Año 14, Nro 65 Nota de Tapa
 

Mujeres

La lucha continúa

Obreras, campesinas, amas de casa, indígenas, desocupadas. Tras un siglo de lucha, ciertas desigualdades de género persisten en el mundo laboral. Para combatir esas asignaturas pendientes, de Ushuaia a la Quiaca continúan organizadas.

Textos Eva Amorín

El 8 de marzo de 1908 murieron quemadas 129 obreras dentro de una fábrica textil en Estados Unidos. Afuera, otras cuarenta mil hacían huelga en reclamo de jornadas laborales de diez horas, igual salario que los varones, derecho a la lactancia y fin del trabajo infantil. Aquellas primeras mujeres trabajadoras, junto a las sufragistas que impulsaban el derecho al voto, fueron pioneras en la lucha para abolir la noción de “sexo débil”. Desde entonces se multiplicaron las organizaciones sindicales y feministas que buscan cambiar lo que aun hoy es una realidad: el desigual salario en relación con los hombres, el acoso sexual como parte de las condiciones laborales, una división del trabajo que recluye en tareas que son “extensión natural” de la vida en el hogar y un techo de cristal que impide ascensos tanto en las ramas ejecutivas como en las fábricas. A un siglo de los motivos que generaron la conmemoración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, organizaciones sindicales y de mujeres analizan con perspectiva de género los derechos en el mundo del trabajo hoy. Un balance en el que la Argentina está detrás de la media.

En el ranking sobre igualdad de género elaborado por el World Economic Forum (WEF) sobre 115 países, la Argentina figura en el puesto 96: es uno de los países más desiguales del estudio, especialmente en el campo laboral.

De qué trabajan las mujeres

El 97,6 % del servicio doméstico es realizado por mujeres. Junto a las actividades educativas (76,6 %) y los servicios sociales y de salud (72,7 %) conforman los empleos “femeninos” por excelencia. Así lo revelan estadísticas de la Comisión Tripartita de Igualdad de Trato y Oportunidades (CTIO) del Ministerio de Trabajo. “Esta división sexual por ramas de actividad no es casual –explica Marina Fabro, integrante del colectivo de feminista De Boca en Boca–. Las mujeres nos insertamos en puestos que son ‘extensión natural’ de las responsabilidades asignadas en el hogar: el cuidado y la educación de los niños y las tareas domésticas.”

De todos los empleos, aquel que permite a otras mujeres salir fuera del hogar es el menos reconocido, más devaluado y peor pago de todos. Según estimaciones de la AFIP, existen casi un millón de empleadas domésticas en todo el país, sólo 233 mil con aportes. “Nos contratan para limpiar, pero terminamos cuidando los chicos, planchando la ropa y preparando la comida, todo por el mismo sueldo”, señala Manuela Muñoz, secretaria general del Sindicato de Empleadas Domésticas de Entre Ríos. Esto, a pesar de que ya en 1956 se reconoció a las empleadas domésticas escala salarial por tareas, obra social, jubilación, aguinaldo y vacaciones. Lo que hasta hoy no se les reconoce es el básico derecho a licencia por maternidad. Muñoz agrega: “Es un trabajo muy ingrato, muchas veces te tratan de bruta o te hablan a los gritos”. Desde el Ministerio de Trabajo, la CTIO reconoce: “Todavía no se desterró el concepto de servidumbre”.

Discriminación por género

La explotación laboral asume, en el caso de las mujeres, algunas formas en particular. Una de ellas es bien conocida por las empleadas domésticas: “Son los patroncitos que se creen con derecho a iniciarse sexualmente con sus sirvientas”, plantea sin medias tintas Irma Othar, fundadora en 1943 del sindicato en Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires. Forma moderna del derecho de pernada (derecho del estanciero a desvirgar a las hijas de los peones), el acoso sexual todavía no está legislado. Tan sólo a fines de 2007 la Cámara de Diputados dio media sanción a un proyecto de Ley de Prevención y Sanción de la Violencia Laboral y el Acoso Sexual que ahora está en manos del Senado.

Menores salarios por igual trabajo y un techo de cristal a los ascensos son las otras dos formas de discriminación: a igual nivel educativo, los varones ganan entre un 30 y un 50 por ciento más que las mujeres, quienes además ocupan apenas el 11 por ciento de los puestos jerárquicos (FIEL, 2007).

“A diferencia de otros países de Latinoamérica, en la Argentina el techo de cristal por género se da en todos los estratos”, afirma Laura García Tuñón, directora de la Secretaría de Género de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA). Y pone como ejemplo los servicios de maestranza. “El año pasado hicimos una presentación en Cancillería y el Ministerio de Justicia porque tenían servicios tercerizados donde, a pesar de que el 80 por ciento de las trabajadoras eran mujeres, los supervisores eran todos varones”. En las reuniones, los prestadores argumentaron que “los hombres tienen mejor capacidad para organizar grupos”.

Ese caso pudo resolverse con la intervención de la CTA, pero otros llegaron a la Justicia. Patrocinado por la Clínica Jurídica de Interés Público de la Universidad de Palermo, la Fundación Mujeres en Igualdad demandó en el año 2000 a la cadena de heladerías Freddo porque sobre 681 empleados, 646 eran varones y sólo 35, mujeres. La Cámara Nacional en lo Civil, en el primer fallo colectivo a favor de la igualdad de género en una empresa privada del país, declaró que no había motivos justificados para esta discriminación y ordenó a la firma a contratar solamente mujeres hasta igualar el plantel.

“Lo que hay detrás de la discriminación por género es el ahorro de un costo laboral”, explica Laura García Tuñón. Y no se refiere a las licencias por maternidad, que son absorbidas por el Estado. El verdadero “costo laboral” es que los chicos se enferman y las madres faltan. “Al no haber un cuidado compartido de los hijos, no se piensa ni se admite que vayan a darse ausentismos masculinos a causa de la paternidad”, concluye.

“Queremos empleo, trabajo tenemos un montón”

“En las desigualdades entre varones y mujeres se combinan en forma contradictoria intereses económicos, políticos y patriarcales”, explica Andrea D´Atri, autora del libro Pan y Rosas, que releva el protagonismo de las mujeres en todas las revoluciones y luchas obreras. D’Atri señala que, para comprender estas desigualdades, hace falta revisar la manera en que ingresan las mujeres al mundo del trabajo de la revolución industrial en adelante.

Luego de que en los orígenes del capitalismo la mano de obra femenina e infantil resultara indispensable para las fábricas, la necesidad de mantener saludable a la fuerza de trabajo del modo más económico posible empujó a lo que se llama “la división sexual del trabajo”: los varones en el ámbito productivo de las fábricas y las mujeres en el ámbito reproductivo –tener hijos y cuidarlos para que en el futuro sean obreros fuertes– del hogar. Así nacen las “amas de casa”, cuyo trabajo no remunerado es equivalente al 10 por ciento del Producto Bruto Interno (PBI) argentino según un estudio de la consultora Equis del año 2006, aunque estimaciones de la OIT de mediados de los ´90 aseveran que llegaría al 35% del PBI.

“La jornada laboral del ama de casa no termina nunca, no tiene francos y es multifunción, porque hacemos limpieza, cocina, somos educadoras y enfermeras”, enumera Gladys Roldán, referente de la Asociación Amas de Casa del País, con sede en La Matanza. Desde el Sindicato de Amas de Casa de la Argentina se lucha por el reconocimiento de una jubilación y la filial Santa Fe adhiere a la Huelga Mundial de Mujeres, que entre sus reivindicaciones plantea “un salario por el trabajo de cuidar”. Este reclamo genera polémicas porque algunos sectores argumentan que el salario para el ama de casa es una forma de perpetuar la desigualdad en la división de tareas entre varones y mujeres. “Lo cierto es que pone sobre la mesa que hay un trabajo invisible, no remunerado, muy útil a la economía y que siempre recae sobre los mismos hombros”, asevera Marina Fabro, desde el colectivo De Boca en Boca. Ya lo decía el lema de lucha de las amas de casa en la década del ‘60, momento de auge de los movimientos de liberación de la mujer: “Queremos empleo, trabajo tenemos un montón”.

Salir te cambia la vida

En la Argentina, muchas amas de casa salieron por primera vez al mundo laboral cuando los picos de desempleo obligaron a desempolvar desde títulos de maestra hasta animarse a cartonear. O a cortar rutas. “Porque las primeras que salimos fuimos las mujeres. Salimos por comida, puestos de trabajo, por la salud... y para muchas fue la primera vez que dejamos las cuatro paredes y de servir al marido y a los chicos”, plantea Gladys Roldán, fundadora de Amas de Casa del País e impulsora de los grupos de mujeres en la Corriente Clasista y Combativa. Y aunque siempre se habló de “los” piqueteros, el 70 por ciento de las integrantes eran mujeres y jóvenes.

Salieron contra la voluntad de sus maridos, para cumplir un mandato: seguir cuidando. Y en ese recorrido, no sólo pasaron de amas de casa a reconocerse como trabajadoras desocupadas, sino que comenzaron a replantearse el lugar en la familia, en la organización y en el mundo. Hoy Amas de Casa del País impulsa grupos de mujeres sobre género y violencia, emprendimientos de costura y tiene bien muerto y enterrado el título de “subcomisión de damas” con que nació en el Barrio María Elena de La Matanza. “Se lo debemos a los Encuentros Nacionales de Mujeres”, asegura. Y cuenta que fue allí, durante un debate, que una mujer les preguntó: “¿Por qué son subcomisión? Ustedes también pueden estar en la comisión directiva de su barrio”. Una luz cómplice brilla en los ojos de Gladys: “¡Cómo volvimos! Salimos por el hambre, pero a casa no volvimos las mismas. Salir te cambia la vida”.

Entrevista a Irma Othar, fundadora de la Unión de Mujeres Argentinas
“Todavía falta la reivindicación principal”

“Compañeras, Dios dijo que el séptimo día era para descansar. ¿Nosotras tenemos el domingo libre?”. Con este petitorio escrito de su puño y letra, cuando apenas tenía 15 años, Irma Othar organizó el Sindicato de Trabajadoras Domésticas de Tres Arroyos. Corrían los primeros años del peronismo y lograron la conquista del domingo franco. “Antes trabajábamos de lunes a lunes”, explica esta luchadora que a sus 83 años integra la Mesa Nacional de Solidaridad con Cuba y la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA).

Irma dejó la primaria en cuarto grado para entrar al servicio doméstico. A los 17 migró a Buenos Aires, donde enseguida fue delegada del frigorífico La Negra. “Había mucha discriminación hacia las mujeres. Nuestros mismos compañeros no nos dejaban hablar en una asamblea. Pero yo me paraba en los bancos y a los gritos me hacía escuchar”, recuerda. Activa militante del Partido Comunista, en 1947 estuvo entre las fundadoras de la Unión de Mujeres Argentinas, que impulsó la ley de jardines maternales zonales y de guarderías en empresas de más de cincuenta trabajadoras.

“Buena parte de lo que logramos quedó en letra muerta”, dice con pesar. Y no se refiere sólo a los jardines. Como diputada en la Asamblea Constituyente de 1957, Othar fue la responsable de defender la incorporación del artículo 14 bis (derechos sociales) a la Constitución Nacional. Autora de 15 libros y de numerosos premios a su trayectoria, plantea: “Las trabajadoras avanzamos muchísimo, pero nuestra reivindicación principal, igual salario por igual trabajo, todavía es una cuenta pendiente”.

Entrevista a Moira Millán, Frente de Lucha Mapuche y Campesina
“El machismo es un producto de la colonización”

“Una se casa con quien puede, no con quien quiere”; “Una es fea, bruta, india, qué puede esperar de la vida”. Creció escuchando estas frases de su madre, mientras limpiaba casas ajenas. A los 16 años descubrió que no se parecía a Claudia Schiffer, que tenía rostro mapuche. “Así que empecé a investigar mis raíces”, explica Moira Millán, quien a los 37, con cinco causas por cortes de ruta y otra por “usurpación” de tierras fiscales, es la huerquén (vocera) de la comunidad mapuche Pillan Mahuiza (montaña sagrada), de Corcobado, Chubut.

“El pueblo mapuche ha tenido ancestralmente una relación de género muy igualitaria. Nosotras podíamos ser sacerdotisas (machis), comandantes o guerreras”. El machismo –asegura– quedó internalizado como parte de la colonización. “En las comunidades todas pasamos por abandonos y violencia familiar”. Es al luchar por la tierra que las mujeres se reencuentran con la propia identidad y otra vida posible. Así le pasó a ella, cuando en 1992 fundó junto a su hermano la organización 11 de Octubre. Empezaron con un programa de radio y contrafestejos; y terminaron liderando acciones “contra el saqueo de la Patagonia”, lucha que los enfrenta a Benetton, Meridian Gold, el grupo Santander y la megapista de ski de Marcelo Tinelli. En ese recorrido, Moira dejó al marido maltratador con el que tuvo dos hijos y se encontró con quien llama “compañero de vida”, papá de su cuarta hija.

Entrevista a Catalina Balaguer, despedida de PepsiCo reincorporada por fallo de la Corte Suprema “Resistí porque quería dejar algo para mis compañeras”

En julio de 2002, Catalina Balaguer fue despedida de Pepsico Snacks (la filial de Pepsi que fabrica snacks) por apoyar la resistencia de 150 mujeres con contratos temporarios que habían quedado cesantes. La empresa despidió a seis de las obreras de planta que se acercaron en solidaridad a la lucha. Pero Catalina, activista dentro de la fábrica, respondió: “No”. Y con el patrocinio del Centro de Profesionales por los Derechos Humanos (CEPRODH) logró que, en un fallo histórico, la Corte Suprema de Justicia obligara a la empresa a reincorporarla por considerar el caso como “discriminación sindical”.

“Está muy naturalizado que te echen. Pocas veces se plantea pelear para volver, pero yo creo que está mal verse como material descartable”, afirma esta rosarina de 37 años, madre de dos hijas y trabajadora desde los 14. Primero fue peluquera, después viajó con un circo, vivió en Paraguay limpiando de día la casa de un militar retirado y trabajando en una pizzería en las noches. Al volver a la Argentina, con sus primeros trabajos en fábricas empezó lo que ella llama su “guerra”. Y explica: “Empecé a identificarme con mi propia persona”.

“Trabajaba 16 o 17 horas por día, llegaba a casa cansada y me dolían los pies. Me di cuenta de que a todas nos pasaba lo mismo y empecé a relacionar esto con la opresión que en general vive la mujer. Yo estaba convencida de que la salida era hacer algo todas juntas”, dice ahora. Por eso resistió cuando quisieron despedirla: “Quería dejar algo para mis compañeras”.

Entrevista a Cristina Loaiza, Movimiento Campesino de Santiago del Estero
“Nosotras no nos cansamos”

Tiene 42 años, diez hijos y un cuerpo curtido en la lucha. Se paró delante de las topadoras innumerables veces, se la llevaron presa con su bebé de once meses, recibió culatazos en la frente, hasta le llegaron a decir en la posta sanitaria, cuando estaba embarazada de su último bebé, “parece que muertito te va a nacer”, todo para asustarla. Y sin embargo, Cristina Loaiza no se arrepiente de nada. “Es que desde que nos organizamos cambiamos un montón, entre lo que éramos antes y lo que somos ahora”, explica con orgullo.

Lleva diez años organizando desde el Movimiento Campesino de Santiago del Estero (MoCaSE-Vía Campesina) la resistencia a los desalojos en Pinto, la comunidad donde nacieron sus bisabuelos y donde ella misma anda desde muy chica criando cabras, haciendo mamar a los cabritos, descubriendo los secretos del monte. “En Pinto las mujeres pisan fuerte”, advierten las demás centrales campesinas y buscan la explicación en alguna etnia indígena matriarcal cuya sangre recorre las venas de las campesinas. Cristina no sabe si es cierto, pero confirma que en su comunidad son las mujeres quienes más salen a pararse delante de las topadoras y también las que más ponen el cuerpo cuando se organizan movilizaciones por la soberanía alimentaria, contra la soja transgénica y solidarias con otras luchas. Cristina sale muchas veces, dejando los hijos a cuidado de Silveriano, su marido, que queda en el campo. Con su voz suave, asegura: “Nosotras no nos cansamos. Tendrían que atarnos de pies y manos y todavía así seguiríamos peleando.”

Mujeres Públicas

Salieron a la calle por primera vez el 8 de marzo de 2003 con una sola pregunta: “Si el 8 de marzo es el Día de la Mujer, ¿qué pasa el resto del año?”. Desde entonces, los afiches de Mujeres Públicas, aunque no llevan firma, son reconocibles por su estética y su intencionalidad: “Mujer Colonizada”, sobre los mandatos culturales y estéticos; “El trabajo doméstico”, con refranes y canciones infantiles que naturalizan el rol de la mujer como responsable de las faenas del hogar y “Pensadores célebres. Frases idiotas”, donde el tiro al blanco es para quienes con autoridad científica o biológica pretendieron justificar la supuesta inferioridad de la mujer. Todos los materiales de Mujeres Públicas son de libre acceso y pueden reconvertirse sin pedir autorización a nadie. Se bajan de: www.mujerespublicas.com.ar

OPINION
Ambivalencias

Por Maristella Svampa *

Si la interiorización de la autolimitación femenina es uno de los pilares de la dominación de género, hay que decir que el creciente protagonismo político y social de las mujeres apunta a resquebrajar esta base. De esta manera, la mujer va adquiriendo mayor autonomía y seguridad identitaria. Pero los efectos de estas transformaciones son ambivalentes, pues tienen como contrapartida una profunda desestructuración del universo masculino, cuya identidad está anclada en el trabajo y reconocimiento de su rol como proveedor principal. Esto sucede en el mundo popular, en donde el creciente protagonismo femenino se inserta en un contexto del debilitamiento de la autoridad masculina y, por ende, de crisis de la estructura tradicional de los hogares. No es casual, entonces, que esto se vea reflejado en expresiones culturales que contienen elementos de una increíble violencia simbólica contra la mujer. Tal es el caso de la cumbia villera, cuyas letras denigran y ridiculizan la autonomía sexual de la mujer, en un momento en el cual es notoria su mayor participación en el campo social y político. La cumbia villera puede ser comparada con el tango de los años ´30, donde también converge el menosprecio a la mujer y el resentimiento masculino, en una época en el cual la crisis económica había golpeado de lleno el mundo masculino.

Así, el creciente protagonismo femenino está marcado no sólo por transformaciones positivas, sino por evidentes tensiones y multiplicadas formas de violencia, no sólo físicas, sino también culturales y simbólicas.

* Filósofa, autora de “Entre la ruta y el barrio” y “La sociedad excluyente”. Investigadora del Conicet y profesora de la Universidad Nacional de General Sarmiento.

OPINION

Menos puestos para las más pobres
Por Rosalía Cortés *

El aumento de la participación de la mujer en el mercado de trabajo se intensificó en los ‘90 respecto de la década anterior, impulsada por varios factores: el aumento del desempleo masculino, la caída de los ingresos familiares y la reorientación de la demanda laboral hacia los servicios. En ese período aumentaban participación y empleo de cónyuges en hogares con bajo nivel de ingreso, que se ocuparon principalmente en servicio doméstico, en empleos no registrados en comercio, y en la crisis participaron en los programas de empleo. En la etapa de recuperación posterior al 2002 el patrón de crecimiento genera escasas oportunidades de empleo y bajos salarios para mujeres de hogares de bajos ingresos, con escasa capacitación y experiencia laboral. Recuérdese que gran parte de la demanda de empleo es impulsada por la construcción y por la industria manufacturera; actividades en las que la inserción de las mujeres es minoritaria. A ello se agregaría la escasez estructural de servicios como jardines maternales y centros de cuidado infantil que limitan el tiempo que las mujeres de estos hogares destinan para desarrollar actividades fuera del hogar.

El reciente comportamiento contracíclico de la participación en el mercado laboral de mujeres de hogares de bajos ingresos estaría indicando que la caída de la demanda y la carencia de servicios de cuidado refuerzan en esos hogares patrones tradicionales de distribución de responsabilidades entre varones y mujeres. Éstas forzadamente deben hacerse cargo del cuidado de los hijos y no tienen opciones de empleo.

En parte, esta contracción de la participación de mujeres afecta el aparente estancamiento de la tasa de actividad urbana total –digo aparente porque el INDEC ha dejado de publicar como es su obligación las bases de datos de la Encuesta de Hogares–.

*Especialista en género y trabajo. Investigadora del Conicet con sede en Flacso.

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