En
busca de un horizonte
En la provincia de Buenos Aires, 500 mil jóvenes de
entre 15 y 24 años no estudian ni
trabajan. Y seis de cada diez creen que en cinco años
tendrán un empleo precario o
estarán excluidos. El gobierno lanzó un plan
para contenerlos, mientras las OSC
cuentan qué hacen para incluirlos. Hablan los pibes
que participan en ellas.
Textos: Andrea Vulcano
Colaboración: Ailín Bullentini
Fotos: Pablo Aharonian - Ignacio Sánchez
Primero se les dibuja una sonrisa tímida en el
rostro, después alzan los dos hombros a la vez y,
con un gesto repetido de los labios, responden: “Yo
qué sé”. Para
los jóvenes que dejaron la escuela y no tienen un
trabajo, el futuro es un abismo que, en la mayoría
de los casos, está más
lleno de sombra que de luz.
Claudio tiene 23 años. Es de Villa Fiorito, Lomas
de Zamora, al sur del conurbano bonaerense. Hace cuatro
años
llegó casi por casualidad a una de las tantas Organizaciones
de la Sociedad
Civil (OSC) que intentan tender puentes para que los chicos
en situación de pobreza puedan romper con el círculo
de precariedad en el que están insertos o al menos
luchar por una alternativa.
Por aquel entonces, pasaba sus días en la calle,
entrampado en las drogas.
“Estaba perdidísimamente
perdido”, describe. Poco
a poco comenzó a transitar un camino que nunca antes
hubiese imaginado. Hoy coordina talleres de capacitación.
¿Cómo imaginás que hubiese sido tu presente?
“Hubiese
terminado tirado en un zanjón”, evalúa.
En la provincia de Buenos Aires son 500 mil los pibes que
no estudian ni buscan trabajo. Se trata del 20 por ciento
del total de jóvenes bonaerenses.
Por eso allí, especialmente en el conurbano, donde
el 26 por ciento de la población vive bajo la línea
de pobreza, la problemática despliega toda su crudeza.
Según una encuesta cualitativa citada por el Ministerio
de Desarrollo Social de la Provincia de Buenos Aires (elaborada
sobre un universo de 550 adolescentes de entre 15 y 20
años),
el
65 por ciento de los jóvenes que no estudia ni trabaja
ve un futuro oscuro por delante: la mitad de ellos cree
que dentro de cinco años estará con un trabajo
precario, mientras que los demás
se ven “excluidos o muertos”. “En muchos
casos se trata de jóvenes que vienen de varias generaciones
de desocupación y exclusión”, plantean
los especialistas consultados por Tercer Sector.
Agustín Salvia, director del Grupo Cambio Estructural
y Desigualdad Social del Instituto Gino Germani de la Universidad
de Buenos Aires (UBA) e investigador jefe del Observatorio
de la
Deuda Social Argentina de la Universidad Católica
Argentina (UCA), rechaza a estigmatización que se
suele hacer de los pibes que no estudian ni trabajan: “Pareciera
ser que esos jóvenes son los que están en
la esquina tomando cerveza o drogándose, que no
quiere decir que no existan, pero representan una minoría
en las sociedades urbanas”.
Presente adverso, futuro incierto
En sintonía con ese estudio difundido oficialmente,
el informe de la OIT Trabajo Decente y Juventud, producido
en base a datos oficiales de 2006, señala que entre
los jóvenes excluidos o desafiliados (sin trabajo,
protección social o red relacional) “se manifiesta
un déficit de deseo”. “Ante un presente
adverso sin esperanza ni futuro, estos jóvenes carecen
del motor que impulsa
la definición de un proyecto y de una meta a alcanzar.
El placer de elegir una profesión no existe para ellos,
porque esta elección estaría fuera de sus posibilidades”,
sostiene el informe.
En este sentido, plantea que, de todos modos, en el imaginario
social de estos jóvenes, el trabajo sigue siendo “el
principal articulador y facilitador” de procesos de
inclusión. “Si no trabajás,
o te morís de hambre o de robar, una de las dos cosas”,
sintetiza crudamente Emmanuel, de 17 años. Juan Pablo
Yovovich, director de la Fundación de Organización
Comunitaria
(FOC), plantea que “es bastante recurrente” que
los chicos que se acercan a la entidad “tengan a priori
algunas cuestiones ligadas a la pulsión de muerte
por la falta de expectativas, la falta de proyectos, y la
realidad en la que están inmersos”.
“Una de las preguntas más difíciles de
responder es qué quieren ser cuando sean grandes.
La sola posibilidad de imaginar cosas diferentes a las que
viven hoy les resulta imposible”, remarca
Cecilia Valergo, coordinadora de la Aldea Jóvenes
para la Paz, del Servicio de
Paz y Justicia (Serpaj).
Desde el Equipo de Trabajo e Investigación Social
(Etis) también trazan el mismo escenario. “A
los jóvenes les cuesta pensarse a futuro. La falta
de un proyecto es quizás el obstáculo más
grande
que vemos”, relata Maximiliano Estigarribia, director
ejecutivo de la entidad.
Si bien en la adolescencia y la juventud el “aquí y
ahora” adquieren una particular centralidad, entre
los pibes excluidos o en situación de precariedad
pareciera que no hay margen para pensar
de otra manera.
“Lo único que pienso ahora es en terminar el
colegio. Después veré, la verdad que no pensé qué voy
a hacer más adelante”, cuenta María Eugenia,
de 14 años, que cursa octavo de la EGB. Hace
poco, Eugenia empezó a ir a la Aldea de General Rodríguez
todos los días después de la escuela. Allí participa
del taller de vivero y conservación de plantas. Antes,
dice, no hacía “nada”.
Destinos empobrecidos
Por el momento, los esfuerzos hechos desde el Estado parecen
no ser suficientes. Recientemente, la cartera social provincial
lanzó Enganchate, una iniciativa con la que aspira
a llegar con
capacitación en oficios y microcréditos a cien
mil pibes antes de fin de año. “Si bien hay
programas y políticas que incluyen a los jóvenes,
el defecto del Estado es que, por no herir susceptibilidades
o no generar conflictos, deja intersticios entre lo que hace
un ministerio y otro, por donde los jóvenes se caen”,
advierte Guillermo Pérez Sosto, coordinador de la
Cátedra
Unesco sobre las manifestaciones actuales de la cuestión
social, que funciona en el ámbito del Instituto Torcuato
Di Tella y director del Centro de Estudios de Políticas
Laborales y Sociales de esa casa de altos estudios.
“Las becas y la capacitación por sí mismas
no alcanzan”, señala Salvia, de la UBA. Es que
las variables que hacen que un joven se encuentre excluido
o en condición de vulnerabilidad conforman un entramado
que va mucho más allá de su nivel educacional
y que lo condicionan a perpetuarse en un círculo de
pobreza. “Los hogares pobres envían a sus hijos
a escuelas para
pobres, y por lo mismo, estos jóvenes tienen como
destino trayectorias laborales
y de vida empobrecedoras”, plantean investigadores
del Instituto Gino
Germani.
En este sentido, Edith Byk, coordinadora del proyecto Promoción
del Empleo Juvenil en América latina (Prejal) de la
OIT, considera que en el país existe “una clara
deuda pendiente” con la juventud. “Lo importante
es que exista una política universal que garantice
un piso para todos
los jóvenes y, a partir de eso, diseñar uego
dispositivos específicos para atender cada problemática”,
remarca.
Laura Tafettani, de la Fundación Pelota de Trapo,
asegura que “los programas son absolutamente segmentados” y
sostiene que una transformación es posible “sólo
si se toma todo el universo del joven”. “De qué sirve
que le ofrezcan un curso de capacitación de dos o
tres veces por semana si ese chico no tiene qué comer
y ningún tipo de contención, ni familiar ni
social”, pregunta.
Aulas que expulsan
Otra de las problemáticas que atraviesa a los jóvenes
bonaerenses es la deserción escolar. Según
datos de la provincia, entre el 2000 y el 2006 la repitencia
creció del 4 al 9 por ciento y el abandono de las
aulas de un 7 a un 16 por ciento, lo que implica que cerca
de 90 mil chicos por año dejan de estudiar.
“Hoy la escuela no es todo lo inclusiva que debería
ser”, reconoce el director provincial de Políticas
Socioeducativas bonaerense, Horacio Bouchoux.
En este sentido, argumenta que “las políticas
neoliberales deterioraron el valor de la educación
como capital social” y destaca la necesidad de que
la escuela actualice sus dispositivos o formatos
e integre las pautas culturales de las nuevas juventudes.
A las instituciones en general, y a los maestros y maestras
en particular “les faltan instrumentos para trabajar” con
chicos excluidos o en situación de vulnerabilidad,
opina Valergo, del Serpaj.
“En general, en las aulas están preparados
para recibir a pibes de clase media bien comidos y, cuando
llegan estos chicos, a los maestros se les queman los libretos”,
plantea.
Para Yovovich, de la FOC, hay una cuestión que va
más allá de la escuela: “Antes había
una trayectoria continua en los jóvenes, estaba
la posibilidad de un progreso, era como una línea
de
tren con distintas estaciones y un destino. Hoy esa línea
se rompió y ahora los trayectos están desmembrados.
Empezar el secundario no significa necesariamente terminarlo,
y terminarlo no garantiza llegar a la parada siguiente,
la del empleo”.
Trabajo, pero precario
La precariedad es una realidad que golpea al mundo del trabajo
pero que, en particular, se ensaña con los jóvenes.
Según el informe Trabajo Decente y Juventud en Argentina,
producido por la OIT, el 62,2 por ciento de los trabajadores
de 18 a 24 años (un 20 por ciento más que el
grueso de la fuerza laboral) lo hace en forma precarizada.
Lo mismo sucede con el desempleo, donde los jóvenes
ocupan el 44 por ciento del total. “En términos
comparativos, la tasa de desempleo juvenil es 2,5 veces mayor
que la del total de la población y 3,6 veces mayor
que la de los adultos de 25 a 59 años”, señala
el informe.
Ante este panorama, Pérez Sosto, del Instituto Di
Tella, indica que “existe un peligro muy grande” de “institucionalización” e “instalación” en
la precariedad.
“Estos chicos que están fuera del sistema educativo
y que de tanto en tanto hacen changas están instalados
en la más absoluta precariedad. Si a esto se le suma
que las políticas públicas
no tienen suficiente fuerza como para, por ejemplo, terminar
con el trabajo en negro, se va institucionalizando esa precariedad”,
plantea.
Discriminados
Si hay algo que signa el presente de estos jóvenes
que no estudian ni trabajan es la discriminación.
De hecho, su inserción laboral supone atravesar ciertas
barreras que requieren no sólo de una fuerte intervención
del Estado y de la comunidad, sino también de las
empresas. Se trata, en definitiva, de un cambio cultural.
“Los mecanismos de selección que muchas empresas
llevan adelante son francamente discriminatorios e invasivos”,
asevera Byk, de Prejal Argentina, y advierte que, al haberse
perdido los criterios de selección, “empiezan
a jugar factores discriminatorios como el domicilio, el barrio,
las caras, la familia de origen”.
En este sentido, Héctor Navarro, director de la Asociación
para el Desarrollo Social (Adeso), de La Plata, coincide
en afirmar que “la portación de lugar o de rostro” es
uno de los principales
problemas para la inserción laboral de los jóvenes
en situación de vulnerabilidad.
Por ese motivo, considera “fundamental” trabajar “en
el territorio, a nivel de los municipios y de las cámaras
empresarias” para
quebrar esta forma de discriminación tan arraigada.
Un horizonte posible
Pumas del Sur es un centro de ayuda integral a la infancia
que funciona en Banfield, al sur del conurbano. “Los
jóvenes que se acercan son los que luchan por salir
de la pobreza, pero el entorno en el que viven y la forma
en la que fueron educados conspiran contra eso. Muchas
veces es una lucha cuerpo a cuerpo con la droga, con la violencia”,
cuenta Enrique Flores.
Algo parecido relata Sergio Val, de la Fundación Che
Pibe, de Villa Fiorito: “Lo más importante es
ayudarlos a ver que existen otras posibilidades.
Nosotros los inducimos al estudio y al trabajo”.
La clave es ofrecerles “espacios donde puedan expresarse,
donde puedan crear, donde recuperen la autoestima y se sientan útiles”,
subraya Yovovich, de la FOC.
Tafettani, de Pelota de Trapo, aboga por “contención
y reconstrucción de la cultura del trabajo”.
Quizás el secreto pase por tender puentes, por articular,
para lo cual es necesario que intervengan el Estado, las
OSC, las empresas y la sociedad en general.
“Somos apenas un grano de arena en el desierto”,
asegura Flores. Quizá de eso se trate.
OPINIÓN
Ingreso universal para los chicos
POR FORTUNATO MALLIMACI *
Una de las características centrales que han producido
las políticas de ajuste, las desregulaciones y el
desmantelamiento del Estado Social ha sido la creciente heterogeneidad
de la pobreza.
Los miles de rostros de la marginalidad se
nos hacen presentes en la cotidianeidad y exigen
de nosotros no sólo solidaridad, sino transformar
las causas de dicha vulnerabilidad.
Entre esos jóvenes empobrecidos, las estadísticas
han comenzado a mostrar que un número importante son
personas que están sin
trabajo y sin estudiar. Así como la mayoría
de los pobres son niños y la mayoría de los
niños son pobres, los jóvenes –principalmente
de sectores populares– también viven la angustia
de un futuro incierto y la dificultad de construir proyectos
que den sentido a sus vida en el largo plazo.
Conocer historias y vivencias de sus familias, el hábitat,
las trayectorias laborales, sociales y religiosas, el tipo
de acceso o no a una educación
de calidad, sus imaginarios sociales dominantes, las pocas
expectativas como jóvenes hacia
el futuro, los escasos capitales culturales, económicos,
sociales de origen y las posibilidades o no de aumentarlos,
son centrales puesto que nos muestran la compleja fragmentación
social que vivimos y las pocas posibilidades de salir por
propia cuenta.
Intentar dar respuestas a esta relación supone escuchar
y compartir sus vidas a fin de
econocerlos primero como sujetos de derechos, dado que la
mayoría de las veces son estigma-tizados y criminalizados.
El Estado debe construir un modelo productivo que los incluya,
educación de calidad, especialmente en barrios
populares, a fin de hacer crecer el capital educativo y social
allí donde hoy es más
necesario y crear un ingreso ciudadano universal para todos
los niños y jóvenes. Articulado
con la sociedad civil deben ampliar las redes de sociabilidad
específicas según
necesidades y demandas materiales y espirituales con jóvenes
de otros barrios y sectores sociales.
La excusa que no hay dinero ha mostrado toda su falacia en
esta nueva crisis. Si han aparecido millones de millones
de dólares para “salvar
bancos”, ¿no es una infamia ética y una
hipocresía afirmar que no hay recursos para
construir aquí y ahora una sociedad
donde todos y todas entren? * Sociólogo. Profesor
UBA–Investigador
Conicet.
Mucho más que facturas y folletos
Vistas desde afuera, la Escuela de Panadería Panipan
y la imprenta Manchita (foto) son emprendimientos comerciales
que funcionan en Avellaneda. “Parecen una panadería
y una imprenta comunes y corrientes, pero no lo son: son
escuelas”,
destaca Diego Chichizola, coordinador de Panipan. Nacidos
en el seno de la Fundación Pelota de Trapo, la columna
vertebral de ambos proyectos pedagógicos es el trabajo. “Nosotros
no buscamos que los chicos
crezcan y salgan de acá siendo panaderos. Eso podrá pasar
o no. El objetivo es que se conviertan en trabajadores, algo
mucho más amplio: es conciencia de clase, es dignidad,
es creatividad”,
afirma Diego sin dejar de posar su vista en los chicos que
preparan tartas de ricota en el fondo de la panadería.
Acompañados por Pedro, el maestro panadero, 20 pibes
hornean el pan, las galletas y facturas que los vecinos compran
todos los días, además de los helados, las
mermeladas y, cuando los hay, los servicios de lunch. Dos
veces por semana, alrededor de 30 chicos de entre 11 y 13
años (los más grandes de la Casa del Niño,
la otra pata de la organización) llegan a la trastienda
del
lugar, donde los mayores les enseñan distintas técnicas
de trabajo.
En el caso de Manchita, el grupo es más reducido.
Son 12 pibes, de no más de 20 años, quienes
aprenden cada detalle del proceso de diseño e impresión
de revistas, panfletos, tarjetas y afiches. Allí también
son los jóvenes los encargados de mostrar a sus pares
las tareas. “Buscamos que los más
grandes encabecen la enseñanza de los más chicos
porque ésa
es la maqueta del país que soñamos: uno que
se haga cargo de sus chicos”, asegura Diego.
Jóvenes promesas
¿Cuál es el futuro que permite proyectar el
presente de nuestros actuales jóvenes? Con esta pregunta
como disparador y con una respuesta a priori negativa, un
grupo de investigadores
del Instituto Gino Germani de la Universidad de Buenos Aires
(UBA) se propuso explorar la presencia de “condiciones
estructurales y político-institucionales” que
hacen “posible” y
“necesaria” la reproducción de juventudes “socialmente
excluidas”. Producto de ese trabajo,
coordinado por Agustín Salvia, surgió Jóvenes
promesas.Trabajo, educación y exclusión social
de jóvenes pobres en Argentina.
“Muy lejos de las promesas realizadas, ser hoy joven
de un hogar pobre o incluso de sectores
medios bajos, haya o no podido transitar con éxito
por el sistema escolar –incluso habiendo
terminado la educación media– no habilita a
una plena ciudadanía. Por el contrario, son altas
las probabilidades de caer en un círculo
de desaliento, malas oportunidades laborales, menores derechos,
bajas expectativas y escaso o nulo porvenir”,
plantea Salvia.
Los otros planes provinciales
Proyecto Adolescentes: alcanza a 22 mil chicos de entre 14
y 21 años. Promueve la permanencia
en el sistema educativo, facilita instancias de capacitación
no formal y busca garantizar el acceso a servicios básicos
de salud.
Programa de Integración Comunitaria: comprende a 130
mil chicos de entre 12 y 20 años.
Entre otros aspectos, facilita la participación activa
en espacios de formación y recreación.
Centros de Orientación y Apoyo: ofrecen tutorías
semipresenciales para que los jóvenes puedan rendir
materias adeudadas y así volver a la
escuela o terminar la secundaria. Se articulan con el Plan
Nacional Fines. Abarca a 70 mil personas.
Programa de Alfabetización: está orientado
a mayores de 15 años. Dura seis meses y permite
a quien lo finaliza, ingresar a un centro de adultos para
terminar la primaria.
Patios Abiertos: son 380 espacios de recreación que
buscan incluir a 150 mil pibes que no fueron a la escuela
o que abandonaron. Funcionan sábados
y domingos en escuelas.
Becas: ofrece ayudas económicas de 600 pesos anuales
para chicos de secundaria. Actualmente
tiene 154 mil beneficiarios.
Programa Bonus: está dirigido a jóvenes de
18 a 25 años desocupados y que no reciben otro beneficio
o plan social. Apunta a la práctica
laboral y consiste en una beca de 200 pesos mensuales durante
seis meses. Beneficia a unos 7 mil jóvenes
en el año.
Programa Jóvenes con Más y Mejor Trabajo: puesto
en marcha por el Gobierno nacional, brinda orientación
y formación profesional
tutelada. En septiembre comenzó a ser implementado
en ocho municipios del conurbano, en Mar del Plata y San
Nicolás.
Programa Jóvenes Padre Mugica: fue lanzado a fines
de septiembre pasado a nivel nacional.
Prevé la articulación de políticas entre
organismos para la creación de acciones dirigidas
a la juventud. Se propone trabajar sobre cuatro ejes: movimiento
solidario juvenil; inclusión laboral
y capacitación en oficios; nuevas tecnologías
y movimiento cultural juvenil.
Creando Oportunidades: se implementa desde abril con aportes
de Desarrollo Social de la Nación. Otorga microcréditos,
brinda capacitación
e impulsa la terminalidad educativa.
DanielL Arroyo, Ministro de
Desarrollo Social Bonaerense
“El gran desafío es llegar a los chicos que
están
en la esquina”
–¿Cuáles son las distintas realidades
que atraviesan a los jóvenes que no estudian
ni trabajan?
–Es necesario hacer una distinción entre los
que estructuralmente son jóvenes que no estudian ni
trabajan y los jóvenes que corresponden a una zona
gris, dado que entran y salen del universo de los chicos
que no estudian ni trabajan al conseguir una changuita o
al ir a la escuela esporádicamente.
En todos los casos, existe una exclusión material
producto de los bajos ingresos, y una exclusión cultural,
dado que les cuesta interactuar con el mercado de trabajo
o tender las redes de sociabilidad que muchas veces son necesarias
para acceder a un empleo.
–Muchas veces se emparenta a los jóvenes en
situación
de vulnerabilidad
con las drogas o el delito, ¿cómo analiza usted
esta mirada?
–Se trata de una estigmatización. Lo mismo sería
vincular a las personas gordas o flacas con la delincuencia.
Obviamente hay situaciones críticas como en todos
lados, pero no se puede estigmatizar.
Lo que sí creo es que los jóvenes que no estudian
ni trabajan son jóvenes que están en peligro,
son chicos que quizá se juntan en una esquina y a
los que la sociedad ve como peligrosos.
Allí entonces aumenta la distancia y la discriminación,
y la idea está de asociar a los jóvenes con
la delincuencia.
El paco, el embarazo adolescente y la violencia son la consecuencia
de la búsqueda
de un lugar.
–¿Cuál es el ámbito o la institución
que a su criterio les puede ofrecer una mayor contención?
–Estos chicos no creen para nada en la política
y no creen en las instituciones en general. En la mayoría
de los casos rescatan a la escuela no tanto por lo que aprenden –porque
en ese sentido la desmerecen–, sino que la rescatan
como un ámbito razonable, contenedor que, al menos,
a veces los escucha.
–¿A qué atribuye la mirada negativa que
muchos tienen respecto de su propio futuro?
–Los chicos hacen una lectura crítica de lo
que les pasó a sus padres y dicen ‘para qué voy
a ser tal cosa si total me va a ir mal’. Entonces caen
en la profecía autocumplida. Por otro lado, en la
expectativa de futuro está muy instalada la idea de
ciclos, donde prima la lectura de que no se sabe para dónde
va el país.También, como ocurre
con los jóvenes en general, son muy posmodernos, y
está presente este anclaje muy fuerte en el presente
y una baja expectativa
en el futuro. También, la baja expectativa tiene que
ver con los magros ingresos a los que acceden con las changuitas
o con trabajos de muy baja calidad.
–¿Cómo hace el Estado para llegar a estos
jóvenes si, tal como usted plantea, no creen en la
política ni en las instituciones?
–El gran desafío pasa por lo que nosotros llamamos “tutores
de calle”. Se trata de esas personas que sí tienen
la legitimidad que nosotros, los funcionarios, no tenemos.
El “tutor de la calle” puede ser el maestro panadero
de un curso de capacitación, el técnico de
un club de barrio, un maestro.
Entonces tenemos que capacitarlos a ellos porque sí son
creíbles como para llegar a los chicos y poder acompañarlos
y sostenerlos.
Justamente, si un chico deja de ir a la escuela, tiene que
haber alguien que vaya,
lo busque y le insista. Pero ese alguien tiene que ser alguien
creíble para los jóvenes.
–¿Cómo se inserta el programa Enganchate
en este contexto?
–Uno de los pilares del Enganchate es su implementación
a través de una red de tutores de la calle. Es necesario
un proceso de acompañamiento
permanente con los jóvenes.Los tutores tienen la legitimidad
pero quizá no saben hacer proyectos, entonces nosotros
le ponemos la capacidad técnica.
Nuestro objetivo es llegar a los chicos que están
en la esquina.
–¿Cómo incide el hecho de que la secundaria
sea ahora obligatoria?
–La obligatoriedad de la secundaria es un norte positivo.De
hecho, a partir de los 14 años la tasa de desescolarización
es más alta. Creo que la obligatoriedad sirve como
una orientación y creo que es muy positivo que en
todos los programas implementados desde el Estado los chicos
tengan que terminar la escolaridad.
–Sin embargo, acceder a un cierto nivel educativo no
es condición suficiente para conseguir un empleo.¿Por
qué un
chico de clase media que termina la secundaria tiene más
chances
de obtener un empleo que otro en situación de pobreza
y las mismas condiciones educativas?
–Los chicos de clase media tienen una red comunitaria
y una red de relaciones de la familia que les permite una
inserción en el mercado laboral. En cambio, los chicos
pobres eso no lo tienen y, por eso, es clave el tema de los
tutores de calle y las asociaciones comunitarias.
–¿Qué rol le cabe al Estado para igualar
o equilibrar las oportunidades?
–El Estado tiene que igualar condiciones. La tarea
es generar condiciones de arranque parecidas. La idea es
que empiecen lo más parejo posible. Nosotros lo que
buscamos por ejemplo con Enganchate es compensar esa situación.
–¿Cómo evalúa el trabajo de las
OSC en relación con los jóvenes en riesgo social?
–El rol de las organizaciones de la sociedad civil
es muy importante, pero me parece que tanto el Estado como
las organizaciones sociales tenemos que repensar la metodología
de trabajo con los jóvenes.La identidad y los modos
de pensar de los jóvenes han cambiado mucho y es necesario
generar instancias más abiertas. Claro que las OSC
tienen un lenguaje mucho más amigable
con los jóvenes, y mucha más fluidez en el
contacto, pero hay que pensar en hacer las cosas de otra
manera.
Opinión
Generar espacios de inclusión POR PATRICIA REDONDO
*
Este medio millón de jóvenes que no estudian
ni trabajan expresa la punta del iceberg de un proceso que
se viene observando desde principios de los ’90. La
base del problema está en que no
hay políticas de larga duración en relación
con las nuevas generaciones.
Un programa puede tener un impacto determinado, en forma
localizada, en un tiempo específico pero, retirados
los fondos, la institución o la población que
estaba bajo ese programa queda, nuevamente, en la intemperie.
Se precisan políticas eficientes de integración
social que anuden con el ejercicio de los derechos, como
ser el trabajo, la vivienda, la educación.
Hay que generar espacios de inclusión que garanticen
la igualdad –bibliotecas populares,
polideportivos, radios, canales de TV locales– y ofrecerle
a la escuela –irremplazable
en su rol de transmisora de la cultura y repartidora de bienes
simbólicos– mayor presupuesto,
cargos, edificios en condiciones y más maleables en
su funcionalidad.
Las ofertas para la juventud están absolutamente degradadas
y precarizadas, mientras que la sociedad pacata en la que
vivimos mira con temor a estos “jóvenes peligrosos” cuando,
en realidad, no hace nada para hacerle lugar a las nuevas
generaciones. Entonces, ¿son los jóvenes los
que no tienen interés
en trabajar o estudiar?
* Magister en Educación, docente e investigadora
de la UBA.
Ramón y la Red
“Al chico le tenés que dar herramientas. Cuando
uno empieza a trabajar con ellos les cambia la perspectiva”,
señala
Ramón Lezcano, coordinador nacional de la Red de Jóvenes
Unidos,
organización que trabaja en articulación con
la FOC y tramita su propia personería jurídica.
Ramón sabe lo que dice. Tiene 28 años, pero
cuando tenía 13 –cuenta– estaba “en
cualquiera”.
“Me gustaba parar en la esquina con mis amigos porque
yo me crié con ellos.Tuve drogas en la mano; también
tuve armas”, asegura. Era el mayor de cuatro hermanos.
Vivía en el barrio
Juan Manuel de Rosas, en Lomas de Zamora. Su papá era
alcohólico y golpeaba
a su mamá. “Fue una mala suerte en mi vida estar
en la calle. Hoy tengo un hermano detenido por robo calificado
y una hermana que está pasando una situación
difícil con la droga.
Pero la calle enseña muchas cosas. Para mí todos
eran ejemplos de lo que quería y de lo que no quería
para mí”, confiesa. De todas maneras, Ramón
veía un “futuro distinto” para él.
Y lo consiguió. En 1994, empezó a ir los sábados
a una pileta con un grupo organizado por la FOC. Recién
un año después hizo el verdadero clic: “En
un momento
dije ‘basta, esto ya no va más’”,
recuerda. A partir de entonces, se comprometió activamente
con la formación de la Red que hoy coordina. La entidad
nuclea a más de 4.200 pibes de todo el país.
Su trabajo apunta a fomentar el liderazgo juvenil, a realizar
capacitaciones y a fomentar proyectos
con una participación juvenil activa. Sólo
en el conurbano, hay más de 600 chicos que se acercan.
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