La razón? El margen de recupero superó los vaticinios.

“Usura solidaria”

Uno de los más controversiales aspectos del tema microcréditos es la tasa de interés que se aplica a los beneficiarios, emprendedoras o clientes, según cada OSC. Algunos dicen que hubo una distorsión del método que, a fuerza de resultados, logró imponer Yunus a nivel mundial; mientras desde otros sectores justifican el interés financiero en virtud de la sustentabilidad de los proyectos.

“Que no se genere una usura solidaria. Que no se termine armando un negocio atendiendo a un sector del mercado excluido del sistema financiero. El crédito no debe perder el sentido social, tal como fue concebido por Yunus, si no pierde sentido”, advierte Norberto Kleiman, poniendo un rótulo más que complejo a un sistema que, es cierto, muchas veces es el único capaz de sacar a los pobres de su estanco social. Cercana a la postura del titular de Grameen Argentina, Paz Ochoteco de Temas, cuestiona: “El pobre no debe financiar al pobre, si no no estaríamos replicando el modelo de quien pone plata en un banco para que la preste al que tiene garantía, que a su vez hace una buena inversión con ese dinero. Algunas organizaciones se arman bajo el concepto de invertir para lograr una gran rentabilidad, cobrándole al pobre una tasa altísima de interés”.

Por su parte, Raúl Zabalía -Radim y FPVS- justificó la tasa en la necesidad de “sostener un gasto en logística y promoción que las OSC deben absorver y que, al contrario de lo que se piensa, cuando más pequeña y nueva es, deben aplicar tasas más altas para hacerlo sustentable”.

“Lo que hay que analizar es el impacto de esa tasa en el núcleo familiar porque al tratarse de montos pequeños igualmente la cifra en concepto de interés no es elevada. No se pueden tomar parámetros de otros sistemas”, consideró Zabalía.

Desde esta misma óptica, Javier Pena, de Entre Todos, sostuvo que “quienes critican la tasa es por ignorancia. Nosotros cubrimos con la tasa el 40 por ciento de los costos operativos”. Para su organización, lo importante es llegar a ese sector absolutamente relegado del sistema financiero formal y “destinados a la usura”. Incluso Entre Todos promueve que ese ahorro que establece las cuotas sea utilizado para financiar emprendimientos al 8 por ciento mensual: una reproducción a mini escala de un sistema que crece en publicidad y variantes.

Mientras más figuras -como la reina de España o la princesa Máxima- se suman a la cruzada pro microcréditos, no cesan las críticas por hacer funcionales al capitalismo a los excluidos.

Lejos de esa discusión ideológica, Pilar fabrica souvenires “for export” que, como ella se enorgullece, “viajan por el mundo”. Su primer crédito, otorgado por San Isidro para Todos, le permitió comprar pinceles y pinturas para sus artesanías. Hoy va por el tercero y da trabajo a catorce personas. “Mi marido estaba enfermo y no teníamos nada. Pero hay veces que las cosas te salen.” Carmen, Pilar, Bety: una lógica que no sabe de teorías, sino de dignidad.


 

 
 
 
 
 
 
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