Año 14, Nro 66 Nota de Tapa
 

Pibes mal alimentados, adultos sin futuro

El Barómetro de la Deuda Social de la Infancia muestra un panorama
preocupante en cuanto a los derechos de los niños. Según su diagnóstico,
al menos cuatro de cada diez chicos no tienen acceso a una adecuada nutrición. Las OSC que día a día trabajan la problemática coinciden con los
resultados y se quejan por la falta de políticas de Estado a largo plazo.

Textos Andrea Vulcano

Celeste tiene 8 años. Sus enormes ojos oscuros están apagados. En lo que va del año, ya faltó quince veces a la escuela porque se enferma fácil. Lo que a otros chicos les lleva un rato aprender, a Celeste mucho. Casi no se puede concentrar y, por más que la maestra intente motivarla, se le cierran los ojos. Ni matemática ni lengua ni ciencias naturales logran desvelarla. Tampoco los recreos. En verdad, lo que Celeste más espera es el momento del almuerzo: quizás ésa sea su comida más importante del día. Tal vez, la única.
De cada diez chicos menores de dos años, tres o cuatro padecen anemia, uno de los primeros síntomas de una alimentación pobre. En términos técnicos, los especialistas hablan de “desnutrición oculta”, aquella que no se puede detectar por peso o por talla, pero que empieza a resentir el crecimiento y desarrollo. A la larga, las secuelas en estos chicos serán irreversibles y las consecuencias se harán sentir no sólo en su cuerpo sino en sus posibilidades de inserción social.
Según el Barómetro de la Deuda Social de la Infancia, desarrollado por la Fundación Arcor y la Universidad Católica Argentina (UCA), más de cuatro de cada diez chicos entre 0 y 17 años viven en hogares que no pueden acceder a una adecuada alimentación. En tanto, la mitad de los niños y niñas en situación más vulnerable en la Argentina urbana no recibe ningún tipo de asistencia alimentaria.

“Hay muchísimas familias debajo de la línea de la pobreza y, en esa situación, nadie come bien. Estamos creando un ejército de niños débiles mentales”, asegura el presidente de la Cooperadora para la Nutrición Infantil (Conin) de Mendoza, Abel Albino, quien fue distinguido el año pasado como Líder Humanitario del año por la revista norteamericana Latin Trade.
La llamada “desnutrición oculta” va corriendo por dentro. Sus primeras señales de alarma suelen ser el cansancio, la falta de concentración, los fracasos en la escuela, y las recurrentes diarreas y afecciones respiratorias.

“Hay muchos chicos con carencias que, aunque no tengan indicadores que encuadren en la desnutrición, indican que están subalimentados y que no reciben los micronutrientes recomendados para su edad”, indica Adriana Fernández, titular del Comité de Nutrición de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP).

Todos los especialistas consultados por Tercer Sector hablan de la escasez de datos estadísticos, pero rescatan la Encuesta Nacional de Nutrición y Salud llevada adelante en el 2006 por el Ministerio de Salud como un buen punto de partida. Este estudio detectó que el 1,2 por ciento de los niños menores de 6 años padece desnutrición aguda y que el 6 por ciento sufre desnutrición crónica, que implica el apartamiento de la talla.

Algo más que un plato de comida

“Cuando los niños no se alimentan adecuadamente en las ventanas críticas del crecimiento, que son los dos primeros años de vida y la adolescencia, las consecuencias son permanentes: allí aparecen las alteraciones intelectuales y en la capacidad de aprendizaje, y una predisposición más fuerte a enfermarse”, explica Fernández.
Mario Rodríguez, consultor del área de Salud de Unicef Argentina, asegura que si bien la desnutrición aguda (que es el enflaquecimiento extremo, asociado con la enfermedad y la muerte) “no tiene expresión poblacional en el país, los niños que viven en hogares pobres o indigentes tienen tasas de anemia y baja talla significativamente mayores que los que habitan hogares sobre la línea de la pobreza”.
Según la Encuesta Nacional de Salud, el 34 por ciento de los niños entre 6 meses y 23 meses son anémicos; el 8 por ciento de los chicos entre 6 meses y los 5 años son bajos; y el 10,4 por ciento de los chicos en esa misma franja etárea son obesos, la otra cara de una mala alimentación, que no necesariamente se traduce en hambre.

Todos los días, miles de comedores comunitarios y escolares se llenan de familias que van en busca de un plato de comida. Más allá de la asistencia brindada por los planes gubernamentales, en el día a día la contención más fuerte está dada por las organizaciones que trabajan a nivel comunitario. Allí se van construyendo verdaderas redes de solidaridad que, con el esfuerzo del voluntariado, permiten no sólo ofrecer comida sino un espacio de contención afectiva.
Norma es una de las cocineras de una guardería de Gualeguaychú. Un total de 40 chiquitos pasan el día allí mientras sus mamás y sus papás buscan alguna manera de ganarse la vida. Sin embargo, se preparan 450 raciones. “Es que al salir de la escuela que está acá en la otra cuadra, la mayoría de los chicos pasa a pedirnos comida”, cuenta.
Manuel, de 10 años, es uno de ellos. Después del colegio, donde come al mediodía, pasa por el maternal, saluda a Norma, saborea su ración y luego deambula lo que queda del día hasta llegar a la casilla en la que vive junto a sus hermanitos y su mamá. En el camino suele conseguir que le regalen algún alfajor, una hamburguesa o un pancho. Es uno de los miles de chicos con “desnutrición oculta”.

Comúnmente, se tiende a pensar que un chico subalimentado se caracteriza por su delgadez. Sin embargo, en muchos casos no es así: “El chico pobre es un chico que come mal, pero no necesariamente poco. En general, suele comer más de lo que necesita pero con una calidad de dieta baja. Hoy por hoy está mucho más comprometida la salud futura de los chicos pobres por el exceso de peso que por la desnutrición”, afirma Sergio Britos, director asociado del Centro de Estudios sobre Nutrición Infantil (Cesni).
Victoria Coronado y Nelia Bonfanti, ambas nutricionistas del Cesni, cuentan que el comentario de las maestras que suele repetirse es que “cada vez son más los chicos con sobrepeso”.
“Lo que ocurre es que, tanto los alimentos que se distribuyen a través de los planes gubernamentales como la comida que se ofrece en la mayoría de los comedores, reproducen el patrón alimentario familiar, que consiste en menúes altos en harinas, con aporte adecuado de proteína de carnes y huevos, pero con las mismas deficiencias de frutas, verduras y las dificultades para la incorporación de lácteos”, señalan.

El árbol y el bosque

Hablar sólo del hambre o de la subalimentación es una visión por demás acotada. Laura Taffetani es responsable del Hogar Juan Salvador Gaviota, de la organización Pelota de Trapo, y referente del Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo. “Las cifras que se dan no son reales. Día a día sube la demanda en los comedores y crece el número de personas que no pueden cubrir sus necesidades mínimas”, afirma.
“Lo que vemos hoy es que hay por lo menos tres generaciones de chicos que vienen sufriendo la desocupación y la marginalidad, y que quedaron fuera de la red social en todos sus aspectos: alimentación, salud, educación”, asegura Taffetani. “Sin embargo –agrega–, lo más grave es la falta de futuro”. Por eso, lo que buscan desde el hogar, es “que los chicos se paren sobre sus pies y empiecen a sentir que es posible luchar por ellos y por sus familias, porque eso es lo que le da sentido a la vida.”
El Hogar San Vicente de Paul, de Cáritas Diocesana de Lomas de Zamora, es un centro de día que asiste a 35 familias que viven en asentamientos precarios. “No se trata sólo de un tema de comida. Cuando llegan acá, los chicos por lo general no asisten a la escuela, entonces nosotros tratamos de revincularlos y de brindarles una ayuda integral a toda su familia”, cuenta Norma Zorrilla, directora de “la casita”.
El desamparo, por lo visto, va más allá de lo material: “La gran carencia de estas familias es el afecto y, para eso, es importante que existan muchos voluntarios que quieran ofrecer su tiempo para ayudar, porque lo que estos chicos y estos papás más necesitan es acompañamiento”.

Las grandes ausentes

Abel Albino, de Conin, cree que Argentina logró algo sorprendente: “Hemos hundido un corcho. No hay proyecto nacional que nos una a todos y no hay política de Estado con respecto a nada. Tenemos que terminar con los odios y las revanchas e iniciar todos juntos la única guerra noble, digna, generosa y que valga la pena dar: la guerra contra el hambre”, propone.
Existen algunos datos desconcertantes. En ocasión de cumplirse el Día Mundial de la Alimentación, el representante de la FAO (organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) de América latina y Caribe, José Graziano da Silva, afirmó que, por el nivel de producción de alimentos en la región, “nadie debería pasar hambre en el continente”. Argentina –indicó– produce “un 33 por ciento más” de lo que necesita para cubrir sus requerimientos energéticos.
En ese sentido, Santos Lio, gerente de la Fundación Arcor, opina que “el gran déficit que tenemos como país es que no se logra construir un proyecto a mediano y largo plazo”.
Ianina Tuñón, coordinadora del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia, piensa que “la falta de políticas de Estado es algo más estructural, porque –argumenta– el mismo Estado genera un conjunto de información a través de investigaciones y del monitoreo de las políticas públicas que siempre deja en el lugar del diagnóstico”.
En este sentido, la titular del Comité de Nutrición de la SAP plantea que la “desnutrición oculta” es una problemática social: “La solución a esto no pasa sólo por ofrecer comida. En general, el Estado se aboca a los alimentos y se ven muy pocas acciones que engloben otros aspectos”, evalúa.
Su visión coincide con la planteada por Britos, del Cesni: “Los problemas nutricionales de los chicos son problemas que tienen que ver en parte con los alimentos y en parte con el cuidado de la salud, del embarazo de la mamá, de la calidad del ambiente en el que viven, de la estimulación que reciben en los primeros años de vida. Todo esto define la salud nutricional de un chico; no sólo la comida”.

El techo

“Creo que el mayor aporte que hoy existe en la lucha contra la desnutrición tiene más que ver con las organizaciones sociales que con las políticas gubernamentales”, opina Adriana Fernández, de la SAP.

Esta realidad multiplica la sensación de impotencia de quienes día a día luchan para que los chicos puedan tener un futuro mejor. “La poca atención que hay hoy está en manos de la comunidad, pero la mayor parte de la gente en situación de marginalidad está totalmente desamparada, fuera de todo y ni siquiera tiene la contención de una organización”, asegura Taffetani, del Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo.
Noemí Arbetman, presidenta de la Asociación Civil de Padrinos de Alumnos y Escuelas Rurales (Apaer), tiene la misma percepción: “Las organizaciones de la sociedad civil tratan de solucionar algunos problemas pero no tienen fondos suficientes y, a pesar de que se suman los esfuerzos de muchas personas, nunca alcanzan porque las situaciones son muy difíciles”.
Por su parte, Sergio Britos, del Cesni, opina que “una cuestión de escala le pone techo a la capacidad de gestión que tienen las OSC con respecto a la problemática nutricional”.

Debajo de la alfombra

La realidad vale más que mil palabras o que mil cifras. Sin embargo, para modificarla primero hay que conocerla y asumirla. El Barómetro de la Deuda Social de la Infancia es el inicio de un camino, pero es necesario que las comunidades estén dispuestas a abrir sus puertas y a aceptar sus debilidades. No es tan sencillo: hay ciertas señales de alarma. “Antes, en los formularios que los maestros y maestras llenan para que les consigamos padrinos, nos daban el porcentaje de chicos con riesgo de desnutrición o subalimentados, pero ahora suelen dejar esos casilleros vacíos porque brindar esa información puede perjudicarlos”, cuenta la presidenta de Apaer.
¿A dónde conducirá este camino? Todos, empezando por la dirigencia política, deberían comenzar a mirarse al espejo, aunque muchas veces la imagen que les devuelva sea dura. Sólo así podremos empezar a cambiar la realidad de Celeste, de Manuel y de otros cientos de miles de chicos que, como ellos, tienen derecho a un futuro mejor.

 

 
 
 
 
 
 
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