Infancia
interrumpida
Cada vez más chicos trabajan para colaborar con el
sostén de sus hogares.
El Estado y algunas OSC promueven la abolición del
empleo infantil.
Otros, procuran que estas prácticas no vulneren los
derechos de esos niños. Dos posturas que
comparten un reclamo común: mejorar las condiciones
sociales de las familias.
Textos: Andrea Vulcano
Juan tiene 9 años. Desde hace dos,
limpia parabrisas para llevar unas monedas a su casa. Sofía
sueña
con otra vida, parecida quizás a la de muchos de
esos chicos que ve pasar cuando mete sus manos en los desechos
ajenos. Pedro conoce todos y cada uno de los rincones del
tren que va al oeste, donde cambia estampitas por centavos.
Camila, de 13, ya hace uno que es empleada doméstica,
mientras Luis, con 6, acompaña a sus papás
a la cosecha para aportar con los ingresos familiares.
Algunos van a la escuela, otros van y vienen por épocas,
algunos ya ni piensan en volver.
Muchos pasan hambre y lo único que los liga a un
aula es la posibilidad de comer. Las cifras oficiales hablan
de casi medio millón los rostros de niños
que comparten una misma realidad: el trabajo infantil.
Pero se estima que el número de niños trabajadores
supera el millón.
Según la Encuesta de Actividades de Niños,
Niñas y Adolescentes (Eanna), realizada en 2004
en la ciudad y el gran Buenos Aires, Tucumán, Salta,
Jujuy, Chaco, Formosa y Mendoza, desarrolla llan alguna
labor 456 mil pibes de entre 5 y 17 años.
Que los chicos lleven adelante alguna actividad a cambio
de dinero antes de cumplir la mayoría de edad divide
las aguas entre quienes promueven su erradicación
total y los que llaman a escuchar la voz de los pibes sin
penarlos por hacer algo a lo que llegaron empujados por
la pobreza o por continuar un legado cultural.
“El trabajo infantil arranca de raíz toda
posibilidad de futuro para nuestros niños y niñas,
los excluye de la educación, los aleja de toda probabilidad
de desarrollo intelectual, les quita el derecho al esparcimiento,
a la educación, a la inocencia y, sobre todo, vulnera
su integridad como sujetos plenos de derechos”, señalan
desde la Comisión Nacional para la Erradicación
del trabajo Infantil (Conaeti) para marcar la postura oficial
en relación con este tema. “Desde siempre,
pero de manera muy reforzada en los últimos años,
Argentina es un país que garantiza los derechos
a todos los chicos”, enfatiza Pilar Rey Méndez,
titular de esa dependencia del Ministerio de Trabajo.
Así, la posición abolicionista apunta a la
prevención y a la erradicación del empleo
infantil y es promovida, por ejemplo, por Unicef y por
la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
Para estos organismos, el hecho de que un nene salga a
ganarse la vida desde corta edad perjudica o impide su
desarrollo físico, mental, social y educativo y,
a la vez, contribuye a perpetuar el círculo de pobreza.
“Es cierto que los chicos no tendrían que
trabajar sino estudiar y jugar, pero hay que ver cómo
está el país, la
ciudad y cada familia. En general, lo que se plantea es
que no deberían trabajar y se suele poner a todos
en una misma bolsa, pero no todas las situaciones son iguales”,
asegura Ariel Zapana, un joven artesano jujeño de
20 años, y papá de una chiquita de un año
y medio.
Mientras talla la pieza que luego le dará de comer
a él y su familia, recuerda los años en los
que hizo “de todo” para conseguir una moneda.
Es que desde los 7 se las rebuscó como pudo en la
call
para ganar algo de dinero y ayudar así a su mamá a
sostener la casa, que compartía con sus ocho hermanos
y su padre, alcohólico.
Zapana tiene una mirada
particular del trabajo infantil. De hecho, fue promotor
en Argentina del Movimiento NATs (Niños y Adolescentes
Trabajadores), en un intento que quedó desarticulado
en 2008 pero que será relanzado durante este año,
según anticipó.
Este grupo, que existe a escala mundial y que tiene presencia
en otros países de América latina como Perú,
Bolivia y Paraguay, tiene una mirada regulacionista de
la actividad laboral infantil, que apunta a mejorar las
condiciones laborales de los niños y a evitar la
explotación.
Los defensores de esta corriente hablan de la doctrina
de la “valoración crítica” porque
entienden que el trabajo es positivo para la constitución
de la identidad psicosocial del chico y consideran que
el niño trabajador, como actor social, refuerza
su autoestima y puede generar un proyecto de infancia alternativo.
Por su parte, la organización Save The Children
propone un “enfoque integral” de la problemática,
basado en una concepción del trabajo “que
no necesariamente y a priori debe considerarse negativa
y que requiere una mirada y un estudio crítico de
las situaciones en las cuales los niños, niñas
y adolescentes desempeñan su labor”, explica
Cecilia Delaney, coordinadora en Argentina de la entidad
internacional.
Más que decir, hacer
Muy cerca de la ciudad de Río Cuarto, en Córdoba,
la organización social Granja Siquem brinda un lugar
en el mundo a 60 chicos en situación de pobreza
estructural, que fueron expulsados del sistema educativo
y, en algunos casos, judicializados. Allí, comparten
tareas productivas, estudian y, sobre todo, acceden a una
posibilidad de transformar su realidad. “Lo que les
ofrecemos es un proyecto de vida”, cuenta el educador
Manuel Schneider, quien junto a su esposa, Patricia Barrera,
coordina el hogar-escuela.
El empleo aparece entonces como un ingrediente más
de un proyecto pedagógico en el que “esa actividad
le da significación a la teoría que el resto
de los días ven en el aula”. “Nosotros
nos oponemos al concepto de trabajo si es utilitario, si
es explotación, pero éste también
puede ser educativo, dignificante de la persona y una forma
de construcción colectiva”, plantea Schneider,
quien cuenta que en la granja estas tareas se desarrollan
en “un contexto lúdico educativo y se hacen
junto al mismo maestro de aula”.
A esa propuesta se suman dos pilares que hacen de la Granja
Siquem una experiencia peculiar. Es que en esas 70 hectáreas
ubicadas sobre la ruta 8, en el paraje Las Higueras, reina
la democracia participativa y la soberanía alimentaria,
es decir que allí producen lo que consumen y todo
se debate en asambleas, que apuntan a recuperar la voz
de los chicos.
En Avellaneda, al sur del conurbano bonaerense, la Fundación
Pelota de Trapo lleva adelante la Escuela de Panadería
Panipan y la imprenta Manchita. Ambos emprendimientos forman
parte de un proyecto pedagógico donde el trabajo,
la educación y la construcción colectiva
van de la mano. Allí, los más grandes son
los que llevan adelante las tareas y, algunas veces por
semana, se encargan de enseñarles a los más
chicos –que viven en la Casa del Niño, de
la organización– la trastienda de los oficios. “Lo
que demostramos con los emprendimientos es que, cuando
a los pibes se les brindan las condiciones, otra realidad
es posible.
Cuando hay alternativas reales, los chicos las abrazan
con fuerza. Por eso, para luchar hacia afuera, primero
uno debe demostrar que es posible”, afirma Laura
Taffettani, de Pelota de Trapo.
“El trabajo es un componente que debe existir. Esto
tiene que ver con una cuestión pedagógica
de no separar el saber intelectual del material. El trabajo
no sólo tiene que ver con una cuestión del
oficio, sino con el hecho de que una persona se pueda organizar
y ser responsable. Buscamos que
estos chicos tengan todos los elementos para convertirse
en trabajadores en valores”, explica Taffettani.
La Fundación Darlocab, VIJ (Darío Rodrigo
López Cabana, Víctimas Inocentes de Jujuy)
se ocupa desde hace diez años de chicos en situación
de calle de San Salvador de Jujuy, a quienes les ofrece
contención y apuntalamiento para que, más
allá de que desarrollen alguna actividad rentada,
vayan a la escuela.
“En general los chicos nos dicen que trabajan para
ayudar a sus padres y eso los hace sentir bien porque se
sienten útiles, pero lo importante es que no dejen
de estudiar”, señala Myrta Cabana. “Yo
estoy de acuerdo con que los chicos no deben trabajar pero, ¿qué se
le ofrece a esa familia?”,
se pregunta Myrta, quien una y otra vez alerta sobre “ausencia
de políticas públicas” para abordar
la problemática de manera integral.
Radiografía de la erradicación
“El
trabajo infantil es posible de abolir si de verdad se lo
plantea como un objetivo de las políticas públicas.
Un gobierno le puede dar prioridad, pero se requiere una
tarea en conjunto de toda la sociedad para terminar con
el flagelo y en eso estamos trabajando”, sostiene
Rey Méndez.
Por ese motivo, la funcionaria valora el terreno ganado
en materia de concientización.
“Podemos decir que se llegó al sector empresarial,
a los productores, a punto tal que ya es muy difícil
que se pueda sostener el ‘yo no sabía’ o
cualquiera de los mitos que existe en torno del trabajo
infantil”,
asevera.
A su turno, Gustavo Ponce, de la oficina de la Organización
Internacional del Trabajo (OIT) en Argentina, remarca que “la
erradicación está en la agenda pública
y es una preocupación del gobierno argentino”.
De todos modos, plantea que “hay que fortalecer los
sistemas de inspección laboral. Tienen que ir de
la mano no sólo de la sanción al empleador,
sino también de una política pública
que se ocupe de ese niño”.
Pero, ¿qué significa erradicar? Quizá la
respuesta de Elena Durón, directora del proyecto
P.E.T.I.S.O.S, de la Fundación Gente Nueva, de San
Carlos de Bariloche, sirve para disparar una reflexión: “De
500 chicos que han pasado por nuestra organización,
sólo podemos decir que en un caso se logró la
erradicación
y es el de un nene que no trabaja desde hace cinco años,
porque la mayoría deja un tiempo pero después
vuelve”.
Una de las patas de este proyecto denominado Prevención
y Erradicación de Trabajo Infantil S.O.S. busca
que la escolaridad vuelva a convertirse en un proyecto
de vida.
Nora Schulman, directora ejecutiva del Comité Argentino
de Seguimiento y Aplicación de la Convención
Internacional sobre los Derechos del Niño (Casacidn)
afirma que si bien “hay más conocimiento y
se hacen más denuncias” sobre las distintas
formas de empleo infantil, muchas veces los chicos que
son sacados de la situación “quedan absolutamente
desprotegidos”.
Por eso, si bien pondera los avances, advierte que aún “no
hay una política integral de atención a las
víctimas”.
Una causa común
Como en todo el mundo, en Argentina el trabajo infantil
asume distintas formas.
Aunque las causas subyacentes son las mismas: pobreza y
exclusión. “Un chico que pide en un semáforo
es una familia hecha pelota”, resume Schneider, de
Granja Siquem.
Taffettani, de Pelota de Trapo, tampoco duda. “El
trabajo infantil aumenta porque el problema de fondo es
el hambre de los chicos y de sus familias. Por eso, vemos
con preocupación que muchos de los padres de los
chiquitos que vienen a la Fundación han perdido últimamente
los trabajos precarios que tenían e incluso hay
algunos que vienen de tres generaciones de padres sin empleo”,
relata.
Por eso, cuestiona que la discusión en torno de
la erradicación o la regulación del trabajo
infantil es “ajena al verdadero problema, al principio
de todo, que es el hambre”.
Según las cifras oficiales, en Argentina trabajan
193.095 chicos de 5 a 13 años y 263.112 adolescentes
de entre 14 y 17. En tanto, el porcentaje de los que desempeñan
tareas en zonas rurales es notablemente superior que en
la ciudad.
También hay matices en las modalidades: en las zonas
urbanas predominan la venta ambulante, la mendicidad y
el cartoneo, mientras que en el campo los chicos suelen
participar en la fabricación de ladrillos, en las
cosechas, en el cuidado de animales e, incluso, en la demarcación
de áreas
de fumigación.
La observación del fenómeno demuestra que
en, general, el empleo de los niños en la ciudad
está asociado a la generación de dinero,
mientras que en el campo está más vinculado
a la participación en tareas propias de los adultos,
muchas veces arraigado en la creencia de que es bueno que
un chico aprenda un oficio para que el día de mañana
pueda ser alguien. Así, esta modalidad queda naturalizada.
Lucy Castaño, consultora del Programa de Naciones
Unidas para el Desarrollo (Pnud), procura erradicar el
trabajo infantil en grupos indígenas de Santiago
del Estero. Cuenta que “cuando en ciertas comunidades
se les plantea a los adultos cómo el trabajo afecta
a los chicos, se muestran sorprendidos porque ellos nunca
lo habían visto de esa manera. Por eso –dice–,
es necesario generar conciencia y, sobre todo, apuntar
a mejorar la calidad de vida de esas familias, que están
absolutamente quebrantadas y empobrecidas”.
Figuras prohibidas
Si bien la OIT coincide con el abordaje abolicionista, lo
cierto es que en el Convenio 182, de 1999, marca una diferencia
con respecto a lo que denominó “las peores formas” del
trabajo infantil, entre las que incluye la trata de personas,
la explotación sexual y el narcotráfico. Y
también
toda tarea que “por su naturaleza o por las condiciones
en que se lleva a cabo, dañe la salud, la seguridad
o la moralidad de los niños”.
Desde la Conaeti explican que “las tres primeras se
encuentran encuadradas en la Argentina como figuras prohibidas”.
Para Emilio García Méndez, titular de la Fundación
Sur, la firma de ese convenio fue “una gran derrota
cultural porque no incluyó la perspectiva del artículo
32 de la Convención Internacional de los Derechos
del Niño”, que reconoce la facultad de estar
protegido contra “la explotación económica
y contra el desempeño de cualquier trabajo que pueda
ser peligroso o entorpecer su educación, o que sea
nocivo para su salud o para su desarrollo físico,
mental, espiritual, moral o social”.
Otra de las figuras que toma la labor infantil, signada por
su invisibilidad, es la relativa a las tareas domésticas
y que incluye no sólo aquella que realizan en su mayoría
las chicas en casas de terceros, sino también la que
se registra en el propio hogar, cuando “quedan a cargo
de sus hermanos, limpian y cocinan mientras sus papás
salen a trabajar, y eso les impide ir a la escuela”,
señala María
Esther Toujan, coordinadora de la Asociación Club
de Madres y Abuelas Barrio Belgrano, de Paraná. Según
una investigación sobre trabajo doméstico no
remunerado de la Comisión Económica para América
latina y el Caribe (Cepal) y la oficina regional de Unicef,
las niñas son las más afectadas.
En la Argentina cerca de 8 de cada 10 adolescentes de 14
a 17 años realizan tareas en sus casas y la mayor
participación de ellas se torna decisiva a partir
de los 13 años.
¿Mundos incompatibles?
“Cuando un niño es un trabajador prematuro,
existen grandes posibilidades de que luego se convierta en
un adolescente que no estudia ni trabaja y, posteriormente,
en un joven desocupado
con peligro de no entrar nunca en el mercado de trabajo formal.
El diagnóstico es de Víctor Chebez, director
del Centro de Estudios del Empleo y la Protección
Social (Ceprotec) de la Universidad Nacional de San Martín,
que puso en marcha un observatorio de la problemática.
El proyecto Barrilete Blanco, que lleva adelante la Red Gesol
en la provincia
de Buenos Aires, apunta al “acompañamiento pedagógico
de los chicos”.
En este sentido, Alicia Abbruzzese cuenta que si bien venían
logrando “la permanencia en la escuela y un mayor rendimiento, últimamente
los adolescentes volvieron al trabajo, al cartoneo, y
entonces cuesta más mantenerlos en las aulas”.
En este marco, plantea que “inclusive los docentes
a veces no llegan a comprender los alcances y las consecuencias” de
que los pibes salgan a buscarse el sustento.
Para Chebez, en cambio, es necesario “revisar la idea
tradicional que existe de que el chico o está en la
escuela o está trabajando, porque hoy conviven las
dos cosas: que estudie no garantiza que no trabaje”.
En la mayoría de los programas tendientes a sacar
a los niños del circuito laboral predomina el componente
educativo. Para algunos, incluso, debería ser eje
central de las estrategias oficiales: “El futuro de
una política verdaderamente seria depende de que el
Ministerio de Educación se haga cargo del tema. El
trabajo infantil es la contracara de los problemas del sistema
educativo y, actualmente, se construyen programas sobre el
terreno baldío de las políticas educativas
y, así, la lucha contra el flagelo queda en la retórica
y está condenada al fracaso”, plantea el titular
de la Fundación Sur.
Un desafío a la realidad
A mediados del año pasado, fue aprobada la Ley de
Prohibición
del Trabajo Infantil y Protección del Trabajo Adolescente,
considerada por algunos referentes del tema como un “salto
cualitativo enorme” en materia de legislación
en favor de los derechos de la infancia. Esa norma, además
de fijar regulaciones para el empleo adolescente, eleva la
edad mínima para trabajar. Así, hoy el piso
es de 15 años, mientras que a partir de mayo del año
próximo será de 16. “Estamos muy conformes
con la ley porque está de acuerdo con los compromisos
internacionales suscriptos por Argentina y con el Convenio
138 de la OIT. El desafío, ahora, es poder acompañarlo
con un sistema de inspección y de políticas
que incluyan a los niños”, afirma Ponce, del
organismo internacional.
Por su parte, el abogado laboralista Juan Manuel Loimil Borrás
la considera “muy positiva” en tanto procura
erradicar el trabajo infantil y proteger al adolescente, “incluso
por sobre los estándares de la OIT, que establece
los 15 años como edad mínima para trabajar”.
Por su parte, la titular de Conaeti admite que “en
tiempos de crisis esta problemática se suele potenciar”. “Hemos
empezado a diseñar respuestas sociales concretas y,
si bien la inspección de trabajo soluciona una parte
de la problemática que es sancionar al empleador,
lo que nos interesa fuertemente es dar una respuesta social
al niño”, afirma.
“Vemos con mucha preocupación este tema. Hay
una cantidad de instituciones que trabajan bien pero no se
ven avances significativos no sólo en materia de erradicación
sino también, y sobre todo, en la mejora de la situación
de estos chicos”, asegura Nora Schulman, directora
ejecutiva del Comité Argentino de Seguimiento y Aplicación
de la Convención Internacional sobre los Derechos
del Niño (Casacidn).
Sin embargo, Zapana, que trabaja desde que era un niño
en Jujuy, sostiene que la mirada debería estar puesta
en otro lado: “Lamentablemente, cuando mi hijita tenga
50 años se seguirá hablando de esto. Por eso,
si se pusieran a escuchar a los chicos que están en
esta situación, las cosas serían diferentes.
Nuestro principal derecho es a ser escuchados y a participar
de ciertas decisiones”, afirma. Probablemente, ésa
sea la clave. Y una y otra mirada confluyan en un punto intermedio
donde el foco de atención se ubique en preservar el
derecho de los chicos a vivir su infancia.
OPINIÓN POR GIMOL PINTO*
El trabajo infantil cercena el derecho
a la educación
El trabajo infantil constituye una grave violación
a los derechos de los niños y persiste en Argentina
como un reto de gran magnitud. Es necesario emprender respuestas
políticas
integrales y sectoriales coordinadas por parte del Estado,
las familias y el mundo adulto.
La crisis económica actual se presenta con el importante
desafío de redoblar los esfuerzos gubernamentales
y comunitarios para proteger a sus niños y adolescentes
frente al trabajo infantil, garantizando su derecho a la
educación,
y bregando –aun en
estos contextos– por erradicar y prevenir la incorporación
temprana de los niños al ámbito laboral, precario,
informal, de magros ingresos y excluyente de derechos.
En Argentina, las cifras más recientes de la Encuesta
de Actividades de Niños, Niñas y Adolescentes
muestran la fuerte tensión entre el trabajo infantil
y adolescente y el derecho a una educación de calidad.
Si bien la asistencia escolar de los niños hasta los
13 años de edad
es casi universal, los bajos rendimientos, la repitencia,
la sobreedad, el abandono y la progresiva exclusión
del sistema educativo se manifiestan con fuerza después
de esta edad, al punto que uno de cada cuatro adolescentes
que trabajan, han abandonado la escuela.
También es muy significativo el dato que refiere a
la brecha entre el campo y la ciudad en esta materia, y el
peso que recae sobre los niños: mientras en las áreas
urbanas, el 21 por ciento de los
adolescentes que trabaja no asiste a la escuela, en las zonas
rurales este porcentaje se eleva al 62 por ciento porque
las desigualdades educativas se agravan al sumarse factores
externos propios de las faltas de oportunidades e inequidades
del ámbito
rural.
El gobierno argentino, en línea con lo que establece
la Convención sobre los Derechos del Niño,
ha reformado sus leyes para lograr una efectiva protección
contra el trabajo infantil, y ha establecido su erradicación
como una prioridad de las políticas
públicas junto a la promoción del trabajo decente
para los adultos.
Tres nuevas leyes componen este importante marco normativo
para reducir las tensiones entre el trabajo adolescente y
la educación: la Ley Nacional de Protección
de los Derechos de Niños que estableció el
sistema de protección
integral de derechos (2005); la Ley de Educación Nacional
que logró la incorporación de la obligatoriedad
de la educación secundaria (2006), y la nueva Ley
de Elevación de Edad Mínima para el empleo
(2008) que la fija ahora en 15 años y en 16 para el
año 2010.
La exigibilidad plena de estas tres normas abre el camino
para una nueva ciudadanía de niños y adolescentes,
en donde el peso del derecho a la educación prima
sobre el trabajo infantil, transformándose éste
en un problema prioritario y clave en la agenda política
y su superación en un mecanismo fundamental para el
desarrollo y crecimiento equitativo de los pueblos.
* Especialista en protección de derechos Unicef Argentina.
OPINIÓN POR ALEJANDRO
CUSSIÁNOVICH*
Por la dignidad y justicia social de
los niños trabajadores
Con acierto, el ex funcionario de la OIT, el francés
Michel Bonet, tituló uno de sus libros El trabajo
infantil, terreno de luchas. Es decir, de intereses y pasiones.
En los últimos casi
20 años, esto sigue siendo no sólo una realidad,
sino que ha entrado en dos vertientes a ser tomadas en cuenta.
Por un lado, el nuevo, aunque inicial, fenómeno social
de carácter internacional
de la organización de Nnats que conforma el movimiento
mundial de Niños,
Niñas y Adolescentes Trabajadores, y por otro lado,
la cruzada internacional por la abolición, erradicación,
prohibición
del trabajo infantil en pleno marco del neoliberalismo económico
que ha sumido en la pobreza y en la exclusión a poblaciones
y países
enteros.
Los movimientos sociales de Nnats representan una nueva conciencia
de la explotación y de la exclusión
a la que son recluidos los pobres y los pueblos originarios
de nuestros países y con ellos sus infancias. En la
historia occidental de la infancia trabajadora, estamos ante
un fenómeno nuevo, es decir, que los chicos se levanten
con voz propia, con un pensamiento alternativo al que los
confinó a negarles
la condición de niños normales, a considerarlos
como causa de la pobreza existente y del atraso de sus naciones.
A enfrentar de alguna manera la diaria incoherencia de una
sociedad que dice defender a sus niños
y caer en cierta obesidad normativa, con un raquitismo social,
económico
y político en el respeto y cumplimiento de sus derechos.
Los movimientos de Nnats, como en el caso peruano, afirman
el derecho a trabajar de los chicos y con la misma convicción
y fuerza plantean que el ejercicio de dicho derecho debe,
por razones éticas, políticas y pedagógicas,
ser regulado. Ser un derecho no arrastra consigo que sea
una obligación, pues no todo derecho
trae consigo un deber, aunque sí, una responsabilidad.
Las organizaciones de niños y adolescentes trabajadores
se autoconciben como formando parte de una corriente de pensamiento,
que reconoce la complejidad de la realidad de niños
y niñas trabajadores
y la incertidumbre de los instrumentos con los que se pretende
acertar una respuesta que contribuya a la justicia social
y a la dignidad de cada uno de ellos.
Lo central es la valoración de los que trabajan, que
lo hacen para salir al encuentro de las inhumanas condiciones
de vida de sus familias y de ellos mismos. Ello no equivale
a pensar que su trabajo sea una respuesta definitiva para
superar la pobreza. Hoy por hoy, para la mayoría es
apenas una estrategia de sobrevivencia material y humana.
Por ello, estamos los que nos inscribimos en la llamada valoración
crítica
del trabajo, es decir vigilante, no ingenua, permanentemente
insatisfecha, tensionada hacia mejores oportunidades, hacia
condiciones que no les priven de ejercer otros derechos,
muy en particular el de la educación, el de la organización
colectiva por sus derechos y ciudadanía activa y protagónica
en su medio. El camino aún es largo,
pero los niños ya empezaron a recorrerlo a pie firme.
* Miembro del Instituto de Formación para Educadores
de Jóvenes Adolescentes y Niños Trabajadores
de América latina y el
Caribe (Ifejant).
Una luz para los chicos
La Fundación La Luciérnaga
edita una revista como un medio para generar posibilidades
de trabajo destinado a adolescentes de sectores postergados.
Tercer Sector en Córdoba
TEXTO BETTINA MARENGO
Aunque para muchos son invisibles, hay miles de chicos que
trabajan en Córdoba, en las quintas y cortaderos de
ladrillos fuera de la zona urbana, en las esquinas transitadas
de la ciudad, limpiando vidrios, o en los colectivos, ofreciendo
estampitas de santos. Y hay también unos 70 adolescentes
que lograron, medianamente, ser visibilizados como trabajadores:
son los vendedores de La Luciérnaga, una revista que
ya lleva 14 años en la calle y que les brinda una
posibilidad laboral.
Como a Víctor e Isaías, los pibes que dialogaron
con Tercer Sector, se los encuentra en las peatonales más
concurridas del centro de la capital cordobesa, donde ofrecen
los ejemplares y obtienen un ingreso (1,90 pesos de los tres
pesos del precio de tapa por publicación) que apenas
atempera la necesidad propia y de sus familias, siempre numerosas,
con una jefa de hogar a cargo, en la mayoría de los
casos.
Víctor tiene 16 años y está cursando
primero, segundo y tercer año de un “secundario
acelerado” nocturno.
Isaías, de 17, dejó la escuela en el mismo
ciclo que hoy transita su compañero canillita.
“Unas siete horas”, responde el más chico
sobre su horario de trabajo y cuenta con los dedos el tiempo
que le dedica a la venta, entre mañana y tarde. Con
monosílabos,
asegura que lo que él y su amigo hacen es “trabajo
igual que todos”, y que “está bien que
los chicos trabajen, antes de que
salgan a robar”. La misma dicotomía planteará Isaías,
aceptando tácitamente que la escuela, el deporte y
las salidas con amigos, son un derecho lejano y ajeno. Según
la Encuesta de Actividades de Niños, Niñas
y Adolescentes (Eanna), realizada en 2004 por el Ministerio
de Trabajo de la Nación, el Indec, Unicef y Programa
de Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud), en la provincia
de Córdoba trabaja el 8,4 por ciento de los chicos
y el 30 por ciento de los adolescentes. De esos chicos, el
15 por ciento repite el grado en la primaria, y entre los
más grandes, el 30 por ciento directamente no va a
la escuela, como Isaías.
La venta de La Luciérnaga no es el primer trabajo
pago de ninguno de los dos chicos. Mientras uno de ellos
antes repartió tarjetas en la vía pública,
el otro fue “plomero en una obra”.
Víctor asegura que ahora lo miran “distinto” que
cuando ofrecía estampitas y que “la calle es
otro lugar”, se supone que mejor, en comparación
a los colectivos o bares que frecuentaba antes.
Laura Albertini, directora de la Fundación La Luciérnaga
y coordinadora de la revista, asegura que muchos de los vendedores
que se incorporan realizaban antes “tareas de supervivencia”,
y que la idea es “posicionarlos como trabajadores,
y sacarlos del lugar de la mendicidad y de la lástima”.
Albertini aclara que la institución trabaja sólo
con mayores de 16 años y reconoce
que “sería mejor que ningún chico tenga
que trabajar, pero hay necesidades socioeconómicas
que obligan a dar respuestas a sectores muy necesitados”.
Además, subraya que la Fundación trabaja en
el plano educativo para que los pibes puedan acceder al mercado
formal de trabajo “con otras herramientas”.
Por la edad de los adolescentes, La Luciérnaga marca
pautas de trabajo. El horario –que no puede ser nocturno–,
se reduce a 6 ó 7 horas, el trato con el cliente,
la necesidad de buscar una parada fija. Isaías usa
la palabra “renegar” para definir su vida como
vendedor de revistas.
“Trabajo pero reniego mucho. A veces vendo, a veces
no. Tenés que estar todo el día para llevar
algo de plata a la casa”, afirma. A diferencia de Víctor,
asegura que para mucha gente “esto no es un trabajo”. “Me
dicen ‘andá a
trabajar’ y me discriminan”, cuenta con amargura,
y admite que aspira conseguir un empleo más estable
y con “más plata”. Pero igual, como su
colega, se siente y define trabajador.
Cómo conectarse
La Luciérnaga (0351) 4681059/ 4605663
www.laluciernaga.org.ar
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