Campañas
sin políticas
Spots, afiches ¿y después?
Durante los últimos 25 años, las campañas
de prevención de VIH/Sida fueron variando junto a
las transformaciones sociales en torno de la epidemia. Sin
embargo, las organizaciones consideran que lo que no cambió fue
la falta de presupuesto y de políticas específicas.
Los mensajes también continúan reforzando la
estigmatización.
Textos Eva Amorín
El ejercicio es simple: cierre los ojos y piense en la campaña
de prevención de VIH/Sida que más recuerda. ¿Qué sensaciones
le produce? ¿Por qué le impactó? ¿Qué información
le brindó? A la distancia, ¿aquel mensaje cambió algo
en usted? Ahora, abra los ojos e intente recordar de qué año
es la campaña.
Hubo una manzana podrida y hubo camas vacías hasta llegar
a tu puerta. Hubo apelaciones a “ser solidario”,
a “no dar la espalda” y hubo “Avisá”.
Hubo un coro de famosos y una década de oscurantismo en
la que el Ministerio de Salud de la Nación se negó a
mostrar el preservativo en televisión. Hubo doctor Miroli
y “Juan está con María que está con
Pedro que está con…”; hubo mujeres osadas
de cuyas carteras se caían preservativos, alianzas de
látex y una pareja embarazada que decidía hacerse
el test (no sólo ella, él también). Y hay,
ahora, Triki triki bang bang al ritmo pegadizo de una cumbia.
La historia de los descubrimientos, avances, pero, sobre todo,
de las transformaciones en el estigma, discriminación
y negación en torno al VIH/Sida puede hacerse a través
de los mensajes masivos de prevención elaborados desde
fines de la década de 1980 hasta la actualidad.
En la Argentina –país que nunca destinó monto
alguno del presupuesto nacional a acciones de prevención
del VIH, sino que dependió de fondos internacionales del
Banco Mundial hasta 2001 y en la actualidad del Fondo Mundial
de Lucha contra el Sida– las campañas masivas de
vía pública y televisión estuvieron muchas
veces en manos de organizaciones no gubernamentales y no del
Estado nacional. Esto se vio, sobre todo, desde 1992 hasta 1997
con la asociación entre Fundación Huésped
y el Consejo Publicitario Argentino y en los mensajes –ya
no masivos, sino orientados a poblaciones gays, usuarios de drogas
y trabajadoras sexuales– financiados por Onusida y la agencia
alemana GTZ.
“La prevención en VIH nunca fue una política
pública sistemática, siempre se redujo a iniciativas
puntuales, cercanas al 1° de diciembre, día internacional
de la lucha contra el sida. No hay desde el Estado una cabeza
que piense la prevención con criterios epidemiológicos
de totalidad a nivel nacional”, señala Paula Goltzman,
responsable del área de Intervenciones Comunitarias de
Intercambios, organización que trabaja en uso de drogas
y VIH/Sida (ver recuadro aparte). Y agrega: “La sociedad
civil puede aportar, opinar, intervenir, pero no tiene una mirada
general ni la posibilidad de dar una sentido de totalidad con
sus acciones”.
¿Para qué sirve una campaña?
“La campaña masiva sirve para instalar el tema
en la comunidad. Si no hay medios de comunicación, en
general se considera que eso no existe”, explica Martha
Weiss, especialista en sexualidad y VIH en ámbitos comunitarios,
miembro del equipo del Ministerio de Educación para la
Implementación de la Ley de Educación Sexual en
la Ciudad de Buenos Aires. Y relata que en muchas oportunidades
les pasó de llegar a una escuela o a una organización
barrial a proponer un taller y que les respondan: “Pero
si acá no hay Sida, ahora hay dengue”.
Desde la Agencia Diálogos, el publicista Raúl
López Rossi, responsable del Triki triki bam bam que sonó recientemente,
coincide: “Las campañas de bien público sirven,
sobre todo, para poner un tema sobre la mesa, despertar el interés.
Cambiar hábitos no es vender un producto. Por eso, lo
que se le puede pedir a una campaña masiva es que haga
algo visible”.
“Si alguien cree que con la campaña masiva va
a cambiar comportamientos, está equivocado –advierte
Weiss–. Lo que hace es, al dejar sonando el tema, preparar
el terreno para acciones cara a cara, donde en espacios íntimos,
pequeños grupos, las personas se permitan preguntar lo
que necesitan”. Ese terreno estará abonado de manera
muy diferente si la campaña masiva comunicó miedo,
mandatos morales, lástima, la idea de que el VIH es tan
liviano como un dolor de muelas, o algo que involucra a cada
ser humano.
Según cómo se mire
Que los medios tienen un fuerte papel en la construcción
de “miradas” sobre un tema no es noticia. Y que cada
mirada construye un “sujeto” diferente, tampoco.
Desde la asociación civil Las Otras Voces, autora de la
publicación “Entre Jóvenes. Comunicación
y VIH”, se distinguen tres sujetos producto de la lente
mediática: un sujeto inexistente, creado por la falta
de visibilidad al tema; un sujeto inferior, fruto de la mirada
con lástima que generaron campañas como el coro
de famosos encabezado por el entonces presidente Carlos Menem
(1992); y un sujeto culpable, nacido del moralismo subyacente
en spots que –más allá de las buenas intenciones
de quienes colaboraron en ellos– reclamaban “Hacé lo
que quieras, pero Avisá” (Ministerio de Salud, 1997).
A mensajes como “Avisá” o que proponen la
abstinencia, Weiss los llama “mensajes paradojales” porque “logran
el efecto contrario”. Lo de “Avisá” no
sólo planteaba que había un malo que transmitía
el virus, sino que además desconocía una realidad: “Y
si no sé que vivo con el VIH, ¿cómo voy
a avisar?”, se pregunta Weiss.
“La mirada de los medios cambió menos de lo deseable”,
afirma Agustín Rojo, sociólogo y responsable del
equipo de Comunicación Social de la Coordinación
Sida de ciudad de Buenos Aires. Ya no se usan términos
como “sidosos” o “peste rosa” y se tiende
a términos políticamente correctos como “persona
que vive con VIH”. “Sin embargo, de manera menos
evidente el prejuicio sigue presente”, dice. Y puntea algunos
ejemplos:
La mayoría de las notas usan la expresión “pandemia” aunque
se refieran a un país o una ciudad; el VIH debe ser “gigantesco” para
ser noticia.
Se escribe SIDA con mayúscula, asociado con la idea
de “crecimiento infinito”, aunque en la Argentina
el número de casos esté en disminución permanente
debido al acceso a la medicación.
Cada 1° de diciembre se enfatiza la cantidad de personas
que viven con VIH y no lo saben. Lo que hay detrás es
una apelación al miedo (“el VIH es imparable”),
a la culpabilización (andan por ahí repartiendo
virus sin siquiera saberlo) y la negación de las personas
con VIH, ya que todas las notas hablan de la necesidad de proteger
a la “población sana” de una posible infección.
Las metáforas del Sida
Desde el inicio de la epidemia, una serie de metáforas
bastante poderosas se construyeron alrededor del Sida. Se trata
de mensajes que sirvieron y sirven para reforzar la estigmatización.
La mayoría de las campañas pueden analizarse a
la luz de estas metáforas:
Sida como muerte. “Primero se llevaron a los homosexuales,
pero yo no me preocupé. Después a los drogadictos,
pero yo no me preocupé... ahora están tocando a
mi puerta.”
Sida como castigo. “Karina estuvo con Juan, que estuvo
con Matías que estuvo con Luisa….” El sida
es el merecido castigo a la promiscuidad.
Sida como guerra. “No le demos tregua al Sida.” De
la enfermedad como enemiga a perseguir a las personas que están
enfermas hay un paso.
Sida como algo que sucede a otros. “Sin sida vamos a
vivir mejor en la ciudad.” ¿Y dónde vivirán “ellos”,
los que sí están enfermos?
“Otras metáforas buscaron diferenciarse, pero
dieron una vuelta de 360 grados y cayeron en el mismo lugar”,
revela Rojo. Y da dos ejemplos: el VIH como martirio, donde las
personas infectadas son héroes que sobrellevan una pesadísima
carga. Así sucedía en la impactante imagen de Benetton,
donde el enfermo de Sida era un Cristo rodeado de familiares. “Es
una versión refinada de la mirada compasiva”, señala
el especialista. La otra metáfora es el VIH como realidad
banal, donde usar un preservativo es como usar un casco. “Es
una versión más compleja de la mirada indiferente.
Por eso, estas nuevas metáforas, aunque buscan ser políticamente
correctas, reproducen por otros medios discursos estigmatizantes”,
advierte.
¿Por qué se generan estas metáforas? Eso
no está tan claro, pero lo cierto es que tienen una función
social y psicológica importante. Rojo explica que, por
un lado, tranquilizan al señalar que el problema es de
otros y, por otro, como el VIH refiere a temas con los que las
personas tenemos una relación compleja, como son la sexualidad,
la muerte, y estas cuestiones molestan, angustian, complican, “todo
recurso que permita el alejamiento, aunque sea imaginariamente,
será bienvenido por mi aparato psíquico que busca
no sufrir”.
La polémica del Triki triki
¿Existe alguna campaña que sí haya resultado
efectiva? En 2001, el fugaz paso de algunos mensajes en medio
del caos político y económico, dejó sin
embargo huellas de su impacto. Se trató de la campaña
realizada por Lusida que mostraba preservativos como anillos
de boda con la leyenda “La confianza no alcanza”,
las piezas de TV donde a dos chicas se les caían las carteras
con preservativos (“Las mujeres tienen derecho a llevar
preservativo. Usalo”) y la que logró mayor impacto,
la primera campaña masiva sobre transmisión madre-hijo
con el mensaje en vía pública y TV: “La transmisión
madre-hijo se puede prevenir. Hacete el test. Es gratis. Es tu
derecho. Exigilo”. A partir de esta campaña aumentaron
los pedidos de análisis para detectar el virus y llovieron
en el 0800 denuncias informando que en muchos hospitales públicos
no estaban haciendo el test en forma gratuita.
En la ciudad de Buenos Aires, la campaña “Sentir
que nos puede pasar es empezar a cuidarnos” (2004), que
hizo eje en denuncias por discriminación, distribución
de preservativos y test gratuito y confidencial, fue una apuesta
a que los mensajes promuevan la autonomía de las personas
en sus decisiones en torno del VIH.
En estos días, la movediza campaña “Triki
triki bang bang” (“Metételo, tatuátelo,
si hay triki triki hay bang bang”) despierta polémicas.
Una virtual guerra en blogs de Internet se puso en marcha: los
que están a favor dicen que habla claro sobre el preservativo,
los que están en contra se quejan, en realidad, de que “no
es para todo el mundo”. “Lo que llama la atención
de los que se quejan es el racismo, la indignación de ‘por
qué se dirigen a esa gente’. Es la clase media diciendo: ‘la
televisión es mi territorio, cómo me lo invaden’”,
apunta Raúl Rossi, de la agencia Diálogos. Y agrega: “Estas
reacciones revelan otras cosas muy profundas para pensar el cómo
estamos como sociedad”.
En el mundo, más de la mitad de las nuevas infecciones
por VIH afectan a jóvenes de 15 a 24 años de edad.
En la Argentina, los datos epidemiológicos indican que
el VIH es cada vez más joven, más pobre y con cara
de mujer (ver recuadro). Y el videoclip, con música del
grupo Piola Vago y coreografía de la organización
Crear Vale la Pena, efectivamente apunta a “ese target”. “Buscamos
alcanzar un impacto directo en jóvenes porque son una
población ávida de información y porque
la adolescencia es un ciclo donde se combina que la percepción
de riesgo está alejada con la exploración de la
sexualidad”, explica Mario Burgos, integrante del Foro
de OSC que supervisa las acciones del Fondo Mundial en la Argentina.
Y la estrategia fue “celebrar el placer de la vida sexual
activa, sin nada de amenazas ni sombra, porque generan una reacción
irracional de autodefensa, de no querer saber nada del tema”,
concluye Rossi.
Para algunos especialistas, el Triki triki bang bang es muy
efectivo en términos de impacto visual, sin embargo, le
falta información. “No nombra eso de lo que hay
que hablar”, puntualiza Martha Weiss. Desde la agencia
Diálogos, el creativo señala: “Creemos que
el primer objetivo, que era poner el tema sobre la mesa, se logró.
No esperamos que por la campaña nadie cambie sus hábitos,
esto tiene que ir acompañado de otras acciones. Por ejemplo,
hacer tanto ruido y que después en los hospitales no estén
los insumos para hacer el test, o que a los jóvenes no
les entreguen preservativos… si después la gente
queda pagando no sirve”. Y esto que dice Rossi tiene que
ver con algo que todos los expertos señalan: en VIH la
comunicación no puede ir separada de los servicios necesarios
para ejercer los derechos que el mensaje promueve.
Cuando la campaña es el medio
Lo que sí parece dar buenos resultados es usar el humor,
ya que logra en muchos casos que las audiencias “bajen
la guardia” y sean más permeables a la información. Ése
es, precisamente, el código de los videoclips de la Fundación
Buenos Aires Sida, donde mujeres y travestis pulposas huyen de
un pene gigante para luego perseguirlo ellas cuando le pusieron
el preservativo. No son imágenes aptas para todo contexto,
ni para todo público: “Se hicieron para pasarse
en discotecas de cumbia y en discotecas gays”, explica
Alejandro Freyre, presidente de la fundación.
Para la mayoría de las organizaciones sociales que trabajan
en VIH, la campaña más que un fin en sí mismo
es una estrategia para abordar el tema en un barrio, con un grupo
de vecinas y vecinos, o jóvenes. “Son campañas
comunitarias, donde las herramientas periodísticas y de
comunicación se ponen al servicio del trabajo territorial
y de la prevención entre pares”, explica Silvia
Bacher, presidenta de Las Otras Voces, asociación civil
que desarrolla el proyecto Entre Jóvenes, donde las mismas
chicas y chicos construyen mensajes para otros jóvenes.
Y allí, una vez más, el humor es clave. Bacher
recuerda unos spots de radio elaborados por jóvenes de
zonas rurales en Misiones, donde con la técnica del radioteatro
inventaron diálogos entre conejos en una chacra para hablar
de sexualidad y VIH.
En el trabajo en territorio, las organizaciones oscilan entre
dos perspectivas. Algunas tienden a decir “lo que se debe” y “lo
que no se debe”. Otras, en cambio, apuntan a brindar información
para que las personas tomen decisiones sobre sus propias prácticas,
comprendiendo que cada persona necesita “querer cuidarse,
saber cuidarse y poder cuidarse” y que no hay respuestas
estándar.
“Suele ser una tentación muy grande para el facilitador
contentar desde su propio sistema de creencias, pero eso no sirve –dice
Weiss–. Primero, porque lo que uno cree puede no ser correcto
y, segundo, porque uno no encarna nada, si me convierto en un ‘experto
en respuestas’, no se habilita la autonomía”.
Por eso, tanto en la construcción de campañas masivas
como en el abordaje cara a cara en territorio, el paradigma que
se recomienda seguir en prevención del VIH es dar prioridad
a lo que les pasa a las personas por sobre el mensaje. Es decir,
apostar a la autonomía de las personas: incorporar una
pluralidad de voces al debate y a la respuesta a la epidemia.
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