De
víctimas y victimarios
Con la inseguridad instalada en los medios y en la campaña
política, los adolescentes en conflicto con la ley
son protagonistas del debate parlamentario por un régimen
penal juvenil.
Mientras los especialistas advierten que bajar la edad de
imputabilidad no reduce el delito, varias organizaciones
sociales que procuran alternativas al encierro reclaman políticas
que vayan más allá del castigo y atiendan a
la reinserción social de los chicos.
Textos ANDREA VULCANO
Colaboración ESTEBAN VERA
El sol empieza a caer y la tarde es fría.
Algunos ponen leña en la salamandra. Otros preparan
mate
y comen galletitas. Mientras, cortan una cartulina negra
y pliegan tiras blancas y celestes de papel crepé.
En pocos días tienen que llevar una lámina
a la Escuela de Adultos 714, de Tigre, con motivo del 25
de Mayo. Al principio, hay más silencios que palabras.
Poco a poco comienzan a reírse y a hacer chistes.
También hablan del módulo, de los trabajos
prácticos y de la fecha de entrega. Pasan casi dos
horas y proponen salir a jugar un picadito. Las maestras
acceden. El mate y las galletitas quedan sobre la mesa.
Los papeles y las carpetas, también.
Son una veintena de chicos, casi todos varones de entre
13 y 19 años, quienes retomaron sus estudios con
una modalidad semipresencial en la Unión Vecinal
General Pacheco Sur, donde la Fundación del Sur
lleva adelante el programa Incluyendo Jóvenes.
La mayoría de ellos está en conflicto con
la ley. De hecho, algunos cumplen una pena de arresto domiciliario
con permiso para salir a estudiar. Brian estrena 19 años.
Ahora tiene novia y quiere terminar la escuela para conseguir
un trabajo que le permita ganarse
la vida. Mientras su mirada se escabulle detrás de una visera, habla
de un cambio. “Les quiero dar lo mejor a mis viejos
y no hacerles pasar más por lo que tuvieron que
pasar conmigo”, asegura.
“Es que yo agarré la calle y empecé a
hacer cualquiera”, admite. Hace unos años,
Brian entró en un vertiginoso espiral: agarró “la
calle” –como él y otros tantos
pibes dicen–, dejó las aulas y comenzó a
enredarse en la droga y el delito. Finalmente cayó.
Junto a un grupo de pibes robaba autos. Estuvo tres meses “encerrado” y
hoy cumple arresto domiciliario. “La pasé feo
en serio, feo de verdad”, asegura.
El tema es el mismo y las postales se repiten. Mientras
los políticos se enfrasca en discusiones estériles
en torno de las cifras del delito y la sensación
de inseguridad, los medios de comunicación machacan
con la idea de que uno de los factores determinantes son
los actos ilegales cometidos por chicos menores de 18 años.
En el medio, acusados otra vez, los pibes.
En el país suman al menos 6.300 los chicos que no
alcanzan la mayoría de edad y se encuentran en conflicto
con la ley penal. De ese total, el 30 por ciento (unos
1.800) está privado de la libertad y el 70 por ciento
(unos 4.500) está incluido en programas no privativos
de la libertad. Así lo reveló un estudio –el único
que existe, presentado a fines del año pasado– de
Unicef, la Secretaría Nacional de Niñez,
Adolescencia y Familia (Sennaf ) y la Universidad Nacional
de Tres de Febrero.
Del total de 119 establecimientos de privación de
la libertad, la tercera parte no está especializada
en el abordaje de adolescentes, sino que se trata de comisarías
o de servicios penitenciarios de adultos, lo que constituye
una contradicción flagrante con la Convención
Internacional sobre los Derechos del Niño y a la
Ley 26.061 de Protección Integral de Niños,
Niñas y Adolescentes.
“Nuestro país es el único en Latinoamérica
que se resiste, a pesar de los años transcurridos
de democracia, a aplicar genuinamente la Convención
que establece un sistema de responsabilidad penal juvenil
con todas las garantías, además de resistirse
a la aplicación de la Constitución Nacional,
que en ningún lugar dice que ciertos derechos le
están negados a las personas menores de edad y,
en especial, a los menores de 16 años”, afirma
Laura Musa, Asesora General Tutelar de la ciudad de Buenos
Aires.
Luz roja
Organizaciones defensoras de derechos humanos y de la infancia,
locales e internacionales, y parte de la dirigencia política
aplauden cuando se pone en debate la creación de
un régimen penal especial para juzgar a los más
chicos. Sin embargo, elevan su voz de alerta cuando esa
discusión se limita a una disquisición en
torno de la conveniencia o no de bajar la edad de punibilidad.
“Se trata de un debate pendiente, pero lo que resultan
inadecuados son los momentos cuando se plantea, que se
dan cuando un chico aparece en los medios como protagonista
de un hecho de violencia. Frente a un trabajo que debería
ser lento, silencioso y profesional, en el que participen
todos los actores involucrados, aparecen entonces posturas
ríspidas, discriminatorias, agresivas y descalificadoras
hacia los chicos”, advierte Nora Pulido, coordinadora
del Colectivo por los Derechos de la Infancia.
Si bien desde
el punto de vista normativo el país dio un salto
cualitativo con la sanción en el 2005 de la Ley
26.061 de Protección Integral de Niños, Niñas
y Adolescentes, que dejó sin efecto la casi centenaria
Ley de Patronato de Menores, lo cierto es que en lo que
respecta a la cuestión penal, a nivel nacional aún
rige el Decreto-Ley 22.278 que en 1980, durante la última
dictadura, estableció el Régimen Penal de
la Minoridad.
El abogado Tomás Ojea Quintana forma parte de la
Red por los Derechos de los Jóvenes, que desde hace
unos años lleva como consigna una frase que desafía
una estigmatización. “No somos
peligrosos, estamos en peligro”, reza la consigna.
Es que la supuesta “peligrosidad” de los jóvenes “fue
una excusa utilizada en muchos países y por mucho
tiempo para poner en prisión a personas sólo
por su aspecto”, advierten desde la agrupación.
“Se pretende bajar la edad de imputabilidad de 16 a 14 años con
el fundamento de que de esa forma se les van a garantizar sus derechos a los
chicos, pero lo que no se dice es que les vamos a dar un régimen penal
sin mirar o mirando para un costado los problemas del sistema penal de adultos,
en el marco del cual, entre el 60 y el 70 por ciento de los presos está en
prisión preventiva, sin condena”, señala Ojea Quintana.
Hacer girar la rueda
“Nosotros no trabajamos para
reinsertar a los pibes ¿Adónde los vamos
a reingarantizar sus derechos a los chicos, pero lo que
no se dice es que les vamos a dar un régimen penal
sin mirar o mirando para un costado los problemas del sistema
penal de adultos, en el marco del cual, entre el 60 y el
70 por ciento de los presos está en prisión
preventiva, sin condena”, señala Ojea Quintana.
Hacer girar la rueda “Nosotros no trabajamos para
reinsertar a los pibes ¿Adónde los vamos
a reinsertar? ¿Al mismo sistema que los expulsó?
Eso es prolongar la agonía para que después
vuelvan a lo mismo. Lo que nosotros abordamos son las causas
que hacen que un pibe llegue hasta donde llegó.
Hoy la sociedad nos dice que tenemos que cuidarnos de esos
chicos, pero nosotros tenemos que cuidar de ellos y no
culpabilizarlos”, afirma Omar Giuliani, educador
y uno de los coordinadores del hogar Ruca Hueney, del paraje
La Fraternidad, de la localidad bonaerense de General Rodríguez.
Un campo donde se siembra y se crían unos 400 animales,
un jardín materno-infantil, una escuela primaria,
otra agrotécnica, un hogar convivencial y un centro
de día con actividades culturales, deportivas y
recreativas son los pilares de Ruca Hueney. Allí,
el desafío es demostrar día a día
que se puede construir un país diferente, basado
en la solidaridad.
“Lo importante es reflejarse con el otro, entender
que lo que hay que modificar no es su historia, sino la
de la sociedad porque su realidad es parte de una lógica
de desprotección, aislamiento y marginalidad.
Entonces ahí los chicos empiezan a construir identidad
de cuerpo y a ver que es posible transformar su realidad”,
explica con pasión Giuliani. Dentro de Ruca Hueney
la idea es que la rueda gire y se transforme en un círculo
virtuoso.
Entonces, muchos de los pibes que llegaron en situaciones
extremas luego de un largo proceso, se forman como educadores
y comparten su recorrido con los que recién se acercan. “La
salida para nosotros es siempre colectiva.
Por eso, los chicos entienden que lo individual no sirve
y que compartiendo están siendo hombres de verdad,
con códigos y principios”, afirma Ayelén
Toscano, de 19 años, una de las educadoras de la
entidad.
La mirada de las organizaciones que trabajan con chicos
en conflicto con la ley penal dista de ser la que pulula
en los medios de comunicación. “Hoy por hoy,
se quieren atacar las consecuencias de la exclusión
y no se trabajan las causas, porque no hay ninguna ley
que modifique la realidad de estos pibes. El garantismo
no pasa por una cuestión jurídica, sino por
asegurar condiciones de
vida dignas para todas las familias. El debate en torno
del Régimen Penal Juvenil es una discusión
falsa para esconder las verdaderas causas que generan esto”,
sintetiza Giuliani.
Un sistema estigmatizante “El sistema penal no persigue
a todos por igual, sino a los más pobres, a los
más vulnerables y a los que menos ‘esfuerzo’ tienen
que hacer para caer en sus redes”,
asegura Claudia Cesaroni, del Centro de Estudios en Política
Criminal y Derechos Humanos (Cepoc) en un documento en
el que justifica su rechazo a la baja del piso a partir
del cual los chicos comienzan a ser imputables. “El
sistema penal es discriminatorio, selectivo y estigmatizante”,
acota.
Ya a fines del año pasado, cuando se puso sobre
el tapete la discusión en torno de la edad de imputabilidad,
el Consejo Federal de la Niñez, Adolescencia y Familia,
junto a la Sennaf, advirtió que, “además
de falsa, es una idea peligrosa” la demonización
de los adolescentes en situación de pobreza porque “redunda
en discriminación cuando no en maltrato y abuso
policial contra ellos”.
Además, planteó que “el necesario debate
acerca de cómo sancionar conductas ilícitas
no puede ocultar o tergiversar el fondo de la cuestión,
que es la necesidad de fortalecer los mecanismos y políticas
de inclusión social”.
En la misma línea, el Servicio de Paz y Justicia
(Serpaj) sostiene que “el debate no puede perder
de vista el problema central, que son las consecuencias
de un modelo de exclusión y la deserción
del Estado en la implementación de políticas
de promoción de los derechos de los niños,
niñas,
adolescentes y jóvenes”.
El eslabón más débil Diego Freedman
es abogado y se especializa en la defensa de chicos imputados
en el sistema penal. “La historia de vida de estos
jóvenes tiene algún tipo de relación
con la problemática de la exclusión y demuestra
que ya hubo un déficit del Estado en sus prestaciones.”
Por eso, si bien entiende que el encierro “sólo
tiene que ser previsto para delitos de mucha gravedad,
eso de ninguna manera tiene que significar una exclusión
mayor”. “Muchos de los jóvenes privados
de libertad no tienen acceso a la educación ni a
lo laboral y, en consecuencia, quedan con muchas menos
oportunidades y se contribuye a una mayor exclusión”,
plantea.
“¿Podemos demandar responsabilidad cuando
nos enfrentamos a niños con trayectos de vida signados
por la miseria, la falta de alimento y educación
o el estrago de las drogas baratas?”, se preguntan
en el Serpaj en un documento en torno del debate sobre
la reducción en la edad a partir de la cual son
punibles para la ley.
Incluso, los interrogantes van más lejos e indagan
la relación entre adultos y chicos en el mundo del
delito. “Casi siempre que un adolescente está inmerso
en una situación violenta es porque alguien con
más
edad y con más poder lo ha utilizado. Un niño
de 14 años difícilmente robe un auto para
cometer otros delitos. Lo más seguro y lo que indican
las investigaciones es que recibe un arma y una paga miserable
por conseguir ese auto que luego irá a un desarmadero,
para que muchos que reclaman la baja en la edad de la punibilidad
compren más baratos los repuestos para sus autos”,
afirma Claudia Cesaroni. “Los pibes son el eslabón
más débil de los grupos delictivos y las
empresas criminales”, resume.
Norma Miranda es una de las coordinadoras de la Aldea Jóvenes
para la Paz, del Serpaj, que funciona en General Rodríguez
y en Pilar. Desde su experiencia, asegura que, “en
el terreno de lo penal, hay toda una industria del delito
fomentada, amparada y armada por adultos, y la pobreza
termina siendo funcional a ella. A veces por entorno, por
supervivencia o por ausencia del Estado, los chicos terminan
siendo sus rehenes”, explica.
En su justa medida
En su mayoría, los proyectos de Régimen Penal
Juvenil que se encuentran actualmente en estudio en el
Congreso incluyen la baja en la edad a los 14 años.
Además de propiciar la aplicación de sanciones
alternativas al encierro, las iniciativas buscan fijar
un límite a la privación de la libertad para
los delitos más graves. En todos los casos, hacen
distinciones según la franja etaria.
Así, en términos generales, para los pibes
de 14 y 15 años el tiempo máximo de encierro
que se prevé es de tres años, mientras que
para los de 16 y 17 es de cinco.
“Un sistema penal para adolescentes infractores a
la ley penal respetuoso de los derechos humanos abarca
múltiples dimensiones. Por un lado, el esfuerzo
en el ámbito local para la satisfacción de
las garantías a través de dispositivos procesales
propios, y, por el otro, la profesionalización de
los servicios no privativos de libertad con la necesaria
inversión que requiere este proceso en planes más
amplios con aspectos de prevención.
También, claro, es necesaria una ley nacional que
proponga adecuaciones en el marco de la Convención
sobre los Derechos del Niño”, consideró Gimol
Pinto, especialista en protección de derechos de
Unicef.
El informe sobre Adolescentes en el Sistema Penal da cuenta
de que sólo existen 300 pibes que no cumplieron
los 16 años y están encerrados por causas
penales. Además, las estadísticas muestran
que de un total de 2 mil homicidios dolosos que se cometen
en un año, en 200 participan menores de 18 años.
De esos 200, sólo en 15 casos hay chicos de menos
de 16 involucrados.
“La población menor de 16 años que
comete delito es ínfima. La baja de edad no resolverá el
problema de la inseguridad, como no lo hizo en otros países
del mundo donde se aplicó con igual sentido”,
señalan desde el Serpaj.
En esa línea, Unicef subraya que la Convención
sobre los Derechos del Niño “prevé que
los poderes judiciales y ejecutivos apliquen medidas no
privativas de la libertad para la mayoría de los
delitos y por períodos más breves que en
los adultos, y medidas de encierro para aquellos delitos
muy graves, siempre brindando, en todos los casos, servicios
de elevada calidad y adecuados para un tratamiento efectivo”.
Las provincias
A pesar de la falta de un sistema penal juvenil a nivel
nacional que derogue el Régimen Penal de la Minoridad
de la última dictadura, lo cierto es que algunos
distritos avanzaron en la definición
a nivel local de procedimientos penales juveniles, como
en el caso de la provincia y la ciudad de Buenos Aires,
Mendoza, Jujuy, Tierra del Fuego y Chubut, entre otras.
Además, tan sólo nueve provincias cuentan
con algún programa específico de “libertad
asistida o similar”.
A fines del año pasado, algunos partidos de la provincia
de Buenos Aires quedaron dotados de la estructura judicial
y administrativa que puso en marcha un régimen para
juzgar a los adolescentes.
Entre otros aspectos, este nuevo sistema diferencia los
juzgados de familia de los penales juveniles.
También, procura generar una red que permita llevar
a la práctica penas alternativas.
Para eso, creó los denominados Centros de Referencia,
dependientes del Ministerio de Desarrollo Social, que se
ocupan de evaluar la situación de los chicos que
son derivados por la Justicia y orientarlos hacia la conclusión
de sus estudios, la capacitación en oficios, los
trabajos comunitarios y la atención de la salud,
según sea necesario.
Aquí aparecen en acción muchas OSC que, a
través de convenios firmados con los Centros de
Referencia, incluyen en sus programas a los pibes. “Es
importante que la sociedad civil monitoree cómo
funcionan las medidas que aplica el Estado, pero es éste
el que tiene que hacerse responsable; no se puede delegar
esa tarea a la sociedad civil”, afirma Freedman.
Alternativas al encierro
Hugo tiene 17 años y está imputado por el
intento de robo de un auto, ocurrido el 31 de diciembre último.
Ese día tuvo su primer contacto con la muerte. El
dueño del vehículo, “un gorra”,
le disparó y lo detuvo. Días más tarde,
la justicia bonaerense le otorgó un régimen
de prisión domiciliaria en la casa de su mamá,
y le permitió salidas para estudiar y aprender un
oficio en una organización social.
En su nueva rutina, Hugo cursa los últimos años
de la escuela primaria y aprende computación, panadería
y murga. Ahora reconstruye su vida en la sede del Programa
de Acción Comunitaria (PAC) de la Fundación
Del Viso, que funciona en la localidad bonaerense de Del
Viso. “Llego a la mañana para estudiar y después
me quedo toda la tarde. Aprendo un montón de cosas
y siempre la paso bien. A la tarde con ‘los gatos’ (los
chicos) jugamos a las cartas o leemos algún libro
en la biblioteca.
Así no te dan ganas de fumar porro o volver a la
merca”, confía mientras pita un cigarrillo.
“Tratamos de educar para la libertad”, sostiene
Miranda y aclara: “En vez de aumentar las penas o
bajar la edad de punibilidad que no resuelve el problema,
lo que se deberían hacer son propuestas a futuro
para estos chicos donde o educativo debe ser el pilar”.
Por eso, propone la generación de espacios “para
que los chicos puedan decir lo que para ellos es la inseguridad,
que es la falta de posibilidades, el maltrato generalizado.
Para estos chicos es sumamente difícil insertarse
en el mundo y lo que permanentemente hacemos es achicárselo.
Es importante abrir el juego y mostrar que el mundo es
más
grande y que no necesariamente pasa por la cultura del
consumo”, agrega.
Betina Perona es abogada y presidenta de El Arca, un hogar
de Moreno, en la provincia de Buenos Aires. Allí viven
13 chicos de 11 a 18 años. “Trabajamos para
que construyan un proyecto de vida, aprendan a depender
de adultos y para que luego puedan independizarse.”
Una nueva institucionalidad “La voluntad política
del Estado se mide también por los recursos económicos
que le pone a cada política pública”,
sostiene Pulido y asegura que “la cuestión
del financiamiento del sistema es crucial para crear una
nueva institucionalidad”.
En el mismo sentido,Freedman remarca que “el riesgo
es que se haga una reforma y que no haya fondos para implementarla
de manera eficiente y entonces la Justicia no pueda llevar
adelante sus procesos en un tiempo razonable, que no cuente
con infraestructura penitenciaria para jóvenes condenados
y que no prevea un sistema de sanciones alternativas que
se haga efectivo”. El abogado llama a “sincerarse
y admitir que, más allá de
que se reconozcan o no normativamente las garantías,
es en la práctica donde se tiene que ver si se cumplen”.
Alejandro Grazia, asesor del programa Incluyendo Jóvenes,
de la Fundación Sur, cuenta con pena que, cuando
arrancaron en agosto pasado, ofrecían a los pibes
asistencia psicológica. Sin embargo, hace un tiempo
debieron suspenderla porque aún no recibieron los
fondos que cada mes la Provincia debería girarles
a las organizaciones que, a través de un convenio,
participan de la implementación del Régimen
Penal Juvenil para la ejecución de medidas alternativas.
Más allá de matices, posturas y colores políticos,
hay algo que parece incuestionable: desterrar el Patronato,
crear un régimen penal especial para los pibes que
delinquen, y abordar la situación en forma integrada
es indispensable para recuperar a esos chicos. Porque ver
esta realidad sólo desde el punto de vista de la
punición sería como cortar el hilo por lo
más
delgado.
OPINIÓN
¿Responsabilidad de quién?
Por MARY BELOFF *
Por qué, frente a un hecho delictivo dramático
imputado a un menor de edad, sólo se exige encerrarlo? ¿Por
qué se
piensa que el encarcelamiento resuelve el problema de la
violencia juvenil cuando es sabido que el sistema penal
no sólo no mejora, sino que agrava
los problemas sociales?
¿Por qué, en definitiva, se reduce la imprescindible
discusión sobre la concreción de políticas
de seguridad eficaces a la cuestión
legal relacionada con la edad a partir de la cual es posible
encarcelar a una persona?
Estas preguntas sorprenden no sólo por su escandalosa
simplificación de un problema estructural que se
agrava cada día, sino además
por su desapego a lo que se enseña acá y
en cualquier país del mundo: no hay relación
directa entre la edad penal y la cantidad de crímenes
que cometen los jóvenes del mismo
modo que el endurecimiento del sistema penal no disminuye
los delitos.
Frente a este enfoque que se desentiende de la complejidad
de la cuestión es posible construir otro a partir
de exitosas experiencias internacionales basadas en las
prescripciones de los tratados de derechos humanos que
son categóricos
en establecer que no puede haber responsabilidad penal
de los menores de edad si los adultos (la familia, la comunidad
y el Estado) no cumplen con sus responsabilidades respecto
de la infancia.
Una preocupación genuina por transformar la realidad
y reducir sensiblemente la violencia de y hacia los adolescentes
debería partir de un
conocimiento riguroso de las dimensiones y características
actuales del problema. Desde allí debería
implementarse una política criminal basada sobre
la responsabilidad de los adultos y orientada a la prevención
de delitos (en particular violentos) que no es más
que el resultado de políticas coordinadas y eficaces
en materia de educación, fortalecimiento familiar,
salud, empleo, vivienda, desarrollo urbano y seguridad.
Frente al fracaso de la prevención, el ingreso al
sistema penal de un menor de edad debería –además
de garantizar la estricta observancia del debido proceso
y de la especialidad, hace tiempo reconocidos por la jurisprudencia– convertirse
en una paradójica oportunidad: lograr que los adolescentes
comprendan el sentido dañino
de sus conductas, adviertan que forman parte de una comunidad
y de sus valores, desarrollen el sentido de la responsabilidad
y se relacionen de forma no conflictiva con su medio en
el futuro.
Una sociedad que piensa más en castigar a sus jóvenes
que en generar las condiciones para que ellos crezcan y
se desarrollen al margen del delito y la violencia revela
una miopía severa y compromete seriamente su futuro.
Plantear la responsabilidad penal de los adolescentes sin
concretar políticas preventivas y de reintegración
social seguramente tendrá efectos
sobre la inseguridad: aumentarla al reproducir la exclusión,
la marginalidad y la violencia que desde siempre han definido
a la justicia penal de adultos.
*Profesora de Derecho Penal (UBA). Fiscal General de Política
Criminal, Derechos Humanos y Servicios Comunitarios.
Cómo conectarse
Unicef
www.unicef.org.ar
Sennaf
4338-5845
www.desarrollosocial.gov.ar/sennaf
Asesoría General Tutelar
de la Ciudad de Buenos Aires
4011-1432
Colectivo por los
Derechos de la Infancia
www.colectivoinfancia.org.ar
Red por los Derechos
de los Jóvenes
www.redxder.org.ar
Ruca Hueney
www.rucahueney.org.ar
Centro de Estudios en Política
Criminal y Derechos Humanos
www.cepoc-cepoc.blogspot.com
Serpaj
www.serpaj-ar.com.ar
Fundación Del Viso
www.fundaciondelviso.org.ar
Hogar El Arca
www.elarca.org.ar
Observatorio de Adolescentes y
Jóvenes Instituto Gino Germani
www.observatoriojovenes.com.ar
Correpi
15-4417-0659
Incluyendo Jóvenes
alegrazia_60@yahoo.com
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