Control
ciudadano
¿Quién pone el ojo?
La Argentina es uno de los países que destina menor
presupuesto a sus organismos de control. En un escenario
en el que lo poco que se fiscaliza de la gestión del
Estado cae en saco roto, muchas organizaciones apuntan su
lupa hacia las acciones de gobierno. Aseguran que los entes
oficiales no pueden ser reemplazados pero que la sociedad
civil no debe perderles pisada.
Textos Alfredo Ves Losada
El 30 de diciembre de 2004 República Cromañón
se transformó en un infierno para 194 chicos. En los meses
siguientes, se supo que la Auditoría General de la Ciudad
de Buenos Aires había elevado varios informes al gobierno
porteño en los que se pedía que se cumpliera con
las inspecciones en el boliche. Sin embargo, las áreas
comunales encargadas de realizar esos controles habían
ignorado la advertencia. “Los informes de la Auditoría
se tiraban al cesto”, reconoció entonces el ex director
de Fiscalización de Obras y Catastro. En un Estado moderno,
en el que los órganos de control funcionan como corresponde
y en el que a nadie le da lo mismo si existen o no, si hacen
o dejan de hacer, probablemente la tragedia se hubiera evitado.
Pero, como se ve a simple vista, a nadie le importa demasiado
lo que sucede con los organismos de control del Estado. Quizá por
desconocimiento, porque suenan a algo muy académico o
burocrático y poco terrenal, por descreimiento, por ignorancia
o desidia, a mucha gente –desde arriba y desde abajo– le
da lo mismo que existan o no. Sin embargo, a nadie le dan lo
mismo 194 chicos muertos, o que haya un paro docente que afecte
a la escuela de su hijo, o que una extraña nube tóxica
sobrevuele su casa. Si estuviera más claro que esa cifra
obscena, esa huelga, o esos nubarrones espesos sobre el tejado
pueden tener mucho que ver con el trabajo –o la falta de
acción– y con el peso real de aquellos famosos organismos,
tal vez la indiferencia no sería tal.
Pero en este escenario en el que nadie controla la gestión
del Estado y en el que el trabajo que sí realizan los
organismos cae en saco roto, las autoridades nacionales y provinciales
parecen moverse con comodidad. Y son las organizaciones de la
sociedad civil las que suelen llenar el vacío dejado por
los organismos oficiales. Y así como desde finales de
la década del 70 la sociedad debió asumir la defensa
de los derechos humanos frente a la represión desplegada
por los gobiernos militares, desde los años ´90
la agenda política ha hecho que las organizaciones deban
apuntar su lupa también hacia el control de gestión.
Y cada una enfrenta el desafío a su modo.
Punto débil
En la Argentina, existen diversas instancias de control del
Estado, pero en la actualidad su peso real en el juego de las
instituciones democráticas es prácticamente nulo.
Para tratar de analizar su situación podría tomarse
como punto de referencia una máxima de la administración
pública: “Dime cuánto presupuesto destinas
a un área y te diré cuánto te importa”.
Actualmente, el Gobierno destina a los órganos que deben
fiscalizarlo menos presupuesto, en relación con su Producto
Bruto Interno, que El Salvador. Según un informe de la
Asociación del Personal de los Organismos de Control,
el presupuesto de la Auditoría General de la Nación
(órgano de contralor externo, cuyo titular es designado
por la oposición parlamentaria) es de menos de 11 millones
de dólares, mientras que el de su equivalente brasileño,
el Tribunal de Cuentas, supera los 266 millones.
No es la única diferencia entre los controladores vecinos.
Hay otras que no tienen que ver con dinero, sino que responden
al diseño institucional: mientras los tribunales brasileños
tienen capacidad de sancionar y detener actos, en el caso de
la Argentina, si la AGN –por ejemplo– detecta un
ilícito o alguna irregularidad, debe dar intervención
a la Justicia porque no tiene legitimación activa, que
es la posibilidad de estar en juicio. Por lo tanto, puede elaborar
extensos informes, presentar denuncias concretas y detalladas,
pero si el expediente queda archivado en un tribunal ese trabajo
puede ser letra muerta y convertirse en algo puramente testimonial. “Sólo
hacemos autopsias cuando es tarde”, graficó un trabajador
del área.
Algo similar sucede con la Sindicatura General de la Nación
(Sigen), el órgano de control interno cuyas autoridades
son designadas por el Poder Ejecutivo. Además de que su
presupuesto es insuficiente, su independencia política
está muy cuestionada. No es para menos: una de sus máximas
autoridades es Alessandra Minnicelli, esposa del ministro de
Planificación, Julio De Vido. Minnicelli debe controlar,
entre otros, a su esposo.
Según el informe de gestión 2006 de la Oficina
Anticorrupción (OA) –que depende del Ministerio
de Justicia–, desde su creación durante el gobierno
de la Alianza inició 1.084 actuaciones de oficio en cuestiones
que van desde enriquecimiento ilícito hasta fraude al
Estado, de las cuales 512 llegaron a la Justicia. Pero hasta
el momento ninguna de ellas terminó con una condena.
Control ciudadano
Este vacío en materia de control es llenado en parte
por las organizaciones de la sociedad civil. Pero al ser un asunto
complejo, cada una de ellas lo encara según sus propios
objetivos y métodos de trabajo particulares. Sin embargo,
todas coinciden en que ni el Gobierno actual ni sus predecesores
han mostrado algún interés en que los organismos
de control funcionen bien. Y al mismo tiempo, concuerdan en que,
no obstante esto, el rol de esos órganos no debe ni puede
ser ocupado por la sociedad civil.
“En la Argentina, desde el punto de vista de emplear
recursos humanos capacitados y herramientas tecnológicas
modernas, no ha habido inversión en los organismos durante
los últimos años. Y eso es una cuestión
política. Del mismo modo, el diseño institucional
de algunos de ellos va muy alineado al control político”,
señala Laura Alonso, directora ejecutiva de Poder Ciudadano.
Alonso considera que “de todos modos, los órganos
oficiales no pueden ser reemplazados”. “Ellos –dice– tienen
atribuciones normativas y nosotros no. Lo que podemos hacer es
generar un control ciudadano distinto. Pero aunque existiera
el mejor sistema de fiscalización del Estado, la sociedad
no debería dejar de ejercer su propio control”.
Eugenia Braguinsky, coordinadora del área de Transparencia
del Centro de Implementación de Políticas Públicas
(Cippec) explica que “si uno mira el panorama, lo que se
ve es que la AGN tiene problemas de financiamiento y roces con
el Congreso que no le aprueba los informes; la Sigen no tiene
garantizada su independencia; la OA tiene áreas que funcionan
muy bien y otras muy mal, y la Fiscalía Nacional de Investigaciones
Administrativas (Fnia) tiene claros problemas presupuestarios,
que superan la buena intención que pueda tener su titular,
el doctor (Manuel) Garrido. Pero nuestra tarea va más
allá de eso: desde nuestro punto de vista, la participación
de la sociedad civil debe fortalecerse independientemente de
lo que haga el Estado”. Y agrega: “Si bien muchas
veces se llena un vacío dejado por esos organismos, eso
no significa que podamos reemplazar a la AGN o a la Sigen. Desde
el Cippec trabajamos con un ánimo de colaboración”.
Colaboración que puede no ser sencilla, ya que muchas
veces el trabajo de una organización en un área
determinada deja en evidencia la falta de acción de alguna
instancia de control.
“Cuando alguien se enoja –comenta Braguinsky– suelen
cuestionar nuestra base de representatividad. Y nosotros aclaramos
que no tenemos ninguna, que no representamos –ni pretendemos
hacerlo– a la sociedad civil: somos una organización
de la sociedad civil. Y si decimos por ejemplo que la Comisión
Bicameral del Congreso que debe evaluar los Decretos de Necesidad
y Urgencia está dominada por el oficialismo, y que desde
que entró en funciones recomendó sin objeciones
aprobar los 147 DNU de Kirchner que analizó, no es para
que se enojen, sino para que lo tomen como llamado de atención”.
Juan Antoniasi, coordinador del área de Fortalecimiento
Institucional de la Asociación Civil por la Igualdad y
la Justicia (Acij) confirma que esa convivencia entre el Estado
y las organizaciones que realizan algún control puede
no ser armónica. “Solemos ser vistos como intrusos.
Nos preguntan por qué lo hacemos, con qué objetivo,
nos googlean para ver a quién respondemos. El problema
ahí es que no existe una cultura del control en pos de
mejorar la institucionalidad, sino una lógica de la persecución”,
explica.
En este mapa donde muchos llamados de atención pueden
ser mal recibidos o ignorados, tiene un rol importante la Defensoría
del Pueblo, que suele realizar presentaciones de oficio ante
la Justicia –muchas veces a partir del trabajo con OSC–,
exigiendo al Estado el cumplimiento de sus obligaciones. Recientemente,
por ejemplo, presentó una medida cautelar para exigir
al Estado nacional y al gobierno chaqueño que provea alimentos
y agua potable a las comunidades tobas de esa provincia. La presentación
recibió el fallo favorable de la Corte Suprema, que se
ha convertido en un elemento central a la hora de dar impulso
efectivo a iniciativas de este tipo.
Otro ejemplo de cómo suele funcionar ese tríptico
compuesto por la Defensoría, las OSC y la Justicia, es
el fallo de la Corte a favor de los reclamos de organizaciones
ambientalistas y el defensor del pueblo por el tema Riachuelo.
No todo es corrupción
En la Argentina suele asociarse la idea de controlar al Estado
con la denuncia periodística, la cámara oculta
y el caso de corrupción. Y aunque la historia reciente
ha dado algunos elementos como para justificar esa idea, la buena
gestión o la transparencia de un Estado no siempre tienen
que ver con pagar o cobrar coimas.
“Si hay un sindicato docente en alguna provincia que
reclama un salario digno y hace un paro, y ese gobierno provincial
no tiene fondos para asignar un aumento, ese conflicto no es
educativo sino político, y no es regional, sino federal,
porque tiene que ver probablemente con el diseño de la
Ley de Financiamiento Educativo. Por eso nosotros tenemos un
programa en el que monitoreamos la implementación de esa
ley y si existen fallas que tengan que ver con su diseño.
Entonces, no tratamos sólo de informar sobre lo que hacemos,
sino además sobre la complejidad de los problemas abordados,
porque el hecho de que la sociedad entienda estas complejidades
también forma parte del control que pueda realizar la
ciudadanía”, explica Florencia Mezzadra, coordinadora
del Programa de Educación del Cippec.
Una de las trabas para que temas complejos como ése
sean comprendidos con claridad suele ser la falta de acceso a
la información. “Para que la sociedad en general
pueda ejercer su control hace falta transparencia en la práctica
y publicidad de los actos de gobierno, y en ese sentido falta
una ley de acceso a la información pública”,
señala Antoniasi, de Acij.
Desde el Cippec, señalaron un caso que sirve para ilustrar
lo difícil que es acceder a la información. Cuando
comenzaron a estudiar el trabajo de la Comisión Bicameral
que debe analizar los DNU, notaron que estos decretos no estaban
reunidos en ninguna base de datos accesible. Para poder leerlos,
debían ir a la sede del Boletín Oficial o ingresar
a Info Leg, una base privada y paga, e identificar uno por uno
entre el manojo de decretos publicados, aquellos que hicieran
mención al “artículo 99 inciso 3 de la Constitución” que
indica qué es un DNU. “No es lógico que sea
tan complicado acceder a la legislación”, dice Braguinsky.
Pedro Isern Munne comprobó en carne propia como ciudadano
lo difícil que es para muchos funcionarios entender los
que significa que la información debe ser pública.
Quiso obtener las declaraciones juradas de algunos diputados,
y desde la Cámara baja recibió una respuesta negativa.
Por eso, con el asesoramiento de la Asociación por los
Derechos Civiles (ADC) presentó una acción de amparo
ante la Justicia.
En esa misma línea, Poder Ciudadano ha conseguido que
el Consejo de la Magistratura diera lugar a un pedido que realiza
desde el año 2000 para poder acceder a las declaraciones
juradas de los jueces.
Será justicia
Así como cada fundación u organización
elige los temas a trabajar de acuerdo con sus propias metas y
posibilidades, no todas utilizan los mismos mecanismos de acción.
Por ejemplo, aunque a ninguna le interesa que sus investigaciones
o informes queden en el aire, no todas llegan a realizar presentaciones
ante la Justicia.
En el caso de Cippec, es muy difícil que alguno de sus
informes termine en los tribunales. Mientras que el Cels, Poder
Ciudadano, Acij o ADC pueden llegar al litigio si la situación
lo exige.
Recientemente, por ejemplo, la ADC y el Cels presentaron una
acción de amparo conjunta para que el municipio de San
Isidro haga pública la información relacionada
con “el manejo, diseño y organización de
los servicios de salud”. La comuna se había negado
a brindar esa información a un foro vecinal que la había
solicitado.
“Si consideramos que hay un problema que pueda solucionarse
con alguna reforma de tipo administrativa, tratamos de hablar
con el Poder Legislativo, el Poder Ejecutivo, o quien corresponda.
Pero a veces esto no tiene efecto, y si hay un derecho afectado
urgente, en Poder Ciudadano vamos a la Justicia”, explica
Laura Alonso, quien reconoce que “lamentablemente cada
vez se llega más a la Justicia porque últimamente
nuestros llamados de atención no han sido muy exitosos,
hemos tenido un bajo nivel de permeabilidad.”
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