Mujeres
La lucha continúa
Obreras, campesinas, amas de casa, indígenas, desocupadas.
Tras un siglo de lucha, ciertas desigualdades de género
persisten en el mundo laboral. Para combatir esas asignaturas
pendientes, de Ushuaia a la Quiaca continúan organizadas.
Textos Eva Amorín
El 8 de marzo de 1908 murieron quemadas 129 obreras dentro
de una fábrica textil en Estados Unidos. Afuera, otras
cuarenta mil hacían huelga en reclamo de jornadas laborales
de diez horas, igual salario que los varones, derecho a la lactancia
y fin del trabajo infantil. Aquellas primeras mujeres trabajadoras,
junto a las sufragistas que impulsaban el derecho al voto, fueron
pioneras en la lucha para abolir la noción de “sexo
débil”. Desde entonces se multiplicaron las organizaciones
sindicales y feministas que buscan cambiar lo que aun hoy es
una realidad: el desigual salario en relación con los
hombres, el acoso sexual como parte de las condiciones laborales,
una división del trabajo que recluye en tareas que son “extensión
natural” de la vida en el hogar y un techo de cristal que
impide ascensos tanto en las ramas ejecutivas como en las fábricas.
A un siglo de los motivos que generaron la conmemoración
del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, organizaciones
sindicales y de mujeres analizan con perspectiva de género
los derechos en el mundo del trabajo hoy. Un balance en el que
la Argentina está detrás de la media.
En el ranking sobre igualdad de género elaborado por
el World Economic Forum (WEF) sobre 115 países, la Argentina
figura en el puesto 96: es uno de los países más
desiguales del estudio, especialmente en el campo laboral.
De qué trabajan las mujeres
El 97,6 % del servicio doméstico es realizado por mujeres.
Junto a las actividades educativas (76,6 %) y los servicios sociales
y de salud (72,7 %) conforman los empleos “femeninos” por
excelencia. Así lo revelan estadísticas de la Comisión
Tripartita de Igualdad de Trato y Oportunidades (CTIO) del Ministerio
de Trabajo. “Esta división sexual por ramas de actividad
no es casual –explica Marina Fabro, integrante del colectivo
de feminista De Boca en Boca–. Las mujeres nos insertamos
en puestos que son ‘extensión natural’ de
las responsabilidades asignadas en el hogar: el cuidado y la
educación de los niños y las tareas domésticas.”
De todos los empleos, aquel que permite a otras mujeres salir
fuera del hogar es el menos reconocido, más devaluado
y peor pago de todos. Según estimaciones de la AFIP, existen
casi un millón de empleadas domésticas en todo
el país, sólo 233 mil con aportes. “Nos contratan
para limpiar, pero terminamos cuidando los chicos, planchando
la ropa y preparando la comida, todo por el mismo sueldo”,
señala Manuela Muñoz, secretaria general del Sindicato
de Empleadas Domésticas de Entre Ríos. Esto, a
pesar de que ya en 1956 se reconoció a las empleadas domésticas
escala salarial por tareas, obra social, jubilación, aguinaldo
y vacaciones. Lo que hasta hoy no se les reconoce es el básico
derecho a licencia por maternidad. Muñoz agrega: “Es
un trabajo muy ingrato, muchas veces te tratan de bruta o te
hablan a los gritos”. Desde el Ministerio de Trabajo, la
CTIO reconoce: “Todavía no se desterró el
concepto de servidumbre”.
Discriminación por género
La explotación laboral asume, en el caso de las mujeres,
algunas formas en particular. Una de ellas es bien conocida por
las empleadas domésticas: “Son los patroncitos que
se creen con derecho a iniciarse sexualmente con sus sirvientas”,
plantea sin medias tintas Irma Othar, fundadora en 1943 del sindicato
en Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires. Forma moderna del
derecho de pernada (derecho del estanciero a desvirgar a las
hijas de los peones), el acoso sexual todavía no está legislado.
Tan sólo a fines de 2007 la Cámara de Diputados
dio media sanción a un proyecto de Ley de Prevención
y Sanción de la Violencia Laboral y el Acoso Sexual que
ahora está en manos del Senado.
Menores salarios por igual trabajo y un techo de cristal a
los ascensos son las otras dos formas de discriminación:
a igual nivel educativo, los varones ganan entre un 30 y un 50
por ciento más que las mujeres, quienes además
ocupan apenas el 11 por ciento de los puestos jerárquicos
(FIEL, 2007).
“A diferencia de otros países de Latinoamérica,
en la Argentina el techo de cristal por género se da en
todos los estratos”, afirma Laura García Tuñón,
directora de la Secretaría de Género de la Central
de Trabajadores de la Argentina (CTA). Y pone como ejemplo los
servicios de maestranza. “El año pasado hicimos
una presentación en Cancillería y el Ministerio
de Justicia porque tenían servicios tercerizados donde,
a pesar de que el 80 por ciento de las trabajadoras eran mujeres,
los supervisores eran todos varones”. En las reuniones,
los prestadores argumentaron que “los hombres tienen mejor
capacidad para organizar grupos”.
Ese caso pudo resolverse con la intervención de la CTA,
pero otros llegaron a la Justicia. Patrocinado por la Clínica
Jurídica de Interés Público de la Universidad
de Palermo, la Fundación Mujeres en Igualdad demandó en
el año 2000 a la cadena de heladerías Freddo porque
sobre 681 empleados, 646 eran varones y sólo 35, mujeres.
La Cámara Nacional en lo Civil, en el primer fallo colectivo
a favor de la igualdad de género en una empresa privada
del país, declaró que no había motivos justificados
para esta discriminación y ordenó a la firma a
contratar solamente mujeres hasta igualar el plantel.
“Lo que hay detrás de la discriminación
por género es el ahorro de un costo laboral”, explica
Laura García Tuñón. Y no se refiere a las
licencias por maternidad, que son absorbidas por el Estado. El
verdadero “costo laboral” es que los chicos se enferman
y las madres faltan. “Al no haber un cuidado compartido
de los hijos, no se piensa ni se admite que vayan a darse ausentismos
masculinos a causa de la paternidad”, concluye.
“Queremos empleo, trabajo tenemos un montón”
“En las desigualdades entre varones y mujeres se combinan
en forma contradictoria intereses económicos, políticos
y patriarcales”, explica Andrea D´Atri, autora del
libro Pan y Rosas, que releva el protagonismo de las mujeres
en todas las revoluciones y luchas obreras. D’Atri señala
que, para comprender estas desigualdades, hace falta revisar
la manera en que ingresan las mujeres al mundo del trabajo de
la revolución industrial en adelante.
Luego de que en los orígenes del capitalismo la mano
de obra femenina e infantil resultara indispensable para las
fábricas, la necesidad de mantener saludable a la fuerza
de trabajo del modo más económico posible empujó a
lo que se llama “la división sexual del trabajo”:
los varones en el ámbito productivo de las fábricas
y las mujeres en el ámbito reproductivo –tener hijos
y cuidarlos para que en el futuro sean obreros fuertes– del
hogar. Así nacen las “amas de casa”, cuyo
trabajo no remunerado es equivalente al 10 por ciento del Producto
Bruto Interno (PBI) argentino según un estudio de la consultora
Equis del año 2006, aunque estimaciones de la OIT de mediados
de los ´90 aseveran que llegaría al 35% del PBI.
“La jornada laboral del ama de casa no termina nunca,
no tiene francos y es multifunción, porque hacemos limpieza,
cocina, somos educadoras y enfermeras”, enumera Gladys
Roldán, referente de la Asociación Amas de Casa
del País, con sede en La Matanza. Desde el Sindicato de
Amas de Casa de la Argentina se lucha por el reconocimiento de
una jubilación y la filial Santa Fe adhiere a la Huelga
Mundial de Mujeres, que entre sus reivindicaciones plantea “un
salario por el trabajo de cuidar”. Este reclamo genera
polémicas porque algunos sectores argumentan que el salario
para el ama de casa es una forma de perpetuar la desigualdad
en la división de tareas entre varones y mujeres. “Lo
cierto es que pone sobre la mesa que hay un trabajo invisible,
no remunerado, muy útil a la economía y que siempre
recae sobre los mismos hombros”, asevera Marina Fabro,
desde el colectivo De Boca en Boca. Ya lo decía el lema
de lucha de las amas de casa en la década del ‘60,
momento de auge de los movimientos de liberación de la
mujer: “Queremos empleo, trabajo tenemos un montón”.
Salir te cambia la vida
En la Argentina, muchas amas de casa salieron por primera vez
al mundo laboral cuando los picos de desempleo obligaron a desempolvar
desde títulos de maestra hasta animarse a cartonear. O
a cortar rutas. “Porque las primeras que salimos fuimos
las mujeres. Salimos por comida, puestos de trabajo, por la salud...
y para muchas fue la primera vez que dejamos las cuatro paredes
y de servir al marido y a los chicos”, plantea Gladys Roldán,
fundadora de Amas de Casa del País e impulsora de los
grupos de mujeres en la Corriente Clasista y Combativa. Y aunque
siempre se habló de “los” piqueteros, el 70
por ciento de las integrantes eran mujeres y jóvenes.
Salieron contra la voluntad de sus maridos, para cumplir un
mandato: seguir cuidando. Y en ese recorrido, no sólo
pasaron de amas de casa a reconocerse como trabajadoras desocupadas,
sino que comenzaron a replantearse el lugar en la familia, en
la organización y en el mundo. Hoy Amas de Casa del País
impulsa grupos de mujeres sobre género y violencia, emprendimientos
de costura y tiene bien muerto y enterrado el título de “subcomisión
de damas” con que nació en el Barrio María
Elena de La Matanza. “Se lo debemos a los Encuentros Nacionales
de Mujeres”, asegura. Y cuenta que fue allí, durante
un debate, que una mujer les preguntó: “¿Por
qué son subcomisión? Ustedes también pueden
estar en la comisión directiva de su barrio”. Una
luz cómplice brilla en los ojos de Gladys: “¡Cómo
volvimos! Salimos por el hambre, pero a casa no volvimos las
mismas. Salir te cambia la vida”.
Entrevista a Irma Othar, fundadora de la Unión
de Mujeres Argentinas
“Todavía falta la reivindicación principal”
“Compañeras, Dios dijo que el séptimo día
era para descansar. ¿Nosotras tenemos el domingo libre?”.
Con este petitorio escrito de su puño y letra, cuando
apenas tenía 15 años, Irma Othar organizó el
Sindicato de Trabajadoras Domésticas de Tres Arroyos.
Corrían los primeros años del peronismo y lograron
la conquista del domingo franco. “Antes trabajábamos
de lunes a lunes”, explica esta luchadora que a sus 83
años integra la Mesa Nacional de Solidaridad con Cuba
y la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA).
Irma dejó la primaria en cuarto grado para entrar al
servicio doméstico. A los 17 migró a Buenos Aires,
donde enseguida fue delegada del frigorífico La Negra. “Había
mucha discriminación hacia las mujeres. Nuestros mismos
compañeros no nos dejaban hablar en una asamblea. Pero
yo me paraba en los bancos y a los gritos me hacía escuchar”,
recuerda. Activa militante del Partido Comunista, en 1947 estuvo
entre las fundadoras de la Unión de Mujeres Argentinas,
que impulsó la ley de jardines maternales zonales y de
guarderías en empresas de más de cincuenta trabajadoras.
“Buena parte de lo que logramos quedó en letra
muerta”, dice con pesar. Y no se refiere sólo a
los jardines. Como diputada en la Asamblea Constituyente de 1957,
Othar fue la responsable de defender la incorporación
del artículo 14 bis (derechos sociales) a la Constitución
Nacional. Autora de 15 libros y de numerosos premios a su trayectoria,
plantea: “Las trabajadoras avanzamos muchísimo,
pero nuestra reivindicación principal, igual salario por
igual trabajo, todavía es una cuenta pendiente”.
Entrevista a Moira Millán, Frente de Lucha Mapuche
y Campesina
“El machismo es un producto de la colonización”
“Una se casa con quien puede, no con quien quiere”; “Una
es fea, bruta, india, qué puede esperar de la vida”.
Creció escuchando estas frases de su madre, mientras limpiaba
casas ajenas. A los 16 años descubrió que no se
parecía a Claudia Schiffer, que tenía rostro mapuche. “Así que
empecé a investigar mis raíces”, explica
Moira Millán, quien a los 37, con cinco causas por cortes
de ruta y otra por “usurpación” de tierras
fiscales, es la huerquén (vocera) de la comunidad mapuche
Pillan Mahuiza (montaña sagrada), de Corcobado, Chubut.
“El pueblo mapuche ha tenido ancestralmente una relación
de género muy igualitaria. Nosotras podíamos ser
sacerdotisas (machis), comandantes o guerreras”. El machismo –asegura– quedó internalizado
como parte de la colonización. “En las comunidades
todas pasamos por abandonos y violencia familiar”. Es al
luchar por la tierra que las mujeres se reencuentran con la propia
identidad y otra vida posible. Así le pasó a ella,
cuando en 1992 fundó junto a su hermano la organización
11 de Octubre. Empezaron con un programa de radio y contrafestejos;
y terminaron liderando acciones “contra el saqueo de la
Patagonia”, lucha que los enfrenta a Benetton, Meridian
Gold, el grupo Santander y la megapista de ski de Marcelo Tinelli.
En ese recorrido, Moira dejó al marido maltratador con
el que tuvo dos hijos y se encontró con quien llama “compañero
de vida”, papá de su cuarta hija.
Entrevista a Catalina Balaguer, despedida de PepsiCo
reincorporada por fallo de la Corte Suprema “Resistí porque
quería dejar algo para mis compañeras”
En julio de 2002, Catalina Balaguer fue despedida de Pepsico
Snacks (la filial de Pepsi que fabrica snacks) por apoyar la
resistencia de 150 mujeres con contratos temporarios que habían
quedado cesantes. La empresa despidió a seis de las obreras
de planta que se acercaron en solidaridad a la lucha. Pero Catalina,
activista dentro de la fábrica, respondió: “No”.
Y con el patrocinio del Centro de Profesionales por los Derechos
Humanos (CEPRODH) logró que, en un fallo histórico,
la Corte Suprema de Justicia obligara a la empresa a reincorporarla
por considerar el caso como “discriminación sindical”.
“Está muy naturalizado que te echen. Pocas veces
se plantea pelear para volver, pero yo creo que está mal
verse como material descartable”, afirma esta rosarina
de 37 años, madre de dos hijas y trabajadora desde los
14. Primero fue peluquera, después viajó con un
circo, vivió en Paraguay limpiando de día la casa
de un militar retirado y trabajando en una pizzería en
las noches. Al volver a la Argentina, con sus primeros trabajos
en fábricas empezó lo que ella llama su “guerra”.
Y explica: “Empecé a identificarme con mi propia
persona”.
“Trabajaba 16 o 17 horas por día, llegaba a casa
cansada y me dolían los pies. Me di cuenta de que a todas
nos pasaba lo mismo y empecé a relacionar esto con la
opresión que en general vive la mujer. Yo estaba convencida
de que la salida era hacer algo todas juntas”, dice ahora.
Por eso resistió cuando quisieron despedirla: “Quería
dejar algo para mis compañeras”.
Entrevista a Cristina Loaiza, Movimiento Campesino
de Santiago del Estero
“Nosotras no nos cansamos”
Tiene 42 años, diez hijos y un cuerpo curtido en la
lucha. Se paró delante de las topadoras innumerables veces,
se la llevaron presa con su bebé de once meses, recibió culatazos
en la frente, hasta le llegaron a decir en la posta sanitaria,
cuando estaba embarazada de su último bebé, “parece
que muertito te va a nacer”, todo para asustarla. Y sin
embargo, Cristina Loaiza no se arrepiente de nada. “Es
que desde que nos organizamos cambiamos un montón, entre
lo que éramos antes y lo que somos ahora”, explica
con orgullo.
Lleva diez años organizando desde el Movimiento Campesino
de Santiago del Estero (MoCaSE-Vía Campesina) la resistencia
a los desalojos en Pinto, la comunidad donde nacieron sus bisabuelos
y donde ella misma anda desde muy chica criando cabras, haciendo
mamar a los cabritos, descubriendo los secretos del monte. “En
Pinto las mujeres pisan fuerte”, advierten las demás
centrales campesinas y buscan la explicación en alguna
etnia indígena matriarcal cuya sangre recorre las venas
de las campesinas. Cristina no sabe si es cierto, pero confirma
que en su comunidad son las mujeres quienes más salen
a pararse delante de las topadoras y también las que más
ponen el cuerpo cuando se organizan movilizaciones por la soberanía
alimentaria, contra la soja transgénica y solidarias con
otras luchas. Cristina sale muchas veces, dejando los hijos a
cuidado de Silveriano, su marido, que queda en el campo. Con
su voz suave, asegura: “Nosotras no nos cansamos. Tendrían
que atarnos de pies y manos y todavía así seguiríamos
peleando.”
Mujeres Públicas
Salieron a la calle por primera vez el 8 de marzo de 2003 con
una sola pregunta: “Si el 8 de marzo es el Día de
la Mujer, ¿qué pasa el resto del año?”.
Desde entonces, los afiches de Mujeres Públicas, aunque
no llevan firma, son reconocibles por su estética y su
intencionalidad: “Mujer Colonizada”, sobre los mandatos
culturales y estéticos; “El trabajo doméstico”,
con refranes y canciones infantiles que naturalizan el rol de
la mujer como responsable de las faenas del hogar y “Pensadores
célebres. Frases idiotas”, donde el tiro al blanco
es para quienes con autoridad científica o biológica
pretendieron justificar la supuesta inferioridad de la mujer.
Todos los materiales de Mujeres Públicas son de libre
acceso y pueden reconvertirse sin pedir autorización a
nadie. Se bajan de: www.mujerespublicas.com.ar
OPINION
Ambivalencias
Por Maristella Svampa *
Si la interiorización de la autolimitación femenina
es uno de los pilares de la dominación de género,
hay que decir que el creciente protagonismo político y
social de las mujeres apunta a resquebrajar esta base. De esta
manera, la mujer va adquiriendo mayor autonomía y seguridad
identitaria. Pero los efectos de estas transformaciones son ambivalentes,
pues tienen como contrapartida una profunda desestructuración
del universo masculino, cuya identidad está anclada en
el trabajo y reconocimiento de su rol como proveedor principal.
Esto sucede en el mundo popular, en donde el creciente protagonismo
femenino se inserta en un contexto del debilitamiento de la autoridad
masculina y, por ende, de crisis de la estructura tradicional
de los hogares. No es casual, entonces, que esto se vea reflejado
en expresiones culturales que contienen elementos de una increíble
violencia simbólica contra la mujer. Tal es el caso de
la cumbia villera, cuyas letras denigran y ridiculizan la autonomía
sexual de la mujer, en un momento en el cual es notoria su mayor
participación en el campo social y político. La
cumbia villera puede ser comparada con el tango de los años ´30,
donde también converge el menosprecio a la mujer y el
resentimiento masculino, en una época en el cual la crisis
económica había golpeado de lleno el mundo masculino.
Así, el creciente protagonismo femenino está marcado
no sólo por transformaciones positivas, sino por evidentes
tensiones y multiplicadas formas de violencia, no sólo
físicas, sino también culturales y simbólicas.
* Filósofa, autora de “Entre la ruta y el barrio” y “La
sociedad excluyente”. Investigadora del Conicet y profesora
de la Universidad Nacional de General Sarmiento.
OPINION
Menos puestos para las más pobres
Por Rosalía Cortés *
El aumento de la participación de la mujer en el mercado
de trabajo se intensificó en los ‘90 respecto de
la década anterior, impulsada por varios factores: el
aumento del desempleo masculino, la caída de los ingresos
familiares y la reorientación de la demanda laboral hacia
los servicios. En ese período aumentaban participación
y empleo de cónyuges en hogares con bajo nivel de ingreso,
que se ocuparon principalmente en servicio doméstico,
en empleos no registrados en comercio, y en la crisis participaron
en los programas de empleo. En la etapa de recuperación
posterior al 2002 el patrón de crecimiento genera escasas
oportunidades de empleo y bajos salarios para mujeres de hogares
de bajos ingresos, con escasa capacitación y experiencia
laboral. Recuérdese que gran parte de la demanda de empleo
es impulsada por la construcción y por la industria manufacturera;
actividades en las que la inserción de las mujeres es
minoritaria. A ello se agregaría la escasez estructural
de servicios como jardines maternales y centros de cuidado infantil
que limitan el tiempo que las mujeres de estos hogares destinan
para desarrollar actividades fuera del hogar.
El reciente comportamiento contracíclico de la participación
en el mercado laboral de mujeres de hogares de bajos ingresos
estaría indicando que la caída de la demanda y
la carencia de servicios de cuidado refuerzan en esos hogares
patrones tradicionales de distribución de responsabilidades
entre varones y mujeres. Éstas forzadamente deben hacerse
cargo del cuidado de los hijos y no tienen opciones de empleo.
En parte, esta contracción de la participación
de mujeres afecta el aparente estancamiento de la tasa de actividad
urbana total –digo aparente porque el INDEC ha dejado de
publicar como es su obligación las bases de datos de la
Encuesta de Hogares–.
*Especialista en género y trabajo. Investigadora del
Conicet con sede en Flacso.
Cómo conectarse
Pan y Rosas
panyrosas@pyr.org.ar
www.pyr.org.ar
Secretaría de Género CTA
4307-1616 int. 130
genero@cta.org.ar
www.cta.org.ar
De Boca en Boca
dbenb8m@yahoo.com.ar
CTIO Ministerio de Trabajo
4310-5913
comisiontripartita@trabajo.org.ar
www.trabajo.gov.ar
Mujeres Públicas
www.mujerespublicas.com
Mocase
(03843) 42-1195 / 42-1747
mocase.vc@gmail.com
sachayoj@gmail.com
Frente Mapuche Indígena Campesino
(02945) 1562319 / 15529 822
Sindicato de Amas de Casa de Santa Fe
(0342) 456-4631
Amas de Casa del País
4698-0015
Fundación Mujeres en Igualdad
4791-0821
mujeresenigualdad@infovia.com.ar
http://www.mujeresenigualdad.org.ar
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