Por
un techo digno
En diez años, la población de las villas
porteñas casi se duplicó y en el conurbano
bonaerense sigue creciendo. La pobreza, desocupación
y falta de acceso al crédito, alejan a millones
de personas de una vivienda digna. Desde el sector social
y académico impulsan alternativas para atender a
quienes habitan en condiciones de hacinamiento, carecen
de los servicios más básicos y padecen la
estigmatización social
de no tener dónde vivir.
Textos AILÍN BULLENTINI y ROSALÍA
COSTANTINO
Llovió toda la semana. Se nota por los charcos que,
uno tras otro, aún resisten en la calle de entrada
a la Villa 3, en Villa Soldati, que se angosta en el horizonte
hasta convertirse en pasillo. El suelo de tierra no logra
absorber el agua caída, y el olor a cloaca lo invade
todo, hasta las habitaciones donde la gente sobrevive. Ese
olor inunda los dos ambientes que Nadia y Daniel comparten
desde hace diez años. El mismo tiempo que entre 1991
y 2001 tardó la población de las villas de
emergencia de la Ciudad de Buenos Aires en crecer un 77 por
ciento, hasta rasguñar los cien mil habitantes, según
los censos llevados a cabo durante esos años. A poco
de cumplirse una nueva década, las proyecciones de
los organismos oficiales vaticinan una duplicación
de esa cifra. Nadia siempre vivió en la Villa. Allí conoció a
Daniel, con quien intentó armar una historia compartida
en una pieza de la casa materna. “Imposible.
Demasiado chico el espacio para todos”, recordó ella.
Tuvieron suerte de encontrar una casa un poco más
amplia “con luz y dirección. Acá no existe
el domicilio”. Así, con la suerte que significa
en la actualidad no formar parte de la masa de argentinos
desocupados, lograron esquivar por poco el hacinamiento.
Pero no tuvieron el mismo éxito en escapar de las
deficitarias condiciones de hábitat.
Mientras una realidad de chapa y cartón los envuelve
y minimiza al apelativo de “villeros”, desde
la ilegalidad, la pareja intenta legitimar la ocupación
de suelo ajeno y deshabitado con la fuerza de la necesidad
de un techo bajo el cual vivir. Ellos forman parte de las
miles de familias que “viven
de prestado”, que a duras penas logran generar recursos
para alquilar una habitación en un hotel o pensión.
Si bien no existen número oficiales
que abarquen la problemática y la reflejen en su etapa
más actual, las estimaciones permiten asomar las narices
al análisis del déficit habitacional. La proyección
a 2006 del último censo realizado en el país
advierte que son 16 millones los argentinos sumidos en esta
condición.
De los hogares encuestados en aquel entonces en el Área
Metropolitana de Buenos Aires, poco más de 712 mil
presentaban algún inconveniente en su construcción
o en las condiciones de habitabilidad. El 57 por ciento directamente
fueron considerados irrecuperables.
El aumento no sólo se explica por la superpoblación
de los espacios ya creados, sino que además desde
2001 a la actualidad se conformaron lo que los expertos llaman,
a distancia, “nuevos asentamientos urbanos”.
En un trabajo realizado en 2007, la Defensoría del
Pueblo detectó 30 nuevos espacios a los que
caracterizó como “asentamientos intersticiales
que se implantan en espacios vacantes dispersos en distintos
puntos de la trama urbana: a la vera de las vías del
ferrocarril, debajo de las autopistas, en terrenos baldíos
y plazas” y que “presentan una precariedad extrema
en sus construcciones, carecen de los servicios más
elementales y se encuentran sobre terrenos inadecuados, peligrosos
e insalubres para las familias que los habitan”.
De transitorio a permanente
Hasta mediados de la década del ’70, la villa
era un lugar de paso, un espacio donde se establecía
transitoriamente la gente que llegaba desde el interior del
país a la Ciudad en busca de trabajo, mientras accedía
a un lote en el Gran Buenos Aires y, con mucho esfuerzo,
comenzaba a construir allí su casa poco a poco.
Hoy la posibilidad de generar ese traspaso “es prácticamente
imposible –opinó el presidente de Fundación
Provivienda Social, Raúl Zavalía Lagos–.
Ahora, la villa es el lugar donde la gente del conurbano
se muda para que su tiempo y el poco dinero con el que cuentan
rinda, ya que las fuentes de trabajo, en su mayoría
construcción
y el cartoneo, están en el centro.”
La inexistencia de políticas estatales de loteo con
servicio en la provincia se suma al interés que despiertan
los grandes espacios de tierra libre del conurbano entre
las clases de mayor poder adquisitivo, lo que complica aún
más la situación de los que están peor
que la mayoría. “El conurbano no es más
de los pobres.
Ahora, ellos tienen que disputárselo con los barrios
privados y countries”, analizó María
Cristina Cravino, antropóloga e investigadora de la
Universidad Nacional de General Sarmiento (Ungs). Es que
en la actualidad, basta aplicar nuevas tecnologías
para mejorar un terreno que antes era rechazado por inundable.
Por otro lado, la última dictadura dispuso por decreto
que el Estado debía ofrecer lotes con infraestructura –conexión
de agua, luz y caminos–.
Entonces, lotear dejó de ser negocio y la gente quedó en
manos del mercado, que le ofrece oportunidades cada vez más
inalcanzables.
Tablones y chapas
Nancy y Natividad alquilan una pieza en el barrio de Pompeya,
donde se acurrucan con sus cuatro hijos. Que el piso de la
cocina-comedor se convierta en cama todas las noches no es
el problema más grave.
De hecho, la casilla que lograron levantar con algunos tablones
de madera y chapas en el barrio 17 de Noviembre, a 10 cuadras
de Puente La Noria y de la Ciudad de Buenos Aires, es más
pequeña aún. “No
podemos sostener más el alquiler. Hace tres meses
que no llegamos a pagarlo”, justificó Nancy
en susurros.
“Las posibilidades de
saltar de una villa al mercado formal de vivienda son nulas.
Se necesitan por lo menos 20 mil pesos en efectivo para comprar
un lote en una zona muy mal ubicada del conurbano, casi sin
servicios.” María
Cristina Cravino
Sobre un extenso predio que durante décadas permaneció deshabitado,
cerca de 3.600 familias levantaron el barrio nacido de una
de las tomas de tierras más grandes de la historia
del conurbano bonaerense.
El proceso de construcción comenzó apoyándose
en la organización de los vecinos, que poco a poco
se fue perdiendo hasta llegar a lo que es hoy: una lucha
de supervivencia, donde el más apto logra asomar
a la superficie, y el menos termina hundiéndose
entre escombros y agua estancada. La aprobación
de la ley de expropiación –primer paso para
que el Estado adquiera las tierras y arme los planes de
pago para vendérselas a la gente– fue el único
gesto estatal concreto. El resto, diseño de calles,
extensión de redes de agua y luz e instalación
de cloacas, recae a diario sobre la espalda de los vecinos.
“En las personas que toman tierras en el conurbano
hay una búsqueda de estabilidad, de sueño
concretado.
No hay que analizarlo como un lugar de donde quieren irse,
sino como un lugar que puede ser propio con un proceso
de lucha para mejorarlo muy grande”, opinó Cravino.
Soluciones al déficit
Varias aristas se combinan, enredándose, para arrojar
a la gente a las villas; los asentamientos precarios; las
casas sin revoque, sin agua potable, ni gas natural: desocupación,
falta de educación, quiebre de lazos sociales, discriminación.
Pobreza.
“Son cuestiones de fondo que es necesario atender
en el momento de pensar una solución. Nada de esto
se resuelve sólo con la construcción de casas”,
sostiene con énfasis Fernando Ojeda, uno de los
creadores de la Cooperativa El Ceibo, que trabaja desde
1989 con personas
que viven en casas tomadas del barrio porteño de
Palermo, y uno de los coordinadores de la Red Hábitat
Argentina, un espacio interinstitucional conformado por
organizaciones de todo el país que trabaja en la
temática.
Para Cravino, en tanto, “las posibilidades de saltar
de una villa al mercado formal de vivienda son nulas. Se
necesitan por lo menos 20 mil pesos en efectivo para comprar
un lote en una zona muy mal ubicada del conurbano, casi
sin servicios.Y a eso hay que sumarle el costo de construcción.
La capacidad de ahorro de las personas que están
en ese rango de situación, cuando tienen la suerte
de tener un trabajo, no da abasto para generar esa cantidad
de dinero.Y para alquilar no se puede pensar en tener menos
de mil pesos, más una propiedad en la Ciudad como
garantía”.
Frente a la imposibilidad de contar con los recursos necesarios
para adquirir un techo propio, la unificación del
esfuerzo entre las personas que se encuentran en la misma
situación se convierte en la única salida. “La
gente que está sumergida en la problemática
tiene una visión solidaria que no tiene el resto.
Son voluntarios en la mejora de otras casas porque saben
que eso es ayudarse a ellos mismos”, sostuvo Zavalía
Lagos.
En la solidaridad se apoya, desde hace más de 15
años, el programa de mejoramiento de viviendas de
Provivienda Social, un proyecto que consiste en la adquisición
de créditos solidarios entre pequeños grupos
de familias de cara a la puesta a punto de sus casas. Para
ello, adquieren un monto de hasta 5 mil pesos a una tasa
de interés mínima, y cada una se convierte
en garante del pago.
“Se toma a la obra de construcción
como herramienta para trabajar otras cuestiones que tienen
que ver con los lazos sociales.” Gabriel Nosetto
Hábitat para la Humanidad se aboca a “apoyar
la producción social de hábitat para facilitar
el proceso natural que la propia gente lleva a cabo en
la construcción de su entorno”.
Desde la entidad ofrecen servicios de créditos a
las personas de bajos recursos, pero también capacitación
técnica
respecto de los procesos de construcción y conformación
de barrios y a la provisión de recursos humanos
que den una mano en las tareas.
La representante de la OSC en Argentina asegura que “no
hay un programa igual a otro ya que tratamos de adaptarnos
a las necesidades de la gente”. A diferencia de Provivienda
Social, los créditos de esta organización
son individuales: “El monto que recibe cada familia
no está ligado a un grupo, por lo tanto cada uno
se hace cargo de su crédito y no se ve afectado
si otra familia dejó de abonar”. El destino
del dinero puede ser desde la construcción y mejoramiento
de la casa hasta la puesta a punto del barrio en sí.
Otro caso es el que existe en la provincia de Buenos Aires,
donde una veintena de organizaciones sociales y de base
unieron fuerzas para pensar e intentar soluciones al déficit
habitacional. Conforman el Foro de Organizaciones de Tierra,
Infraestructura y Vivienda de Buenos Aires (Fotivba), en
el que se articulan dos tipos de entidades: las de corte
técnico- instrumental y las de base. Las primeras,
integradas por técnicos, arquitectos y trabajadores
sociales, entre otros profesionales, se orientan a la promoción
y desarrollo, a nivel organizativo. “Se toma a la
obra de construcción como herramienta para trabajar
otras cuestiones que tienen
que ver con los lazos sociales. Es la llave que permite
abrir el campo social de la falta de un techo”, apuntó Gabriel
Nosetto, integrante de Madre Tierra, una de ellas.
Muchas de estas organizaciones ofrecen lotes a personas
de bajos recursos: compran parcelas de tierra, las dividen
y las nutren de servicios de infraestructura para luego
iniciar planes crediticios. Otras colaboran en la construcción
propiamente dicha de las casas, junto con las agrupaciones
de vecinos en los barrios, donde se roza la piel de la
problemática.
“Nosotros participamos en la creación del
barrio entero.Yo sé cómo se hizo mi casa,
cuántos ladrillos me llevó. Conozco el sacrificio.
Muchos nos preguntan por qué decidimos quedarnos
acá, si vivimos en malas condiciones. Les contestamos
que nos quedamos porque esto es nuestro”, remarcó Osvaldo
Francés, miembro de la comisión directiva
del barrio San Cayetano, en Rafael Calzada, que también
integra el Fotivba.
La acción del Estado
Si se sondea en los espacios gubernamentales porteños,
provinciales y nacionales, se encuentra más de un
programa dedicado a la atención del déficit
habitacional y al mejoramiento de las condiciones de hábitat
de las personas que así lo requieran. Sin embargo,
cuando la lupa se acerca, las fallas salen a la luz: falta
de presupuesto, nula participación de los vecinos
en las propuestas, pero principalmente una mala definición
del problema, lo que deriva en soluciones ineficientes.
Desde que comenzó la gestión de Mauricio
Macri al mando de la Jefatura de Gobierno porteño,
las funciones que cumplía el Instituto de Vivienda
de la Ciudad (IVC) se redujeron a sólo una: atender
las necesidades de las personas de más bajos recursos,
que no logran ingresar siquiera en los planes crediticios
que hasta hace unos meses otorgaba el organismo.
Es que en un traspaso que aún es de hecho, ya que
debe aprobarlo la Legislatura, las nuevas construcciones
para habitantes de villas quedan bajo el amparo de la Corporación
del Sur, una sociedad del Estado conformada en un 50 por
ciento por capitales privados, y la atención de
problemas de infraestructura en los barrios precarios en
manos de las Unidades de Gestión e Intervención
Social (Ugis). Los vecinos de la Villa 3, junto con los
de otros siete barrios similares, conformaron el Frente
de Villas Unidas por la Urbanización Participativa,
cuyo principal objetivo es “luchar por la vivienda”.
“Es todo una mentira. Acá construyeron algunas
casas pero no tuvieron en cuenta las necesidades de la
gente y quieren instalar en una casa de dos ambientes a
una familia de ocho o nueve integrantes”, sostuvo
Nadia. “Lo que buscan es hacer pocas acciones de
alto impacto, pero soluciones de verdad no dan”,
agregó Daniel.
La situación es un tanto diferente en la provincia
de Buenos Aires, donde además de las estrategias
de escrituración social que impulsa la Escribanía
General de Gobierno, se aplican programas de vivienda nacionales. “Ciudad
y Provincia son el día y la noche en este tema.
El programa de Urbanización de Villas y Asentamientos
precarios, si bien no es suficiente todavía, es
un buen avance.Hay entre 50 y 60 proyectos en funcionamiento”,
aportó Cravino.
No obstante, algunas de esas iniciativas evidencian las
mismas fallas que los porteños en cuanto a la indiferencia
hacia la opinión de la gente. “Tenemos un
Estado ciego, sordo y mudo en lo referente a política
habitacional. En vez de ayudar a los que construyeron con
su propio esfuerzo, construye casas nuevas. Lo que hay
que hacer es mejorar el espacio en el que la gente ya está habitando”,
opinó Zavalía Lagos.
Cravino, por su parte, optó por dejar en claro: “El
Estado no regala nada. Cuando regulariza, otorgando escritura,
luego viene el momento en que la gente empieza a pagar
por esa tierra”.
La emergencia en números
167.500 personas habitan
en 25 villas y asentamientos precarios de la ciudad de
Buenos Aires, según el cálculo
de la Defensora del Pueblo porteña.
891 villas de emergencia
existen en el gran Buenos Aires, según las estimaciones de la organización
Infohabitat.
26 mil son las personas
que viven en la villa 31 y 31 Bis, de acuerdo al censo
realizado por el gobierno porteño.
Y 60 mil serían,
aproximadamente, según estiman los vecinos.
50 mil personas viven en la 1-11-14 del Bajo Flores.
50 mil habitantes tiene
villa Itatí, en Bernal y
Wilde, según la organización Etis.
40 mil vecinos viven en
La Cava, San Isidro, según
estimaciones de OSC de la zona.
100 mil personas viven
en 200 villas del Partido de La Matanza, según la Federación
de Tierras y Viviendas.
Una lupa sobre el barrio
El 42 por ciento de los vecinos de cinco barrios de la
localidad Cuartel V, en el partido bonaerense de Moreno,
sufría enfermedades respiratorias
como tos, asma y bronquitis.
Hoy, ya no. Fueron determinantes las mejoras en las condiciones
habitaciones que llegaron de la mano del tendido de gas
natural promovido por la Fundación Pro Vivienda
Social (Fpvs).
Luis Basualdo, responsable del área de Relaciones
Institucionales de Fpvs, afirmó que al acceder a
ese beneficio, la cocción de los alimentos
es diferente y ello repercute en la salud de la población:
los vecinos dejaron de presentar problemas respiratorios
y gastrointestinales, ejemplificó.
Con el fin de medir el impacto de las mejoras impulsadas
en la zona y contar con información que permita
diseñar
políticas públicas,
la entidad, junto con la Universidad Di Tella,
llevó adelante el Observatorio de Desarrollo Barrial,
un trabajo de campo que involucró a 400 familias
en 2006 y a otras 800 en 2007, sobre un total de 4 mil,
que habitan en la zona.
Entre otros datos, el estudio reveló que la mitad
de los habitantes trabaja como obrero o empleado y el 13
por ciento vive de changas. En tanto, el 54 por ciento
no realiza aportes jubilatorios y cerca de tres de cada
diez personas no completaron la primaria.
El relevamiento también sacó a la luz que
sólo seis de cada diez viviendas (en la actualidad
ascendió a
siete de cada diez) tienen paredes con revoque, los baños
no cuentan con cañería de agua caliente,
mientras que los servicios básicos como gas, cloacas
y asfalto
brillan por su ausencia. Existe una red precaria de agua,
a la cual accede el 70 por ciento de la población,
las calles son de tierra y la recolección de los
residuos es deficiente.
“Las cifras buscan monitorear la llegada de los programas
de la fundación pero muy especialmente contribuir
con información precisa a la definición
de políticas públicas hacia los sectores
más
desfavorecidos”, explicó Basualdo,
para quien los datos analizan también los procesos
de la economía informal y dan a las
empresas un panorama de situación a la hora de evaluar
posibles inversiones.
Viviendas más económicas
Desde la Escuela Técnica Nº 34 Ingeniero Hermitte,
en la Ciudad de Buenos Aires, el coordinador del área
de Construcciones, Jorge Lema, creó junto con sus
alumnos una nueva alternativa de vivienda social de fácil
construcción
y bajo costo, sin descuidar la calidad del inmueble. Al
proyecto lo bautizaron Prototipo de Vivienda Bioclimática
de Interés Social (Provibis). Esta experiencia pedagógica
se puso en marcha en 2003 y se inscribe dentro de los procesos
de enseñanza de ese secundario.
Su edificación supone un 30 por ciento de ahorro
del costo de las viviendas económicas
tradicionales.
“Los estudiantes realizaron distintos proyectos de
viviendas para vecinos humildes llegando a pautas constructivas
muy simples. En la planta baja idearon un espacio social único
(comedor, cocina, lavadero) con baño y cocina más
un ambiente para que duerma la abuela o una persona con
discapacidad. La planta alta está compuesta
por dos dormitorios que conforman también un espacio único
dividido con placard o cortina. Todo en 5 metros x 5 x
5 metros de altura”, precisó Lema.
Lo novedoso de la técnica radica también
en que las unidades se ensamblan entre sí minimizando
la cantidad de medianeras, al tiempo que contempla la bioarquitectura
y la sustentabilidad; genera recuperación de agua
de lluvia para tirar en el inodoro y riego; responde
a los conceptos de autoconstrucción –porque
se busca que los propios beneficiarios ayuden en la edificación
de la que será su
casa– y se puede realizar por etapas, permitiendo
ampliar los espacios una vez que se hizo la estructura
externa. Tampoco necesita luz durante todo el día
ya que tiene un novedoso sistema de iluminación
central. “Buscamos poner a disposición del
sector social y las cooperativas de trabajo todo el conocimiento
académico necesario para mejorar las condiciones
de vida y habitabilidad de los vecinos que viven en riesgo
social. Los planos están a disposición
de quienes deseen aplicarlos”, sentenció Lema,
quien además preside el Instituto para el
Desarrollo de la Vivienda (Indevi).
La toma que se convirtió en barrio
familia Rojas conquistó su espacio. Ése que
hoy es “digno de habitar” pero que hace no
más
de un cuarto de siglo era apenas “un rancho,
con cuatro paredes de cartón, chapa y plástico,
en medio de una laguna, y la nada”.
Allí, las velas fueron las que iluminaron durante
mucho tiempo, mientras que al agua accedían a través
de un vecino generoso que no escatimó en prestar
el servicio, cuando el resto miraba desconfiado y con malos
ojos a los “ocupas” que venían a “crear
una villa en el barrio”. Se trata de la primera gran
toma del partido de Avellaneda pero con una meta clara: “Trazar
calles y lotear el terreno para construir un barrio convencional,
no una villa”.
A sólo 10 minutos de la Ciudad de Buenos Aires,
Elsa y Ramón Rojas constituyen un ejemplo
de cómo con organización vecinal, participación,
persistencia y perseverancia el déficit habitacional
puede cambiar su cara.
En la localidad de Villa Domínico, partido de Avellaneda,
al sur del Gran Buenos Aires, hace 25 años las inmediaciones
de las vías
del ferrocarril, en el tramo este, eran un abismo.
“Terrenos muy bajos, que se inundaban cada vez que
llovía. Sin luz, agua ni gas. Pero decidimos tomarlo
porque era eso o nada. Sólo podíamos
pagar un alquiler mientras que acceder a créditos
bancarios era imposible. Pero nosotros siempre lo tuvimos
bien en claro: construir nuestra propia casa, no usurpar
propiedades de los demás a costa de los otros”,
recordó Elsa
sobre el inicio
de una extensa lucha y sacrificio.
Con dos pequeños hijos, y junto a otras 70 familias,
en enero de 1984 tomaron el predio. Luego llegó el
arreglo con la propietaria, quien le facilitó la
compra del terreno –difícil de comercializar
por las condiciones en las que estaba– en 48 cuotas “a
un valor que representaba una tercera parte del alquiler
que pagábamos por aquel entonces”, calculó Ramón,
de 67 años.
La conexión energética fue el primer servicio
que encararon los vecinos recién a unos tres años
de la toma, tras intensas gestiones con la comuna. Para
el tendido de agua y el alumbrado, agrupados en una Junta
Vecinal le pidieron ayuda a la Universidad Tecnológica
Nacional (UTN) de Avellaneda para que los estudiantes del último
año aportaran los conocimientos técnicos
en concepto de pasantía. Hoy, uno
de los alumnos que participó de esa experiencia
es el intendente del partido.
“A través de kermeses, festivales, bingos
y venta de comida juntábamos los fondos para los
materiales, como cables, lámparas, caños,
mientras hacíamos el zanjeo para la red de agua
potable y el desagüe pluvial”, recordó Ramón.
Lo último en llegar fue el asfalto, hace unos meses
nada más, “aunque a los siete años
de ocupar el predio ya habíamos terminado nuestra
propia casa de material, que con el tiempo seguimos ampliando
y mejorando”, subrayó eufórico en un
gesto por alentar a aquellas personas que no se animan
a vivir en un lugar “a primera vista inhabitable” porque
temen no poder revertir esa condición.
Actualmente, alrededor de 74 son las familias que residen
en el barrio San Jorge y todas tienen el título
de propiedad. En sus alrededores, sobresalen otras barriadas,
algunas mucho más pobladas, que son también
el resultado de tomas que se sucedieron años después
con la misma bandera: “Desde el pie,
organizados y participando podremos lograr la calidad de
vida que merecemos”.
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