Año 14, Nro 67 Nota de Tapa
 
S.O.S Comedores

Miles de personas concurren a ellos diariamente en busca de un plato de comida. Se estima que en la Argentina existen 25 mil. Las OSC advierten que la calidad nutricional está en riesgo.
El aumento de quienes se acercan y la suba de precios ponen en peligro su tarea.
El Estado admite que aún hay cosas por hacer.

Textos Andrea Vulcano
Colaboración Ailín Bullentini

Son las tres de la tarde. Como todos los días desde hace nueve años, Neri Páez está preparando la comida que le servirá a 120 personas, en su mayoría chicos y embarazadas, quienes llegarán al comedor Los pichones, de la Villa 31 bis, no muy lejos de la city porteña. Pero hay un problema: desde que el gobierno comenzó a enviarle ayuda, hace tres años, se sumaron 50 bocas más en busca de un plato caliente. Por eso, lo que hoy debían ser bifes con polenta se transformará en polenta con un poquito de carne picada. "Es la única que me queda para hacer rendir lo que me mandan y darles de comer a todos", cuenta ´Pichu´, como le dicen los vecinos.

A la misma hora y en la mayoría de los 25 mil comedores que según estimaciones extraoficiales funcionan en todo el país, esta foto y otras aun más críticas se repiten.

“A partir de una encuesta que hicimos a varias organizaciones, observamos que cada vez más gente concurre a comer a los comedores, y que allí la cantidad y la calidad de los alimentos han disminuido producto de la inflación”, asegura Clara Crespo, presidenta de la Red Argentina de Bancos de Alimentos. Esta organización nuclea a 14 bancos que abastecen a unos mil comedores donde, en total, comen alrededor de 130 mil personas.
El año pasado entregaron cinco millones de kilos de mercadería, producto de donaciones que reciben de empresas y fundaciones, y según afirma Clara, “también aumentó la cantidad de organizaciones” que recurren a ellos en busca de ayuda.

A falta de un ámbito oficial que reúna información de los miles de espacios que dan de comer en todo el país, la mirada de aquellos que ayudan a los que ayudan marca una señal de alarma. “Hay muchos comedores en situación crítica. Por un lado está el tema de la inflación y, por el otro, en los últimos meses hubo una merma en las donaciones de empresas y de particulares. Más de la mitad de los comedores han tenido que bajar la calidad y la variedad de los alimentos porque, si no, no tienen forma de subsistir”, señala Manuel Lozano, de la Red Solidaria. Esta organización junto al Centro de Desarrollo Comunitario de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la UBA, lleva adelante un trabajo hormiga: construir lo que llaman el “Mapa del hambre”. Se trata de un relevamiento presencial de “centros de lucha” contra ese flagelo a lo largo y a lo ancho del país.
La idea es darle visibilidad a cada uno de estos lugares para que las redes de solidaridad se multipliquen. Hasta el momento, lograron visitar 520 comedores a los que asisten más de 36 mil personas. Ahora, un puñado de voluntarios realiza una recorrida por Córdoba, Tucumán, Catamarca, La Rioja, Mendoza y San Luis.

Desde el gobierno bonaerense, que apoya a cinco mil comedores comunitarios y a 1.500 Unidades de Desarrollo Infantil de la provincia, el ministro de Desarrollo Social, Daniel Arroyo, describe la situación: “En los últimos cuatro meses ha habido un aumento de la demanda en los comedores comunitarios. Si bien no hay registros estadísticos, esto es lo que surge de los contactos que mantenemos con las organizaciones que gestionan comedores”. Para Arroyo se trata “de una incipiente vuelta de gente, dado que en los últimos años, por el contrario, había disminuido mucho el número de personas que se acercaba a pedir ayuda”.

La realidad trazada por la ministra de Desarrollo Social porteña, María Eugenia Vidal, coincide con la planteada por Arroyo. “Estamos recibiendo una mayor demanda en los comedores”, reconoce.
El gobierno de la ciudad de Buenos Aires distribuye todos los días mercadería para que 320 comedores puedan dar un plato de comida a unas 36 mil personas.

Por su parte, Liliana Paredes de Periotti, subsecretaria de Políticas Alimentarias de la cartera Social de la Nación, que llega a 1.700 comedores a nivel país, sólo admite una mayor demanda “en lugares puntuales de Misiones, Corrientes, Jujuy y Salta”.

Calidad, una asignatura pendiente

Una buena dosis de creatividad, una importante cuota de malabarismos y ciertas dotes para la magia son ingredientes necesarios para luchar día a día y en el terreno concreto contra el hambre. Es que detrás de los datos estadísticos sobre pobreza y nutrición, y de los fríos números de la ayuda social, hay una trama de trabajo solidario que es la que permite, al menos en parte, calmar los estómagos de quienes no tienen que comer.

Justamente, al hablar de comida se debería pensar en una dieta de calidad, equilibrada.
Sin embargo, en la mayoría de los casos, la ecuación no cierra y la variable de ajuste inevitablemente termina siendo la calidad.

Este déficit, incluso, es reconocido desde el ámbito oficial: “En general la deuda pendiente es la calidad de la alimentación. Hay un desarrollo de cobertura importante (en cuanto a la asistencia alimentaria) pero no se corresponde con la calidad”, plantea Arroyo, y agrega que en los comedores “el Estado provincial tiene menos injerencia porque complementa lo que hacen otros”.

En tanto, la directora general de Fortalecimiento de la Sociedad Civil del gobierno porteño, Carolina Stanley, destaca la modalidad empleada en el distrito, que consiste en menúes elaborados quincenalmente por un equipo de nutricionistas. A partir de eso, compran los insumos que distribuyen diariamente a los comedores. “Es cierto que ha habido un aumento en la demanda y hemos aumentado la cantidad de raciones, pero la calidad sigue siendo la misma”, indica.

Para Paredes de Periotti “en el 70 por ciento de los casos”, la alimentación que se brinda en los comedores que reciben ayuda del Ministerio de Desarrollo Social “es buena” y “obligatoriamente la dieta debe contar con carne, verduras y frutas”.

De la cuchara al cuchillo y tenedor

Los especialistas aseguran que la realidad es distinta: “Las evaluaciones que hemos realizado en comedores muestran que la calidad nutricional es realmente baja”, remarca Sergio Britos, director asociado del Centro de Estudios sobre Nutrición Infantil (Cesni). Según cuenta, se suelen ofrecer dietas con “exceso de cereales a base de fideos y arroz, exceso de proteínas en carnes y muy bajo consumo de frutas, verduras, hortalizas y lácteos, es decir, de aquellos alimentos que aportan calidad en términos de micronutrientes a la dieta”.

La misma visión tiene la Sociedad Argentina de Nutrición (SAN). En términos generales, dicen, los comedores terminan repitiendo el patrón de consumo familiar de los hogares pobres (abundante en harinas y azúcar) y a lo sumo logran agregar algunos “cárneos grasos”, lo que “crea una nueva categoría de personas: los obesos desnutridos”. “Como suele expresarse, quienes reciben ayuda alimentaria ‘comen con la cuchara’ y es tarea pendiente que logren comer ‘con cuchillo y tenedor’”, plantean Silvio Schraier y María Cristina Gamberale, presidente y secretaria de la SAN.

Mucho ruido y pocas nueces

Una de las patas fundamentales de la ayuda alimentaria son las políticas públicas que existen tanto a nivel nacional, como provincial y municipal. El Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec) hizo un estudio de la evolución de los programas alimentarios y concluyó que “luego de 25 años de intervenciones en materia alimentaria, las deficiencias nutricionales aún son una problemática a resolver”.

Si bien el trabajo destaca “la amplia cobertura” que alcanzaron los programas alimentarios nacionales, señala que “no se ha logrado generar una articulación aceptable entre los distintos actores que participan en el diseño y la ejecución de estas políticas”. “Muchas veces los programas se superponen, lo que genera beneficiarios que reciben dos tipos de ayuda y otros que no reciben ninguna”, indica Pedro Kramer, coordinador del Programa de Salud del Cippec.

Según Kramer, en el caso de los comedores, el problema es la “dilución” de la ayuda que reciben. “Los comedores siempre tienen más comensales que los que hay registrados para la ayuda. Además, hay un problema en la composición de los menúes, dado que hacen rendir lo que reciben lo máximo posible y terminan en niveles muy deficitarios de nutrientes.”

Para Lozano, “otro de los problemas más serios que tienen los comedores es la dificultad para poder afrontar los gastos fijos”. Britos, del Cesni, coincide y asegura que la “baja calidad nutricional no sólo tiene que ver con las estrecheces presupuestarias, sino con las posibilidades de infraestructura o de equipamiento donde funcionan”.

Basta con acercarse a cualquier comedor para llevarse una lista de necesidades que, más allá de la comida, deben ser cubiertas para poder funcionar. La más repetida es la necesidad de garrafas. Claro que a eso se suma la constante búsqueda de más y mejor alimento.

Paso a paso, día a día

La realidad demuestra que cada comedor es un mundo y dar de comer resulta un verdadero trabajo artesanal al tener que hilvanar el cúmulo de solidaridades que permite concretar la ayuda.

Ester Bezek abre el freezer de su comedor en San Fernando y muestra con orgullo una enorme bolsa con huesos de novillo y restos de carne pegados que le regaló el carnicero del barrio. “Con esto vamos a hacer el guiso”, cuenta poco antes de que comiencen a llegar las decenas de personas que todos los días hacen fila con sus “tuppers” para llevarse comida a las casas. Desde febrero pasado, lo que era un comedor con mesas para unas 300 personas se transformó en un mostrador con una gran olla humeante por la que van desfilando chicos a quienes se les ilumina la cara a medida que los cucharones van armando su vianda.

Hace frío y el menú de esta semana intenta paliarlo: el lunes, lentejas con arroz; martes, locro; miércoles, polenta; jueves, guiso de fideos, y viernes, de arroz. El postre brilla por su ausencia.
“Por ahora postre no porque no anda la heladera”, dice Ester. Al sur del conurbano bonaerense la situación se repite. “Vivimos el día a día”, sintetiza Carmen Correa, integrante del equipo de voluntarias encargadas de preparar el mate cocido con leche y los guisos en el comedor que la organización Despierta Lanús tiene en el barrio El Ceibo, uno de los más golpeados por la pobreza. Allí, divididos en tres turnos, desayunan, almuerzan y meriendan de lunes a viernes alrededor de 130 pibes, y cerca de 30 embarazadas y ancianos.

En este caso, las variables que juntas permiten llevar adelante el emprendimiento son las mercaderías obtenidas a través del Banco de Alimentos, la ayuda de personas que se asociaron a la organización, y la colaboración de comerciantes. A eso se suman eventuales donaciones de comida. El resultado es un combo de menúes difíciles de programar y de nutrientes imposibles de equilibrar.

Una búsqueda constante

“En general los comedores tienen varias fuentes de financiamiento o de donaciones que les permiten mantenerse. Los que más estabilidad tienen son aquellos que reciben subsidios o mercaderías del Estado o donaciones contínuas de alguna empresa importante, pero en general lo que reciben no alcanza para todos y deben salir a buscar otras cosas, aunque sean chicas, para poder subsistir”, cuenta Lozano, de la Red Solidaria.

La fundación El pobre de Asís tiene un comedor en el barrio porteño de Coghlan –donde dan alimento y servicios de ducha, lavandería y talleres a unos 120 adultos en situación de calle- y otro en el corazón de la Villa 31– donde brindan platos de comida a cerca de 400 chicos y madres adolescentes. Los tres pilares fundamentales que sostienen esta estructura son la ayuda del gobierno de la Ciudad, que les entrega raciones para apenas el 20 por ciento de los comensales; un subsidio del Pnud a través del Ministerio de Desarrollo Social, y donaciones de empresas o particulares. “Las donaciones no son fijas. Siempre estamos buscándolas”, cuenta Laura Dittmer, coordinadora general de la fundación. Ella junto a su equipo se las ingenia para confeccionar un menú de tres platos por almuerzo, una merienda y otros tres platos por cena.

Paula Burgos maneja desde hace 20 años uno de los 30 comedores que funcionan en Ciudad Oculta, en Villa Lugano. Allí da el almuerzo y la merienda a 150 personas, en su mayoría chicos, y además entrega comida a otras cien, centralmente personas de la tercera edad y en estado de abandono. El gobierno porteño le envía 200 raciones por día, que le sirven para estructurar el menú. A partir de eso, consigue lo que le falta para que alcance para todos. “Por ejemplo, el gobierno me envió 55 pollos para hoy y yo tuve que salir a buscar un cajón más que me faltaba”, relata Paula.

Mucho más que comida

“Los comedores en general no se limitan a dar comida, sino que van agregando proyectos”, afirma Clara Crespo, del Banco de Alimentos. Manuel Lozano, de la Red Solidaria, coincide: “La mayoría empiezan siendo comedores y se terminan convirtiendo en verdaderos centros de desarrollo comunitario”.

Luego de recibir el almuerzo en el comedor que Cáritas y la comunidad NCI-Emanu-El gestionan conjuntamente en el barrio porteño de Belgrano, Jorge y su esposa, Beatriz, hablan con una asistente social. Ambos tienen una bebé con síndrome de Down, están desocupados y a punto de quedar en la calle. Los ayudarán a encontrar alguna solución a su problemática habitacional y quizás Jorge consiga hacer una changa como pintor.

La fotografía se repite a cada momento en cualquier punto del país. En El buen samaritano, de Río Cuarto, además de dar desayuno y merienda a unas 300 personas, dictan talleres de cocina, repostería, macramé, tejido, costura y jardinería. En el Madre Teresa de Calcuta, de San Fernando, lograron armar una panadería dentro del comedor. “La comida termina siendo una excusa para poder abordar todas las demás cosas”, cuentan en todos los comedores. Es que el tema de la alimentación es la necesidad más urgente, pero a la vez el emergente de una problemática más general de exclusión y marginalidad.

Una trama de solidaridad

A la luz de los índices de la pobreza, cualquier ayuda parece insuficiente, pero es algo. Según los números que se miren, en la Argentina de hoy existen entre 9 y 12 millones de personas debajo de la línea de la pobreza. Ni el Estado ni las organizaciones sociales, comunitarias, educativas y religiosas pueden por sí mismas enfrentar la lucha contra el hambre.

Hace 20 años, el esposo de Paula Burgos se quedó sin trabajo y ya no tuvieron qué darle de comer a sus ocho hijos. Paula se juntó con otras mamás y hoy el comedor Blancanieves, de Ciudad Oculta, asiste todos los días a 250 personas. “Tenemos que aprender a trabajar en red y a sumar voluntades”, sostiene Paula. Hechos que valen más que mil palabras.

 

 
 
 
 
 
 
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