Pibes
mal alimentados, adultos sin futuro
El Barómetro de la Deuda Social de la Infancia
muestra un panorama
preocupante en cuanto a los derechos de los niños.
Según su diagnóstico,
al menos cuatro de cada diez chicos no tienen acceso a
una adecuada nutrición. Las OSC que día a
día trabajan la problemática coinciden con
los
resultados y se quejan por la falta de políticas
de Estado a largo plazo.
Textos Andrea Vulcano
Celeste tiene 8 años. Sus enormes ojos oscuros
están apagados. En lo que va del año, ya
faltó quince veces a la escuela porque se enferma
fácil. Lo que a otros chicos les lleva un rato aprender,
a Celeste mucho. Casi no se puede concentrar y, por más
que la maestra intente motivarla, se le cierran los ojos.
Ni matemática ni lengua ni ciencias naturales logran
desvelarla. Tampoco los recreos. En verdad, lo que Celeste
más espera es el momento del almuerzo: quizás ésa
sea su comida más importante del día. Tal
vez, la única.
De cada diez chicos menores de dos años, tres o
cuatro padecen anemia, uno de los primeros síntomas
de una alimentación pobre. En términos técnicos,
los especialistas hablan de “desnutrición
oculta”, aquella que no se puede detectar por peso
o por talla, pero que empieza a resentir el crecimiento
y desarrollo. A la larga, las secuelas en estos chicos
serán irreversibles y las consecuencias se harán
sentir no sólo en su cuerpo sino en sus posibilidades
de inserción social.
Según el Barómetro de la Deuda Social de
la Infancia, desarrollado por la Fundación Arcor
y la Universidad Católica Argentina (UCA), más
de cuatro de cada diez chicos entre 0 y 17 años
viven en hogares que no pueden acceder a una adecuada alimentación.
En tanto, la mitad de los niños y niñas en
situación más vulnerable en la Argentina
urbana no recibe ningún tipo de asistencia alimentaria.
“Hay muchísimas familias debajo de la línea
de la pobreza y, en esa situación, nadie come bien.
Estamos creando un ejército de niños débiles
mentales”, asegura el presidente de la Cooperadora
para la Nutrición Infantil (Conin) de Mendoza, Abel
Albino, quien fue distinguido el año pasado como
Líder Humanitario del año por la revista
norteamericana Latin Trade.
La llamada “desnutrición oculta” va
corriendo por dentro. Sus primeras señales de alarma
suelen ser el cansancio, la falta de concentración,
los fracasos en la escuela, y las recurrentes diarreas
y afecciones respiratorias.
“Hay muchos chicos con carencias que, aunque no tengan
indicadores que encuadren en la desnutrición, indican
que están subalimentados y que no reciben los micronutrientes
recomendados para su edad”, indica Adriana Fernández,
titular del Comité de Nutrición de la Sociedad
Argentina de Pediatría (SAP).
Todos los especialistas consultados por Tercer Sector hablan
de la escasez de datos estadísticos, pero rescatan
la Encuesta Nacional de Nutrición y Salud llevada
adelante en el 2006 por el Ministerio de Salud como un
buen punto de partida. Este estudio detectó que
el 1,2 por ciento de los niños menores de 6 años
padece desnutrición aguda y que el 6 por ciento
sufre desnutrición crónica, que implica el
apartamiento de la talla.
Algo más que un plato de
comida
“Cuando los niños no se alimentan adecuadamente
en las ventanas críticas del crecimiento, que son
los dos primeros años de vida y la adolescencia,
las consecuencias son permanentes: allí aparecen
las alteraciones intelectuales y en la capacidad de aprendizaje,
y una predisposición más fuerte a enfermarse”,
explica Fernández.
Mario Rodríguez, consultor del área de Salud
de Unicef Argentina, asegura que si bien la desnutrición
aguda (que es el enflaquecimiento extremo, asociado con
la enfermedad y la muerte) “no tiene expresión
poblacional en el país, los niños que viven
en hogares pobres o indigentes tienen tasas de anemia y
baja talla significativamente mayores que los que habitan
hogares sobre la línea de la pobreza”.
Según la Encuesta Nacional de Salud, el 34 por ciento
de los niños entre 6 meses y 23 meses son anémicos;
el 8 por ciento de los chicos entre 6 meses y los 5 años
son bajos; y el 10,4 por ciento de los chicos en esa misma
franja etárea son obesos, la otra cara de una mala
alimentación, que no necesariamente se traduce en
hambre.
Todos los días, miles de comedores comunitarios
y escolares se llenan de familias que van en busca de un
plato de comida. Más allá de la asistencia
brindada por los planes gubernamentales, en el día
a día la contención más fuerte está dada
por las organizaciones que trabajan a nivel comunitario.
Allí se van construyendo verdaderas redes de solidaridad
que, con el esfuerzo del voluntariado, permiten no sólo
ofrecer comida sino un espacio de contención afectiva.
Norma es una de las cocineras de una guardería de
Gualeguaychú. Un total de 40 chiquitos pasan el
día allí mientras sus mamás y sus
papás buscan alguna manera de ganarse la vida. Sin
embargo, se preparan 450 raciones. “Es que al salir
de la escuela que está acá en la otra cuadra,
la mayoría de los chicos pasa a pedirnos comida”,
cuenta.
Manuel, de 10 años, es uno de ellos. Después
del colegio, donde come al mediodía, pasa por el
maternal, saluda a Norma, saborea su ración y luego
deambula lo que queda del día hasta llegar a la
casilla en la que vive junto a sus hermanitos y su mamá.
En el camino suele conseguir que le regalen algún
alfajor, una hamburguesa o un pancho. Es uno de los miles
de chicos con “desnutrición oculta”.
Comúnmente, se tiende a pensar que un chico subalimentado
se caracteriza por su delgadez. Sin embargo, en muchos
casos no es así: “El chico pobre es un chico
que come mal, pero no necesariamente poco. En general,
suele comer más de lo que necesita pero con una
calidad de dieta baja. Hoy por hoy está mucho más
comprometida la salud futura de los chicos pobres por el
exceso de peso que por la desnutrición”, afirma
Sergio Britos, director asociado del Centro de Estudios
sobre Nutrición Infantil (Cesni).
Victoria Coronado y Nelia Bonfanti, ambas nutricionistas
del Cesni, cuentan que el comentario de las maestras que
suele repetirse es que “cada vez son más los
chicos con sobrepeso”.
“Lo que ocurre es que, tanto los alimentos que se
distribuyen a través de los planes gubernamentales
como la comida que se ofrece en la mayoría de los
comedores, reproducen el patrón alimentario familiar,
que consiste en menúes altos en harinas, con aporte
adecuado de proteína de carnes y huevos, pero con
las mismas deficiencias de frutas, verduras y las dificultades
para la incorporación de lácteos”,
señalan.
El árbol y el bosque
Hablar sólo del hambre o de la subalimentación
es una visión por demás acotada. Laura Taffetani
es responsable del Hogar Juan Salvador Gaviota, de la organización
Pelota de Trapo, y referente del Movimiento Nacional de
los Chicos del Pueblo. “Las cifras que se dan no
son reales. Día a día sube la demanda en
los comedores y crece el número de personas que
no pueden cubrir sus necesidades mínimas”,
afirma.
“Lo que vemos hoy es que hay por lo menos tres generaciones
de chicos que vienen sufriendo la desocupación y
la marginalidad, y que quedaron fuera de la red social
en todos sus aspectos: alimentación, salud, educación”,
asegura Taffetani. “Sin embargo –agrega–,
lo más grave es la falta de futuro”. Por eso,
lo que buscan desde el hogar, es “que los chicos
se paren sobre sus pies y empiecen a sentir que es posible
luchar por ellos y por sus familias, porque eso es lo que
le da sentido a la vida.”
El Hogar San Vicente de Paul, de Cáritas Diocesana
de Lomas de Zamora, es un centro de día que asiste
a 35 familias que viven en asentamientos precarios. “No
se trata sólo de un tema de comida. Cuando llegan
acá, los chicos por lo general no asisten a la escuela,
entonces nosotros tratamos de revincularlos y de brindarles
una ayuda integral a toda su familia”, cuenta Norma
Zorrilla, directora de “la casita”.
El desamparo, por lo visto, va más allá de
lo material: “La gran carencia de estas familias
es el afecto y, para eso, es importante que existan muchos
voluntarios que quieran ofrecer su tiempo para ayudar,
porque lo que estos chicos y estos papás más
necesitan es acompañamiento”.
Las grandes ausentes
Abel Albino, de Conin, cree que Argentina logró algo
sorprendente: “Hemos hundido un corcho. No hay proyecto
nacional que nos una a todos y no hay política de
Estado con respecto a nada. Tenemos que terminar con los
odios y las revanchas e iniciar todos juntos la única
guerra noble, digna, generosa y que valga la pena dar:
la guerra contra el hambre”, propone.
Existen algunos datos desconcertantes. En ocasión
de cumplirse el Día Mundial de la Alimentación,
el representante de la FAO (organización de las
Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación)
de América latina y Caribe, José Graziano
da Silva, afirmó que, por el nivel de producción
de alimentos en la región, “nadie debería
pasar hambre en el continente”. Argentina –indicó– produce “un
33 por ciento más” de lo que necesita para
cubrir sus requerimientos energéticos.
En ese sentido, Santos Lio, gerente de la Fundación
Arcor, opina que “el gran déficit que tenemos
como país es que no se logra construir un proyecto
a mediano y largo plazo”.
Ianina Tuñón, coordinadora del Barómetro
de la Deuda Social de la Infancia, piensa que “la
falta de políticas de Estado es algo más
estructural, porque –argumenta– el mismo Estado
genera un conjunto de información a través
de investigaciones y del monitoreo de las políticas
públicas que siempre deja en el lugar del diagnóstico”.
En este sentido, la titular del Comité de Nutrición
de la SAP plantea que la “desnutrición oculta” es
una problemática social: “La solución
a esto no pasa sólo por ofrecer comida. En general,
el Estado se aboca a los alimentos y se ven muy pocas acciones
que engloben otros aspectos”, evalúa.
Su visión coincide con la planteada por Britos,
del Cesni: “Los problemas nutricionales de los chicos
son problemas que tienen que ver en parte con los alimentos
y en parte con el cuidado de la salud, del embarazo de
la mamá, de la calidad del ambiente en el que viven,
de la estimulación que reciben en los primeros años
de vida. Todo esto define la salud nutricional de un chico;
no sólo la comida”.
El techo
“Creo que el mayor aporte que hoy existe en la lucha
contra la desnutrición tiene más que ver
con las organizaciones sociales que con las políticas
gubernamentales”, opina Adriana Fernández,
de la SAP.
Esta realidad multiplica la sensación de impotencia
de quienes día a día luchan para que los
chicos puedan tener un futuro mejor. “La poca atención
que hay hoy está en manos de la comunidad, pero
la mayor parte de la gente en situación de marginalidad
está totalmente desamparada, fuera de todo y ni
siquiera tiene la contención de una organización”,
asegura Taffetani, del Movimiento Nacional de los Chicos
del Pueblo.
Noemí Arbetman, presidenta de la Asociación
Civil de Padrinos de Alumnos y Escuelas Rurales (Apaer),
tiene la misma percepción: “Las organizaciones
de la sociedad civil tratan de solucionar algunos problemas
pero no tienen fondos suficientes y, a pesar de que se
suman los esfuerzos de muchas personas, nunca alcanzan
porque las situaciones son muy difíciles”.
Por su parte, Sergio Britos, del Cesni, opina que “una
cuestión de escala le pone techo a la capacidad
de gestión que tienen las OSC con respecto a la
problemática nutricional”.
Debajo de la alfombra
La realidad vale más que mil palabras o que mil
cifras. Sin embargo, para modificarla primero hay que conocerla
y asumirla. El Barómetro de la Deuda Social de la
Infancia es el inicio de un camino, pero es necesario que
las comunidades estén dispuestas a abrir sus puertas
y a aceptar sus debilidades. No es tan sencillo: hay ciertas
señales de alarma. “Antes, en los formularios
que los maestros y maestras llenan para que les consigamos
padrinos, nos daban el porcentaje de chicos con riesgo
de desnutrición o subalimentados, pero ahora suelen
dejar esos casilleros vacíos porque brindar esa
información puede perjudicarlos”, cuenta la
presidenta de Apaer.
¿A dónde conducirá este camino? Todos,
empezando por la dirigencia política, deberían
comenzar a mirarse al espejo, aunque muchas veces la imagen
que les devuelva sea dura. Sólo así podremos
empezar a cambiar la realidad de Celeste, de Manuel y de
otros cientos de miles de chicos que, como ellos, tienen
derecho a un futuro mejor.
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