Año
16, Nro 75 Nota
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La otra educación
Mientras miles de chicos
y jóvenes son excluidos
de la escuela, algunos encuentran su oportunidad de
aprender en múltiples experiencias
de educación comunitaria desarrolladas por OSC.
Esas organizaciones reclaman que el Estado las reconozca
como una alternativa válida para la reinserción
de los alumnos en el sistema educativo formal.
Textos ANDREA VULCANO
Melisa tiene 16 años y llegó hasta cuarto
grado de la primaria. Juan tiene 9 y, después de
repetir dos veces segundo, ya no volvió a la escuela.
Lorena, de 18, es mamá de dos nenes y no piensa
en el aula que dejó –o que la dejó a
ella– a los 14. Matías sale a hacer changas
y su rutina no cuaja en el sistema educativo. El Peti duerme
en la calle y apenas tiene un tenue recuerdo de su breve
paso por los pupitres. Clara y Dante viven en un paraje
rural, donde no hay escuela secundaria. Ellos, multiplicados
por decenas de miles, son pibas y pibes expulsados o excluidos
del sistema educativo. A ellos, el Estado les debe una
respuesta porque la educación es uno más
de sus derechos vulnerados. Mientras, muchas de las organizaciones
y movimientos sociales bregan porque las experiencias educativas
que llevan adelante –que en general dan respuestas
a los sectores más vulnerables– sean reconocidas
y apoyadas desde el Estado, respetando su identidad y su
formato.
Si bien este vasto, disímil e inconmensurable universo
de experiencias –que comprende jardines de infancia
y maternales comunitarios, escuelas de gestión social,
bachilleratos populares y universidades populares, entre
otras– lleva largas décadas de trayectoria
en Argentina, lo cierto es que cobró un renovado
impulso en los últimos años, como resultado
del retiro del Estado a partir de la última dictadura,
de las políticas
neoliberales de la década del ’90 y, finalmente,
de la crisis del 2001.
Por eso, estas organizaciones reclaman hoy un espacio propio,
que las legitime como una tercera modalidad educativa,
al margen de la gestión estatal y la privada.“Estamos
en la búsqueda de un pronunciamiento del Consejo
Federal de Educación, que precise lo que es la educación
de gestión social, mencionada en forma genérica
en la Ley Nacional de Educación”, afirma Ana
María Fernández, presidenta de la flamante
Asociación
Nacional de Escuelas de Gestión Social, constituida
a fines del año pasado, con la participación
de 350 experiencias de todo el país.
Con la implementación de la Asignación Universal
por Hijo, el propio gobierno colocó su mirada sobre
estas propuestas educativas, cuando el crecimiento de la
demanda de vacantes –que, según datos oficiales,
en la escuela secundaria trepó al 25 por ciento– volvió a
poner en cuestión la capacidad del Estado para dar
respuesta por sí mismo al aumento de la matrícula.
El reclamo
Lo que gran parte de estas organizaciones ya venía
demandando era, por un lado, la certificación de
sus programas, de modo tal que sus egresados sean validados
para continuar su formación en otros niveles educativos
y, por el otro, el apoyo económico del Estado.
Hasta el momento, muchas de ellas lograron su reconocimiento –aunque
sin subvención estatal– como parte de la gestión
privada, un encasillamiento que colisiona con su espíritu,
naturaleza y visión educativa.
“Estamos ante una etapa histórica fundamental,
en la que la educación de gestión social
puede ser un modelo replicable de gestión educativa
para afrontar el tremendo desafío de la educación
secundaria obligatoria en nuestro país”, plantean
los integrantes de la Asociación Nacional de Educación
de Gestión Social. Además, reivindican “una
educación que sea reflejo de nuestra cultura y valores”,
la “equidad educativa para toda la comunidad” y
el “compromiso de calidad pedagógica”.Y
reclaman “que
el Estado financie a estos nuevos actores educativos que,
por su experiencia, merecen ser visibilizados”.
Por lo pronto, la realidad parece mostrar que, de algún
modo, se empezó a transitar ese camino. Justamente,
con motivo de la implementación de la Asignación
Universal por Hijo, el Ministerio de Educación de
la Nación convocó el 19 y 20 de marzo pasado
a un encuentro para la conformación de una red que
articulará el trabajo de mil organizaciones sociales
que buscarán el reingreso o la incorporación
de adolescentes y jóvenes en el sistema educativo.
La denominada Red de Organizaciones de la Sociedad Civil
por el Derecho a la Educación estará coordinada
por el Ministerio de Educación junto a la Fundación
de Organización Comunitaria (FOC), la Fundación
SES y Cáritas Argentina. En este sentido, el jefe
de Gabinete de Asesores del Ministerio de Educación,
Jaime Perczyk, admitió que “la deuda más
grande que tenemos es con los chicos que ni siquiera llegan
a estar inscriptos en la Asignación; chicos
que no saben que tienen el derecho a tener ese derecho”.
En tanto, el director de la FOC, Juan Pablo Yovovich, planteó que
las OSC tienen que “poder ver que existe un Estado
preparado para llegar a cada barrio” y destacó la
necesidad de “acompañar
este momento para poder lograr grandes transformaciones”.
Un universo incompleto Según datos oficiales del
Ministerio de Educación de la Nación, el
sistema educativo en su conjunto incluye a 10.793.945 alumnos,
de los cuales 8 millones (el 74 por ciento) asiste a escuelas
de gestión estatal y casi 2,8 millones (cerca del
26 por ciento) a establecimientos privados.
De ese conjunto, el único distrito que registra
una paridad entre el sistema estatal y el privado es la
Ciudad de Buenos Aires, donde prácticamente la matrícula
se distribuye en un 50 y un 50 por ciento. En la provincia
de Buenos Aires, en cambio, las escuelas del Estado concentran
al 68 por ciento del alumnado, mientras que las privadas,
al restante 32. En el interior del país, este escenario
se profundiza aún más: en provincias como
Santiago del Estero, el 86 por ciento de los estudiantes
se encuentra bajo el paraguas del Estado, mientras que
en Jujuy ocurre lo mismo con el 90 por ciento y en Santa
Cruz, con el 85 por ciento del alumnado.
De este modo, en la mayor parte del territorio, la oferta
estatal es la que cubre mayoritariamente la demanda educativa.
Sin embargo, los interrogantes se abren en torno de la
demanda que el Estado no llega a cubrir y a los pibes que
el propio sistema expulsa de las aulas. Sólo en
la Ciudad de Buenos Aires, según la Asociación
Civil Igualdad y Justicia (Acij), 8 mil chicos están
fuera de la educación inicial a pesar de que la
Constitución
porteña establece la obligación de asegurar
y financiarla desde los 45 días de edad.
En la provincia de Buenos Aires la situación es
similar. El estudio Desigualdad en el acceso a la educación
realizado por la Asociación por los Derechos Civiles
(ADC) revela insuficiencia de oferta educativa. Según
la OSC, la ausencia de vacantes va “en contraposición
a los principios básicos de derechos humanos de
universalidad, igualdad y no discriminación”.
Además, a nivel bonaerense, señala que las
políticas adoptadas “no parecen estar priorizando
la situación de los repitentes”.
Primeros pasos
Delia Juárez es presidenta del jardín Caminito
de colores, de la localidad bonaerense de González
Catán, y lidera una de las agrupaciones que integra
la la Coordinadora de Jardines Comunitarios de La Matanza. “La
nuestra, como muchas otras, es una experiencia que nace
a partir de una necesidad concreta de la población”,
cuenta y recuerda que allá por 1991, a lo primero
que un grupo de madres del barrio buscó responder
fue a la necesidad de leche para chicos desnutridos. “Una
vez que la conseguimos, pensamos en un programa alimentario
cooperativo y, cuando dimos ese paso, empezamos a pensar
qué podíamos
hacer por estos chicos que no tenían adónde
ir a la escuela”, señala. Caminito de colores
fue uno de los tantos jardines y escuelas que, en el 2006
fueron incorporados a la educación de gestión
privada. “Fue una etapa muy difícil, porque
generó un quiebre”, asegura Juárez.
Sin embargo, hubo una variable que los decidió a
dar ese paso y fue la posibilidad de elegir ellos mismos
a los docentes, algo que no hubiesen podido hacer en el
sistema estatal.
Con los años, la Coordinadora de Jardines Comunitarios
de La Matanza fue aglutinándose con otras redes
y juntas promovieron, el año pasado, la formación
de una mesa de diálogo con las autoridades educativas
de la provincia. Daniel García, asesor de la diputada provincial
Sandra Cruz, una de las impulsoras de este espacio de articulación,
destaca el “fuerte reconocimiento en el territorio” de
estas experiencias y afirma que “desde el área
de Desarrollo Social hay distintos programas que atraviesan
a los jardines”, pero desde el punto de vista educativo, “se
está pensando en un programa concreto de capacitación
con recursos” para que estas experiencias comiencen
a tener “un reconocimiento efectivo”.
La ansiada terceridad
Río Negro es el único distrito en el país
que cuenta, desde hace dos años, con una ley específica
que define, regula y asegura apoyo a la educación
de gestión social, como una modalidad educativa
con identidad propia, más allá de la tradicional
división entre estatal y privada. En tanto, Mendoza
se encamina hacia ese objetivo.
En ese marco se inscriben, por ejemplo, las propuestas
de la Fundación Gente Nueva, que cuenta con una
decena de instituciones educativas, desde jardín
maternal hasta secundario, en diferentes barrios de San
Carlos de Bariloche. “Las diez escuelas son públicas
de gestión social, que es una categoría pensada
para sectores vulnerables, que proviene de la articulación
del Estado y la sociedad civil. Son totalmente gratuitas
y dan un servicio educativo de calidad”, define Gustavo
Gennuso, presidente de la Fundación. “En nuestras
escuelas, la participación comunitaria es importante
y tratamos de que se involucren padres, alumnos y docentes.
Además, son innovadoras al tratar de dar la mejor
respuesta para cada una de las situaciones particulares”,
precisa. Justamente, una de las características
que define a este tipo de educación es la horizontalidad,
la participación de toda la comunidad educativa
en la toma de decisiones. Claramente, este rasgo la diferencia
de la estructura verticalista, piramidal, que signa a la
gestión estatal y a la privada.
En este sentido, Patricia Redondo, magister en Educación,
docente e investigadora de la UBA, asegura que “lo
mejor que le puede pasar a estas experiencias es que logren
sostener su singularidad”. Incluso, señala
que la posibilidad de un reconocimiento de experiencias
de gestión social “está muy bien, en
la medida que el Estado no se desresponsabilice de ser
el garante de la educación”.
“Si se conjugan la multiplicidad de experiencias
de las organizaciones sociales con la responsabilidad del
Estado en financiamiento, recursos y acreditación,
se resolverían muchas cosas que hoy se están
solucionando por la vía penal”, afirma la
especialista y resume:“
El papel del Estado es indelegable; y el de las organizaciones
sociales es irreemplazable”.
A la luz del camino recorrido por la Fundación Gente
Nueva y de las puertas que se abrieron en Río Negro
a partir del reconocimiento legal de la gestión
social como modalidad educativa, Gennuso plantea un desafío: “Ahora
apuntamos a profesionalizar el tema y, para eso, es necesario
promover la formación en educación popular
desde el sistema formal”.
Una pedagogía diferente
Quienes llevan adelante la Cooperativa Educacional Olga
Cossettini, apuestan a una pedagogía y una didáctica
diferentes, alejadas de lo que propone la educación
convencional.
Por eso, docentes y padres conformaron una cooperativa
de trabajo y decidieron mantenerse al margen del sistema
formal: “Cuando
nos enfrentamos a la estructura del Ministerio, hubo algunas
cosas estructurales que no estábamos dispuestos
a ceder”, relata Erika Scheuerlein, docente e integrante
de la cooperativa. Ocurre que, como afirma Redondo, “hay
experiencias que no buscan que el Estado las reconozca
y, desde allí, sostienen su singularidad”.
En vez de estar divididos en el tradicional esquema de
salas y grados, los chicos que asisten a esta escuela de
la localidad cordobesa de Capilla del Monte van transitando,
de manera flexible,
los siete grupos en los que está organizada la trayectoria
educativa.
“Es una educación más personalizada
que, esencialmente, se plantea a partir del contacto con
el arte y la naturaleza”, cuenta Scheuerlein. Ella
trabajó doce años como maestra en el sistema
formal y lleva siete en esta propuesta: “Acá el
compromiso no es imposición, sino que parte del
debate.
Acá hay compromiso y creatividad”, resume
la docente.
Para no quedar luego marginados del sistema formal y poder
continuar así con sus trayectos educativos, los
alumnos de la escuela Olga Cossettini tienen la posibilidad
de rendir, el último año, un examen en una
escuela de la zona y así acreditar los saberes y
obtener la certificación correspondiente al primario
completo. “Hace ocho años que los chicos rinden
y siempre lo hacen
bárbaro, es decir que terminan teniendo los contenidos
requeridos por el sistema formal y aun más”,
asegura la profesora.
La particularidad de este establecimiento se refleja también
en la manera que tiene de sostenerse económicamente:
los padres deben pagar una cuota cercana a los 120 pesos
mensuales y, además, “50 cossettones, que
es como una moneda de trueque que se paga con trabajo o
servicio para la cooperativa”, señala. Además,
los docentes también cobran en pesos y en cossettones,
de modo que una parte de su sueldo se la llevan en dinero
y el resto lo reciben en servicios, a modo de trueque.
Vuelta de tuerca
“Lo que el sistema formal podría aprender
de las experiencias educativas comunitarias es la mirada
más integral, que claramente tienen en cuenta los
contextos, les dan una vuelta de tuerca y colocan mayor énfasis
en la intencionalidad emancipadora de la educación,
y no en su intencionalidad reproductora y socializante”,
analiza Ingrid Sverdlick, investigadora del Laboratorio
de Políticas Públicas y docente investigadora
de la Universidad Pedagógicade la provincia de Buenos
Aires.
En este sentido, destaca que “lo que producen este
tipo de organizaciones es mucha más identidad y
un espacio comunitario donde está muy presente el
valor de la solidaridad”. De hecho, asegura que “la
gran mayoría de los docentes cobra muy poco o directamente
no cobra por su trabajo, y entiende su tarea con la idea
de militancia, en el sentido de compromiso social”.
Y agrega: “No sólo los docentes asumen este
compromiso; también lo hacen las familias, que ponen
mucho el cuerpo en la propuesta educativa”.
En las afueras de Río Cuarto, una familia decidió empezar
a construir un mundo distinto y convirtió ese sueño
en realidad en 70 hectáreas. Ellos fueros Manuel
Schneider y Patricia Barrera, creadores de la Granja Siquem.
Se trata de una propuesta educativa emancipadora.Todos
los días, 60 pibes de entre 8 y 20 años son
protagonistas
de su propia historia.
“Acá está el chico que no entró en
la escuela del barrio o que fue expulsado por tener problemas
de delitos o ningún tipo de contención. Ellos
pasan todo el día en la escuela-granja y luego al
final de la jornada, 40 de ellos vuelven a sus casas y
20 viven acá, porque su familia y su casa es la
granja”,
relata Schneider.
Del total de 60 pibes, 20 cursan la primaria multigrado,
que funciona con dos maestros y diez chicos por aula.
“Este es el núcleo más fuerte y complejo,
y allí ponemos mucha energía por el tamaño
del desafío, porque se trata de chicos que quizás
nunca estuvieron en el sistema educativo o que fueron expulsados
de muy chiquitos”, indica el responsable de la granja.
Los otros 40 pibes se distribuyen en los seis años
del secundario, que tiene una estructura bastante similar
a la de una escuela tradicional.
Una vez a la semana, los alumnos de cada curso hacen un
día de campo, durante el cual llevan adelante todas
las actividades para sostener el sistema de producción
de la granja, como parte del proceso de aprendizaje. En
ese sentido, Schneider plantea: “Acá, sí o
sí, los contenidos tienen que estar relacionados
con la vida del chico”.
“Se trata de una construcción comunitaria
donde hay participación real de los pibes y donde
su vida entra al aula.
Nosotros ponemos el acento en trabajar sobre las causas
que generaron la situación en la que viven, en el
concepto de justicia y en el de trabajar para ellos y para
sus iguales. Hay una concepción real llevada a la
práctica de educador y educando como sujeto histórico
de transformación”, sostiene.
Deserción cero
Si hay algo que caracteriza a las experiencias educativas
comunitarias es el bajo, prácticamente nulo, grado
de deserción. “En las escuelas de gestión
social rige la horizontalidad y eso genera participación.
Los docentes, los padres, los vecinos, los alumnos, el
conjunto de la comunidad educativa está realmente
involucrado y tiene un sentido de pertenencia muy fuerte.
Por otro lado, hay una permanente reivindicación
y puesta en práctica de la educación popular,
que revaloriza todos los conocimientos y los pone en acción,
respetando las historias de vida de los alumnos”,
describe Ana María Fernández, de la Asociación
de Educación de Gestión Social y representante
de la Escuela Julio Cortázar, de Moreno.
“Por estos motivos, en este tipo de experiencias
no tenemos el problema de la deserción”, asegura.
También
Sverdlick, del Laboratorio de Políticas Públicas,
coincide con esta lectura: “En esas escuelas no hay
deserción e, incluso, los chicos que salen de jardines
comunitarios son exitosos en primer grado”, afirma.
Bachilleratos populares
Los bachilleratos populares surgieron después del
2004, impulsados por organizaciones territoriales y movimientos
sociales, al calor de fábricas recuperadas, trabajadores
y desocupados movilizados. Se estima que hoy suman una
treintena de establecimientos en la Ciudad de Buenos Aires
y el conurbano, y que allí estudian unos dos mil
jóvenes y adultos.
“Nosotros fuimos el primer bachillerato abierto desde
una organización sindical de trabajadores”,
indica Diego Tavormina, director de la Escuela Rodolfo
Walsh, de Morón, perteneciente a la Mutual de Vendedores
de Diarios, Casa del Canillita José Muñiz. “Esto
surgió de un grupo de canillitas, que junto a trabajadores
estatales y desocupados, decidimos tomar cartas en el asunto”,
relata.
En este sentido, cuenta que en la Walsh los contenidos
de las materias “se discuten con los trabajadores,
con los estudiantes y toda la currícula se arma
en vinculación con las problemáticas
territoriales de los trabajadores”.
Además, plantea que “la escuela tiene que
adaptarse a la realidad del laburante y, en vez de condenarlo
a que no estudie, debe abrirle las puertas” para
que pueda hacerlo.
Financiamiento educativo
Si bien en sus reclamos hacia el Estado los movimientos
y organizaciones sociales que llevan adelante experiencias
educativas de gestión cooperativa o social ponen
por delante la legitimación de sus prácticas
y el reconocimiento de la propia gestión social,
lo cierto es que detrás de eso se pone en cuestión
también el tema presupuestario.
“En lo que respecta al presupuesto educativo, no
hay en Argentina una distribución equitativa, sino
que es absolutamente arbitraria, caprichosa y, en muchas
ocasiones, no tiene en cuenta a quiénes van dirigidos
los fondos”, considera la presidenta de la Asociación
Nacional de Educación de Gestión Social. “Hay
escuelas privadas que tienen 100 por ciento de subvención
estatal y cobran cuotas siderales”, grafica Fernández.
La mujer sostiene que la asociación que preside
está “en
la búsqueda de un pronunciamiento del Consejo Federal
de Educación que dé precisión jurídica
y social de lo que sería el término de gestión
social, incorporado en la Ley Nacional de Educación.
Esto implicaría reglamentar la Ley de Educación,
lo que nos abriría las puertas para reclamar ante
cada ministerio provincial el respectivo apoyo y la participación
en el gobierno de la educación, como así también
financiamiento”. Y subraya: “Buscamos ser un
actor educativo con visibilidad y en igualdad de condiciones
que el resto”.
En este sentido, Redondo coincide en que “la distribución
equitativa de la riqueza tiene una asignatura pendiente
en lo educativo”. Mientras, Catalina Thölke,
asistente técnica de la Campaña Argentina
por el Derecho a la Educación confía en que “el
financiamiento viene después, una vez que se legitiman
las prácticas”. Por eso, asegura que a las
OSC “no nos interesa que sea desde allí (desde
la cuestión presupuestaria) la lucha, sino desde
la
reivindicación de las prácticas y su legitimación”.
En este sentido, todos confluyen en ver a la implementación
de la Asignación Universal por Hijo como “un
gran salto cualitativo” que a la vez abre una oportunidad,
al empujar a la reinserción en el sistema educativo
a miles y miles de chicos expulsados, marginados y excluidos
de las aulas. Quizá, se trate justamente de capitalizar
esta oportunidad en favor del derecho de los pibes a recibir
educación, llave fundamental
para que empiecen a forjar su futuro.
Ni estatal ni privada
POR ADRIANA PUIGGRÓS
El tema de las experiencias educativas llevadas adelante
por organizaciones y movimientos sociales es una cuestión
nueva a la que ha que responder. En Argentina la
educación
comunitaria ofrece ricas experiencias que deben ser tenidas
en cuenta. Es necesario definir una terceridad, y establecer
con mucho cuidado dónde
empieza y dónde termina.
En la dictadura del golpe del ’76 se produce un corte
muy fuerte en el sistema educativo, signado por el profundo
deterioro de la escuela pública
estatal. Surgen grupos de mamás cuidadoras y experiencias
de atención
popular directa a la educación ante la ausencia
del sistema escolar y la falta de atención
a la pobreza. Con la hiperinflación se multiplicaron
los comedores escolares, que comenzaron a atender a chicos
excluidos de las escuelas públicas.
Hacia fines de los ’90, en muchas provincias empieza
a haber un tercer sector, ni estatal ni privado tradicional,
que proporciona educación
de manera autofinanciada, que no recibe subsidios del Estado
y que no cobra cuotas o, si lo hace, son mínimas.
A la crisis en sí misma, se sumó en esa etapa
la destrucción de la red de ferrocarriles, que dejó aisladas
a innumerables escuelas. Allí aparecen
ofertas educativas locales y comunitarias.
Después de 1995, cuando comienza a observarse un
deterioro de la clase media y de otros sectores en sus
condiciones socioeconómicas,
cobran mayor fuerza las actividades de educación
comunitaria y popular, que se inician como experiencias
pedagógicas de algunos sectores de la clase media
frente a un Estado que lentifica la atención de
la demanda y una falta de actualización
pedagógica en el sistema escolar.
Cuando en el 2006 estuvimos al frente de la Dirección
de Cultura y Educación de la provincia de Buenos
Aires (DGCyE), este tipo de organizaciones había
crecido enormemente y demandaban al Estado atención
y recursos. Allí también
nos dimos cuenta de que era imposible seguir sosteniendo
jardines, escuelas y bachilleratos sin ninguna norma de
seguridad sanitaria, ni de capacitación
de los docentes. Creamos la Dirección de Alternativas
Educativas e hicimos una convocatoria para ver cómo
respondíamos a los problemas de este sector. Se
presentaron 2 mil organizaciones. En esa etapa, entonces,
les dimos un estatus especial dentro de la Dirección
de Educación de Gestión Privada.
En Argentina no hay un tercer derecho en materia educativa.
Muchas de estas organizaciones no quieren pasar a pertenecer
al Estado porque tendrían
que someterse al Estatuto del Docente y quieren conservar
la potestad de elegirlos, y también se resisten
a incorporarse al sector privado porque contradice sus
principios. Recién ahora, con la implementación
de la Asignación Universal
por Hijo, los más pobres en Argentina están
siendo recogidos por la escuela pública,
luego de que fueran expulsados del sistema educativo en
los ’90. En este marco, el problema
de infraestructura no es un escollo para responder a la
demanda educativa. Por el contrario, se han construido
725 nuevas escuelas y se construirán mil más,
un número que no se registraba desde
el gobierno de Juan Domingo Perón.
El Estado no está en deuda con la educación
de gestión social, sino que está en deuda
con el crecimiento del sistema escolar. En este sentido,
la terceridad cuenta entre sus fortalezas la de atender
en lo inmediato necesidades frente a las cuales el sistema
consagrado tiene respuestas mucho más lentas y a
veces tardías. Además, se trata de experiencias
muy creativas que han nutrido, en gran parte, la innovación
educativa.
Sin embargo, hay en este universo ciertas asignaturas pendientes:
una de ellas, la capacitación docente y, la otra,
la protección
institucional. Se trata de un camino que amerita recorrer.
Diputada Nacional (FG-FpV). Presidenta de la comisión
de Educación.
Pablo Urquiza, director nacional
de Políticas
Socioeducativas del Ministerio de Educación de la
Nación
“La gestión social implica más educación”
Está al frente de la dirección encargada
de promover la inclusión y retención de los
chicos en la escuela. Afirma que el debate en torno de
los establecimientos de gestión
social no debe limitarse a los presupuestos y la certificación,
sino a buscar modalidades que les permitan conservar su
identidad.
–¿Cuáles son
las fortalezas y debilidades que percibe en las experiencias
sociales educativas?
–Vemos que hay mucha vocación de servicio
y trabajo social, comunitario, con una marcada preocupación
por realidades particulares.También, la posibilidad
de pensar formas educativas no tan tradicionales o tan
normativas. Sin embargo, este aspecto es el que muchas
veces traba la posibilidad de que estas escuelas, jardines
o bachilleratos sean reconocidos formalmente, al no encuadrarse
en los parámetros
normativos de la gestión estatal o la privada.
–¿Qué hace el
Estado frente a las demandas de reconocimiento de los espacios
educativos comunitarios?
–Nosotros promovemos acompañamiento a estos
procesos, con la intención de ver cómo institucionalizarlos
y cómo darle forma a esa institucionalización.
Ahora fortalecemos a una red de organizaciones que promoverán
el ingreso de chicos al sistema educativo, en el marco
de la obligatoriedad impuesta a los beneficiarios de la
Asignación Universal por Hijo.
–¿Se puede pensar en una “terceridad” en
el ámbito educativo?
–La Ley de Educación da un primer gran margen
que permite que vayamos avanzando en ese sentido y, desde
el Ministerio de Educación, está constituida
una Mesa de Organizaciones Solidarias con la Educación.
La idea es avanzar en acuerdos para que, a través
del Consejo Federal de Educación,
se vaya implantando la temática a nivel nacional.
–¿El Estado no debería pensar también
en nuevos formatos educativos?
–Por supuesto. ¿Qué va a pasar con
un chico que tiene 16 años, que dejó cuarto
grado y nunca volvió a
la escuela?
¿Qué pasa con esa familia que, al recibir
la Asignación Universal, asumió el compromiso
de incorporarlo al sistema educativo?
Frente a estas realidades, se están pensando nuevos
formatos y acá pueden entrar estas experiencias
llevadas adelantes por organizaciones y movimientos sociales.
–¿Se puede decir que estamos en un punto de
inflexión en el debate en torno del sistema educativo?
–Estamos en un punto de posibilidades, de nuevas
oportunidades, modalidades y caminos que nos permitan lograr
esa obligatoriedad que establece la ley.
–¿Cuáles son los desafíos?
–Hay que pensar y trabajar aspectos normativos que
permitan definir este territorio, que tiene que ver con
ciertos modelos institucionales y pedagógicos que
le otorgan identidad.
Por eso, el debate no debe limitarse a los presupuestos
y la certificación sino que, justamente, hay que
buscar modalidades para que conserven la identidad que
las identifica, que es justamente la fortaleza de la educación
de gestión social.
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Primer
paso: alfabetizar
Lo
importante no es sólo que puedan aprender cuál
es la ‘a’ o cuál es la ‘m’,
sino
que se pueda generar una reflexión crítica de la realidad”,
afirma Eva Belza, responsable
del Programa de Alfabetización del Movimiento Barrios de Pie, que lleva
adelante
la iniciativa en 20 provincias, 30 distritos del conurbano bonaerense y en la
Ciudad
de Buenos Aires. Las tareas de enseñar a leer y escribir a algunas de
las 765 mil personas
analfabetas que hay en Argentina según el Censo de 2001, se enmarcan en
el
Programa Nacional de Alfabetización Encuentro, nacido en 2004, a partir
de la convocatoria a organizaciones sociales. “La composición de
las personas que vienen a los centros es muy heterogénea, desde personas
de hasta 80 años que nunca fueron
a la
escuela hasta personas de entre 30 a 50 años, con experiencias escolares
frustradas”, cuenta Belza.
Durante 2009 y como parte del Encuentro, funcionaron 10.100 centros de alfabetización
en el país, por donde transitaron 59.400 personas. Para Sergio de la Vega,
coordinador de Alfabetización y Primaria de Adultos del Ministerio de
Educación
de la Nación, “estos espacios se convierten en lugares de articulación,
porque desde allí también se intenta dar respuesta a otras problemáticas.
Se trata de un pequeño
primer paso hacia
la inclusión que permite, a la vez, volver a crear redes sociales.”
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Educador
con alma
Para todos, él es Chicho. Domingo Moyano tiene
41 años y no sólo vio nacer a la Granja
Siquem, en el paraje rural Las Higueras, a pocos
kilómetros
de la ciudad cordobesa de Río Cuarto, sino
que fue protagonista de ese crecimiento. Cuando llegó al
establecimiento, hace más de 15 años,
tenía sólo
hasta primer año del secundario cursado y
años
en un instituto de menores. Por eso, cuando
nació la escuela en el corazón de Siquem,
decidió retomar
los estudios mientras trabajaba en el invernadero
y vivía en el lugar, junto a Manuel Schneider,
su esposa Patricia Barrera, y los hijos de ambos.
Hoy Chicho es educador en Siquem y papá de
cinco. “Después de
todo lo
que me tocó vivir tener hoy el privilegio
de aportarle algo a los chicos que llegan y aconsejarlos
es una satisfacción inexplicable”,
afirma y sostiene: “No es lo
mismo que venga un profesional y los aconseje. Los
pibes necesitan la palabra
de alguien que haya vivido algo parecido a ellos”.
Este educador ingresó a los 4 años
a un instituto donde había 250 pibes con hambre
y malos tratos detrás. “Acá encontré
muchas cosas diferentes: afecto, cariño, amor
y libertad”, resume y concluye:
“Yo no podía crecer porque no era respetado;
sólo valía la palabra del
otro”. |
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La
gestión social en la Ley de Educación
El texto de la Ley de Educación Nacional (la 26.206)
señala que el Estado Nacional,
las provincias y la Ciudad de Buenos Aires “reconocen,
autorizan y supervisan” el
funcionamiento de “las instituciones educativas de
gestión privada, confesionales o no confesionales,
de gestión cooperativa y de gestión
social”.
Además, afirma que el Sistema Educativo Nacional
está integrado por “los servicios
educativos de gestión estatal y privada, gestión
cooperativa y gestión social”.
Por otro lado, en su artículo 140, indica que el
Consejo Federal de Educación “acordará
criterios generales y comunes” para orientar el “encuadramiento
legal” de las instituciones
educativas de gestión cooperativa y social, y las
normas que regirán su reconocimiento, autorización
y supervisión.
El Consejo avanzó en el 2007 en una definición
de las escuelas de gestión social a través
de un “borrador para la discusión”.
Allí las define como “espacios de inclusión
social” gestionados por organizaciones sociales,
que “aplican
metodologías acordes con la comunidad que atiende”.
Además, indica que “registran
horizontalidad de relaciones” y
que procuran “financiamiento para la gratuidad” del
servicio que brindan. |
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Un
espacio para la discusión regional
Miembros de organizaciones de diez países
de la región dieron a luz la Plataforma
Climática
Latinoamericana. La propuesta surgió teniendo
en cuenta que si bien el cambio climático
es un drama global, “la
región tiene especificidades y problemáticas
comunes aunque realidades diferentes, y con
esta plataforma no queremos homogeneizarlas”,
definió María
Eugenia di Paola, directora Ejecutiva de
Farn, una de las cinco entidades argentinas
entre las 20 que integran ese espacio. El
fin es analizar esas situaciones, hacer recomendaciones
a los gobiernos y fomentar
el diálogo intersectorial. “La
mitigación de los GEI (Gases de Efecto
Invernadero), un eje
que se trabaja a nivel global, y la adaptación,
un tema que preocupa a los países
en vías
de desarrollo, son dos de los puntos sobre
los que se concentrará el espacio.”
La posición es clara: “Los (países)
que más emiten tienen que presentarse
como aquellos
que brinden mayor asistencia”. Ésta
también fue la posición de
Argentina, que a pesar
de ser parte del G77, no integra un espacio
regional. “Es por eso que es importante
que
exista un análisis conjunto entre
organizaciones de la sociedad civil”,
concluyó Di Paola. |
Escolarización
desacartonada
Ellos se esconden detrás de las viseras
de sus gorros. De vez en cuando esbozan una
sonrisa y responden, tímidos. Ellas ríen y,
por momentos, buscan complicidad en su
tutora. Una tiene 16 años y aún no eligió el
nombre del hijo que lleva en su enorme panza
de siete meses, pero sabe que algún día será veterinaria,
maestra jardinera, “o algo”,
como coinciden todos. Se trata de los alumnos del Centro
de Escolarización para Adolescentes y Jóvenes
(Cesaj) del partido bonaerense de San Isidro, quienes después
de abandonar la escuela secundaria o de nunca comenzarla,
decidieron retomar sus estudios a través de esta modalidad
impulsada por la Dirección
General de Cultura y Educación de la provincia de
Buenos Aires.
Estos centros nacieron hace dos años, con la idea
de ofrecer a chicos expulsados o excluidos del sistema la
posibilidad de cursar el ciclo básico
de la educación secundaria para luego poder continuar
los estudios en el ciclo superior. Sentados en torno de una
mesa de trabajo de madera, con decenas de maquetas de conexiones
eléctricas colgadas en las paredes y herramientas
de todo tipo, 5 de los 18
chicos, de entre 15 y 18 años, que empezaron a cursar
el segundo año en el Cesaj San
Isidro muestran orgullosos el prototipo de un velador que
pretenden producir, con hierro
forjado en forma de corazón.
A ese objetivo, Camila, Bárbara, Natalia, Leandro
y Matías, entre otros, dedicarán las dos veces
por semana que asistirán al Centro de Formación
Profesional 403.
Es que uno de los pilares fundamentales
de los dos años que
recorren en el Cesaj es la formación para el trabajo.
El resto de los días irán a la sede de la Biblioteca
Popular Club de Madres Barrio Sauce,
la OSC que, junto a la Dirección de Escuelas, lleva
adelante este Cesaj. Allí los estarán
esperando María Cristina Vallejos, de la Biblioteca;
Claudia Greco Palacios, la tutora; e Inés y Paola,
operadoras del Proyecto Adolescentes en el barrio.
Todavía es pleno verano y los chicos ya están
allí. Lejos de pizarrones, tizas, directores y
amonestaciones, las clases se están armando y la maquinaria
se pone en marcha. Ellos
hablan y son escuchados. Cuentan que “aprenden” y
la “pasan bien”. Incluso, tienen a los mismos
profesores o maestros que en algún momento
tuvieron en la escuela formal pero, acá, la historia
es otra. “Ramiro, el profe
de matemática, allá (en el establecimiento
educativo)
era súper acartonado, una piedra, y acá se
soltó, y la pasamos bárbaro”, cuentan
los
alumnos, los mismos que ya no bajan la mirada ni se escabullen
detrás de las viseras. |
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