S.O.S
Comedores
Miles de personas concurren a ellos diariamente en busca de un plato de comida.
Se estima que en la Argentina existen 25 mil. Las OSC advierten que la calidad
nutricional está en riesgo.
El aumento de quienes se acercan y la suba de precios ponen en peligro su tarea.
El Estado admite que aún hay cosas por hacer.
Textos Andrea Vulcano
Colaboración Ailín Bullentini
Son las tres de la tarde. Como todos los días desde hace nueve años,
Neri Páez está preparando la comida que le servirá a 120
personas, en su mayoría chicos y embarazadas, quienes llegarán
al comedor Los pichones, de la Villa 31 bis, no muy lejos de la city porteña.
Pero hay un problema: desde que el gobierno comenzó a enviarle ayuda,
hace tres años, se sumaron 50 bocas más en busca de un plato
caliente. Por eso, lo que hoy debían ser bifes con polenta se transformará en
polenta con un poquito de carne picada. "Es la única que me queda
para hacer rendir lo que me mandan y darles de comer a todos", cuenta ´Pichu´,
como le dicen los vecinos.
A la misma hora y en la mayoría de los 25 mil comedores que según
estimaciones extraoficiales funcionan en todo el país, esta foto y otras
aun más críticas se repiten.
“A partir de una encuesta que hicimos a varias organizaciones, observamos
que cada vez más gente concurre a comer a los comedores, y que allí la
cantidad y la calidad de los alimentos han disminuido producto de la inflación”,
asegura Clara Crespo, presidenta de la Red Argentina de Bancos de Alimentos.
Esta organización nuclea a 14 bancos que abastecen a unos mil comedores
donde, en total, comen alrededor de 130 mil personas.
El año pasado entregaron cinco millones de kilos de mercadería,
producto de donaciones que reciben de empresas y fundaciones, y según
afirma Clara, “también aumentó la cantidad de organizaciones” que
recurren a ellos en busca de ayuda.
A falta de un ámbito oficial que reúna información de
los miles de espacios que dan de comer en todo el país, la mirada de
aquellos que ayudan a los que ayudan marca una señal de alarma. “Hay
muchos comedores en situación crítica. Por un lado está el
tema de la inflación y, por el otro, en los últimos meses hubo
una merma en las donaciones de empresas y de particulares. Más de la
mitad de los comedores han tenido que bajar la calidad y la variedad de los
alimentos porque, si no, no tienen forma de subsistir”, señala
Manuel Lozano, de la Red Solidaria. Esta organización junto al Centro
de Desarrollo Comunitario de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la UBA,
lleva adelante un trabajo hormiga: construir lo que llaman el “Mapa del
hambre”. Se trata de un relevamiento presencial de “centros de
lucha” contra ese flagelo a lo largo y a lo ancho del país.
La idea es darle visibilidad a cada uno de estos lugares para que las redes
de solidaridad se multipliquen. Hasta el momento, lograron visitar 520 comedores
a los que asisten más de 36 mil personas. Ahora, un puñado de
voluntarios realiza una recorrida por Córdoba, Tucumán, Catamarca,
La Rioja, Mendoza y San Luis.
Desde el gobierno bonaerense, que apoya a cinco mil comedores comunitarios
y a 1.500 Unidades de Desarrollo Infantil de la provincia, el ministro de Desarrollo
Social, Daniel Arroyo, describe la situación: “En los últimos
cuatro meses ha habido un aumento de la demanda en los comedores comunitarios.
Si bien no hay registros estadísticos, esto es lo que surge de los contactos
que mantenemos con las organizaciones que gestionan comedores”. Para
Arroyo se trata “de una incipiente vuelta de gente, dado que en los últimos
años, por el contrario, había disminuido mucho el número
de personas que se acercaba a pedir ayuda”.
La realidad trazada por la ministra de Desarrollo Social porteña, María
Eugenia Vidal, coincide con la planteada por Arroyo. “Estamos recibiendo
una mayor demanda en los comedores”, reconoce.
El gobierno de la ciudad de Buenos Aires distribuye todos los días mercadería
para que 320 comedores puedan dar un plato de comida a unas 36 mil personas.
Por su parte, Liliana Paredes de Periotti, subsecretaria de Políticas
Alimentarias de la cartera Social de la Nación, que llega a 1.700 comedores
a nivel país, sólo admite una mayor demanda “en lugares
puntuales de Misiones, Corrientes, Jujuy y Salta”.
Calidad, una asignatura pendiente
Una buena dosis de creatividad, una importante cuota de malabarismos y ciertas
dotes para la magia son ingredientes necesarios para luchar día a día
y en el terreno concreto contra el hambre. Es que detrás de los datos
estadísticos sobre pobreza y nutrición, y de los fríos
números de la ayuda social, hay una trama de trabajo solidario que es
la que permite, al menos en parte, calmar los estómagos de quienes no
tienen que comer.
Justamente, al hablar de comida se debería pensar en una dieta de calidad,
equilibrada.
Sin embargo, en la mayoría de los casos, la ecuación no cierra
y la variable de ajuste inevitablemente termina siendo la calidad.
Este déficit, incluso, es reconocido desde el ámbito oficial: “En
general la deuda pendiente es la calidad de la alimentación. Hay un
desarrollo de cobertura importante (en cuanto a la asistencia alimentaria)
pero no se corresponde con la calidad”, plantea Arroyo, y agrega que
en los comedores “el Estado provincial tiene menos injerencia porque
complementa lo que hacen otros”.
En tanto, la directora general de Fortalecimiento de la Sociedad Civil del
gobierno porteño, Carolina Stanley, destaca la modalidad empleada en
el distrito, que consiste en menúes elaborados quincenalmente por un
equipo de nutricionistas. A partir de eso, compran los insumos que distribuyen
diariamente a los comedores. “Es cierto que ha habido un aumento en la
demanda y hemos aumentado la cantidad de raciones, pero la calidad sigue siendo
la misma”, indica.
Para Paredes de Periotti “en el 70 por ciento de los casos”, la
alimentación que se brinda en los comedores que reciben ayuda del Ministerio
de Desarrollo Social “es buena” y “obligatoriamente la dieta
debe contar con carne, verduras y frutas”.
De la cuchara al cuchillo y tenedor
Los especialistas aseguran que la realidad es distinta: “Las evaluaciones
que hemos realizado en comedores muestran que la calidad nutricional es realmente
baja”, remarca Sergio Britos, director asociado del Centro de Estudios
sobre Nutrición Infantil (Cesni). Según cuenta, se suelen ofrecer
dietas con “exceso de cereales a base de fideos y arroz, exceso de proteínas
en carnes y muy bajo consumo de frutas, verduras, hortalizas y lácteos,
es decir, de aquellos alimentos que aportan calidad en términos de micronutrientes
a la dieta”.
La misma visión tiene la Sociedad Argentina de Nutrición (SAN).
En términos generales, dicen, los comedores terminan repitiendo el patrón
de consumo familiar de los hogares pobres (abundante en harinas y azúcar)
y a lo sumo logran agregar algunos “cárneos grasos”, lo
que “crea una nueva categoría de personas: los obesos desnutridos”. “Como
suele expresarse, quienes reciben ayuda alimentaria ‘comen con la cuchara’ y
es tarea pendiente que logren comer ‘con cuchillo y tenedor’”,
plantean Silvio Schraier y María Cristina Gamberale, presidente y secretaria
de la SAN.
Mucho ruido y pocas nueces
Una de las patas fundamentales de la ayuda alimentaria son las políticas
públicas que existen tanto a nivel nacional, como provincial y municipal.
El Centro de Implementación de Políticas Públicas para
la Equidad y el Crecimiento (Cippec) hizo un estudio de la evolución
de los programas alimentarios y concluyó que “luego de 25 años
de intervenciones en materia alimentaria, las deficiencias nutricionales aún
son una problemática a resolver”.
Si bien el trabajo destaca “la amplia cobertura” que alcanzaron
los programas alimentarios nacionales, señala que “no se ha logrado
generar una articulación aceptable entre los distintos actores que participan
en el diseño y la ejecución de estas políticas”. “Muchas
veces los programas se superponen, lo que genera beneficiarios que reciben
dos tipos de ayuda y otros que no reciben ninguna”, indica Pedro Kramer,
coordinador del Programa de Salud del Cippec.
Según Kramer, en el caso de los comedores, el problema es la “dilución” de
la ayuda que reciben. “Los comedores siempre tienen más comensales
que los que hay registrados para la ayuda. Además, hay un problema en
la composición de los menúes, dado que hacen rendir lo que reciben
lo máximo posible y terminan en niveles muy deficitarios de nutrientes.”
Para Lozano, “otro de los problemas más serios que tienen los
comedores es la dificultad para poder afrontar los gastos fijos”. Britos,
del Cesni, coincide y asegura que la “baja calidad nutricional no sólo
tiene que ver con las estrecheces presupuestarias, sino con las posibilidades
de infraestructura o de equipamiento donde funcionan”.
Basta con acercarse a cualquier comedor para llevarse una lista de necesidades
que, más allá de la comida, deben ser cubiertas para poder funcionar.
La más repetida es la necesidad de garrafas. Claro que a eso se suma
la constante búsqueda de más y mejor alimento.
Paso a paso, día a día
La realidad demuestra que cada comedor es un mundo y dar de comer resulta
un verdadero trabajo artesanal al tener que hilvanar el cúmulo de solidaridades
que permite concretar la ayuda.
Ester Bezek abre el freezer de su comedor en San Fernando y muestra con orgullo
una enorme bolsa con huesos de novillo y restos de carne pegados que le regaló el
carnicero del barrio. “Con esto vamos a hacer el guiso”, cuenta
poco antes de que comiencen a llegar las decenas de personas que todos los
días hacen fila con sus “tuppers” para llevarse comida a
las casas. Desde febrero pasado, lo que era un comedor con mesas para unas
300 personas se transformó en un mostrador con una gran olla humeante
por la que van desfilando chicos a quienes se les ilumina la cara a medida
que los cucharones van armando su vianda.
Hace frío y el menú de esta semana intenta paliarlo: el lunes,
lentejas con arroz; martes, locro; miércoles, polenta; jueves, guiso
de fideos, y viernes, de arroz. El postre brilla por su ausencia.
“Por ahora postre no porque no anda la heladera”, dice Ester. Al
sur del conurbano bonaerense la situación se repite. “Vivimos
el día a día”, sintetiza Carmen Correa, integrante del
equipo de voluntarias encargadas de preparar el mate cocido con leche y los
guisos en el comedor que la organización Despierta Lanús tiene
en el barrio El Ceibo, uno de los más golpeados por la pobreza. Allí,
divididos en tres turnos, desayunan, almuerzan y meriendan de lunes a viernes
alrededor de 130 pibes, y cerca de 30 embarazadas y ancianos.
En este caso, las variables que juntas permiten llevar adelante el emprendimiento
son las mercaderías obtenidas a través del Banco de Alimentos,
la ayuda de personas que se asociaron a la organización, y la colaboración
de comerciantes. A eso se suman eventuales donaciones de comida. El resultado
es un combo de menúes difíciles de programar y de nutrientes
imposibles de equilibrar.
Una búsqueda constante
“En general los comedores tienen varias fuentes de financiamiento o
de donaciones que les permiten mantenerse. Los que más estabilidad tienen
son aquellos que reciben subsidios o mercaderías del Estado o donaciones
contínuas de alguna empresa importante, pero en general lo que reciben
no alcanza para todos y deben salir a buscar otras cosas, aunque sean chicas,
para poder subsistir”, cuenta Lozano, de la Red Solidaria.
La fundación El pobre de Asís tiene un comedor en el barrio
porteño de Coghlan –donde dan alimento y servicios de ducha, lavandería
y talleres a unos 120 adultos en situación de calle- y otro en el corazón
de la Villa 31– donde brindan platos de comida a cerca de 400 chicos
y madres adolescentes. Los tres pilares fundamentales que sostienen esta estructura
son la ayuda del gobierno de la Ciudad, que les entrega raciones para apenas
el 20 por ciento de los comensales; un subsidio del Pnud a través del
Ministerio de Desarrollo Social, y donaciones de empresas o particulares. “Las
donaciones no son fijas. Siempre estamos buscándolas”, cuenta
Laura Dittmer, coordinadora general de la fundación. Ella junto a su
equipo se las ingenia para confeccionar un menú de tres platos por almuerzo,
una merienda y otros tres platos por cena.
Paula Burgos maneja desde hace 20 años uno de los 30 comedores que
funcionan en Ciudad Oculta, en Villa Lugano. Allí da el almuerzo y la
merienda a 150 personas, en su mayoría chicos, y además entrega
comida a otras cien, centralmente personas de la tercera edad y en estado de
abandono. El gobierno porteño le envía 200 raciones por día,
que le sirven para estructurar el menú. A partir de eso, consigue lo
que le falta para que alcance para todos. “Por ejemplo, el gobierno me
envió 55 pollos para hoy y yo tuve que salir a buscar un cajón
más que me faltaba”, relata Paula.
Mucho más que comida
“Los comedores en general no se limitan a dar comida, sino que van agregando
proyectos”, afirma Clara Crespo, del Banco de Alimentos. Manuel Lozano,
de la Red Solidaria, coincide: “La mayoría empiezan siendo comedores
y se terminan convirtiendo en verdaderos centros de desarrollo comunitario”.
Luego de recibir el almuerzo en el comedor que Cáritas y la comunidad
NCI-Emanu-El gestionan conjuntamente en el barrio porteño de Belgrano,
Jorge y su esposa, Beatriz, hablan con una asistente social. Ambos tienen una
bebé con síndrome de Down, están desocupados y a punto
de quedar en la calle. Los ayudarán a encontrar alguna solución
a su problemática habitacional y quizás Jorge consiga hacer una
changa como pintor.
La fotografía se repite a cada momento en cualquier punto del país.
En El buen samaritano, de Río Cuarto, además de dar desayuno
y merienda a unas 300 personas, dictan talleres de cocina, repostería,
macramé, tejido, costura y jardinería. En el Madre Teresa de
Calcuta, de San Fernando, lograron armar una panadería dentro del comedor. “La
comida termina siendo una excusa para poder abordar todas las demás
cosas”, cuentan en todos los comedores. Es que el tema de la alimentación
es la necesidad más urgente, pero a la vez el emergente de una problemática
más general de exclusión y marginalidad.
Una trama de solidaridad
A la luz de los índices de la pobreza, cualquier ayuda parece insuficiente,
pero es algo. Según los números que se miren, en la Argentina
de hoy existen entre 9 y 12 millones de personas debajo de la línea
de la pobreza. Ni el Estado ni las organizaciones sociales, comunitarias, educativas
y religiosas pueden por sí mismas enfrentar la lucha contra el hambre.
Hace 20 años, el esposo de Paula Burgos se quedó sin trabajo
y ya no tuvieron qué darle de comer a sus ocho hijos. Paula se juntó con
otras mamás y hoy el comedor Blancanieves, de Ciudad Oculta, asiste
todos los días a 250 personas. “Tenemos que aprender a trabajar
en red y a sumar voluntades”, sostiene Paula. Hechos que valen más
que mil palabras. |