Año 16, Nro 76 Nota de Tapa
 

Líderes sociales

Encabezan propuestas innovadoras. Saltaron a la escena pública por su contribución a mejorar la realidad de sus comunidades. Algunos ejercen un liderazgo personalizado, otros responden a procesos participativos. Muchos eligen incursionar en la política. Quiénes son y qué hacen algunos de los referentes sociales más destacados de Argentina.

Textos LUCIANA ROSENDE

Muchos de ellos no se reconocen como líderes. Consideran que esa denominación remite a estructuras personalistas y verticalistas, y no se sienten identificados con eso. Sin embargo  están a la cabeza de movimientos, emprendimientos u organizaciones que convocan, representan y ayudan a miles y miles de personas. Hombres y mujeres que sí los ven como líderes, pese a su reticencia.
Ya sea en comedores, cooperativas de trabajo, organizaciones ambientalistas, emprendimientos educativos o cualquier otro espacio comunitario, los líderes o referentes sociales aparecen en todos los casos.

Amparados en largas trayectorias de lucha y caracterizados por pretender siempre ir por más, las y los que asumen un rol de liderazgo se enfrentan al desafío de lograr que las iniciativas que impulsan crezcan como espacios amplios y participativos. ¿Es posible tal cosa? ¿Un liderazgo fuerte es compatible con una construcción colectiva?.

“¿Me puedo sacar una foto con vos?” La pregunta se repite una, dos, muchas veces en Parque Lezama, en el acto organizado para anunciar la movilización de pueblos originarios. Una, dos, muchas fotos se saca Milagro Sala con quienes se lo piden. Recién después se aleja unos pasos del gentío para contestar algunas preguntas. “Te digo humildemente que todavía no me siento una líder social, porque me falta mucho”, dice la principal referente del movimiento Túpac Amaru,
pese al protagonismo que adquirió en los últimos tiempos. “Para ser líder social hay que llegar a todos los sectores donde hay necesidades.Y todavía no hemos llegado”, explica.

“Persona a la que un grupo sigue reconociéndola como jefe u orientadora”, dice la Real Academia Española para definir al término “líder”.
¿Por qué muchos de los referentes de organizaciones y movimientos sociales eligen no señalarse como tales? “Dentro de la discusión de la década del ’90 y principios de 2000, la palabra líder ni siquiera se usaba en las ciencias sociales porque se suponía que los movimientos eran horizontales; se tomaba como dado algo que era una consigna o una orientación de una práctica”, explica la antropóloga e investigadora de Conicet Virginia Manzano. “Creo que no hay ninguna organización que yo haya visitado que no tenga una práctica de asamblea. Pero en el día a día se sostiene con personalización.”

“Al convertirte en gobierno hay más herramientas. La ONG tiene un techo, no podés modificar profundamente la vida en tu comunidad.” Fabián Ferraro.

Esa coexistencia entre edificación de liderazgos y organización comunitaria y participativa se da en los distintos tipos de organizaciones y movimientos consultados. Siempre uno o algunos de los miembros del colectivo se constituyen en líderes; se convierten, por un lado, en la cara más visible del grupo y, por otro, en la persona a la que los demás miembros consideran como referente.

Pero, al mismo tiempo, se busca construir una estructura amplia, donde no sólo el líder tenga voz.
“Los referentes muchas veces toman decisiones operativas, pero las decisiones finales están en la asamblea. Por ahí el referente es el que sabe sintetizar el espíritu de lo que se decide en asamblea”, opina Gustavo Vera, uno de los gestores de La Alameda, colectivo que nació a fines de 2001, época de formación de asambleas barriales con ruido a cacerolazos, y que con el paso del tiempo se convirtió en cooperativa de trabajo textil, emprendimiento educativo y espacio de asesoramiento jurídico laboral para los trabajadores. “Soy un referente porque soy uno de los fundadores, pero acato lo que dice la asamblea”, aclara. Ser “uno de los más pobres” y seguir trabajando como maestro de grado –dice– contribuye a que los demás, pese a tener tanta voz y voto como él, lo consideren líder.

¿Nacen o se hacen? En el ámbito empresarial proliferan los cursos, conferencias y libros para aprender a ser líderes. Pero, más allá del mundo del marketing, ¿el liderazgo se aprende? Todos los entrevistados coinciden en que es una construcción que se da en la práctica. Sin embargo, hay también características personales que hacen que sean unos –y no otros– quienes se constituyan en las o los líderes de una entidad.

A partir de su trabajo de campo en movimientos y organizaciones de la provincia de Buenos Aires, Manzano da cuenta de dos principales dimensiones que hacen a la formación de los líderes: “Se van definiendo por una serie de tareas cotidianas que tienen que ver, por un lado, con el soporte de la sobrevivencia de las personas; saber si existen líneas para subsidiar proyectos, emprendimientos, comedores comunitarios. Y otra dimensión importante tiene que ver con la emotividad, con poder contener situaciones de desamparo profundas, por ejemplo, en lo cotidiano pasarse horas escuchando historias de sufrimiento de las personas de su barrio o de su organización”.

“Lo que caracteriza a los líderes es su perseverancia”, sostiene Ricardo Bertolino. Una trayectoria de más de 15 años –primero, como fundador de los Ecoclubes, y hoy, al frente del Movimiento Agua y Juventud– avala sus palabras.
Quienes detentan el lugar de conducción, “no aceptan un no como respuesta, piensan en la articulación de actores y planifican a largo plazo. Y hay algo innato: tienen un sueño y lo hacen convocante”, aporta Guillermina Lázzaro, directora Región Cono Sur de Ashoka, fundación abocada a la identificación y el acompañamiento de emprendedores sociales. La entidad se toma un largo tiempo para evaluar quiénes cumplen los requisitos para ser impulsados como líderes sociales y privilegian las propuestas innovadoras, el potencial personal y los valores. Los referentes elegidos reciben asistencia en cuanto a oratoria, manejo de recursos humanos y se les facilitan puentes para vincularse con otros sectores. Lo que se busca es que “los emprendedores vuelvan a replicar e inspirar a otros”, destaca Lázzaro. Sumándose a la concepción colectiva del liderazgo social, aclara: “Fortalecemos a personas, pero en tanto sean parte de un ecosistema de liderazgo.

“En la década de los ’90 estaba mal visto pasar del sector social al sistema de representación o bien a cargos públicos en el Estado.
En la actualidad esa división se licua y son varios los dirigentes sociales con vocación de disputar poder.” Carlos March, de Avina.


Hay una diferencia entre el desarrollo en Latinoamérica y en el mundo: en Estados Unidos es mucho más individualista, acá solemos hablar en plural”.
Félix Bombarolo, miembro de Nauyaka –grupo de profesionales abocados a procesos de desarrollo social–, tiene una mirada más negativa sobre la construcción de liderazgo:
“Se ha venido conformando una ‘imagen de liderazgo’ que responde a la cultura que hemos venido construyendo: excluyente, autoritaria, inculta, personalista, hedonista, frívola, paternalista y poco representativa del interés general. Así son nuestros líderes también, porque son parte de esta sociedad”.
Los intentos de determinadas personas por convertirse en líderes, plantea Bombarolo, suelen responder a “un mecanismo para acceder a posiciones de poder, ventajosas, privilegiadas, más que una forma de asumir un rol de servicio, componedor, desinteresado y altruista, como debería ser”.

Cuando ellas lideran

En quechua, Warmi Sayajsunqo quiere decir mujer perseverante.
Fue el nombre elegido por Rosario Quispe para bautizar la organización que gestó y conduce en La Puna.
Mujer colla, madre de siete hijos, Rosario comenzó a visitar comunidades de la región a los 21 años, junto a los curas de la Organización Claretiana para el Desarrollo.
Encontró hambre y mujeres solas, y les propuso trabajar juntas para salir adelante, poder enviar a los hijos a estudiar, tener ingresos propios. La producción de artesanías fue el primer desafío. Después llegarían la lucha contra la explotación minera, la producción comunitaria de tejidos, la generación y asignación de microcréditos.

“Yo trabajo para la gente. Organizamos La Puna lo mejor que podemos –cuenta desde la localidad de Abra Pampa–. Más de una vez me han ofrecido cargos políticos. Pero no me interesa. Vi a tantos compañeros perderse ahí… Donde estoy le sirvo a mucha gente. No tengo que fijarme si son radicales o peronistas, los veo a todos por igual.”

Desde aquellas primeras tareas junto al sacerdote del pueblo hasta hoy, Quispe ha transitado un largo camino: su emprendimiento llega a 87 comunidades y beneficia a más de tres mil familias.
“En el caso de las mujeres hay un discurso muy marcado de que lo hacen por el cuidado de los hijos, por el cuidado de la familia”, explica la antropóloga Manzano. Esta lucha nace, plantea la investigadora, de una visión tradicional de género: ellas, como responsables de alimentar a los niños. Sin embargo –analiza–, “si convivís un día con una mujer dirigente, toda su vida está articulada en lo público, muy poco en lo doméstico, porque tienen que estar en la calle, recorriendo casas de los vecinos, dependencias del Estado, haciendo reuniones”.

En general los primeros pasos hacia la construcción de un liderazgo social por parte de las mujeres implican un conflicto al interior de la casa. Pero, observa la antropóloga, si bien en un principio no había un acompañamiento, para que ellas se puedan constituir en líderes, hay un trabajo de sus unidades domésticas como un todo.

El salto a la política

A los 22 años, Fabián Ferraro era jugador de fútbol y veía con preocupación la situación de pobreza y marginalidad en la que se encontraban los chicos y adolescentes de su barrio, Chaco Chico, al oeste del Gran Buenos Aires. Fue así como decidió aprovechar el deporte de sus amores para generar un espacio de integración. Y fundó el Club Defensores del Chaco. Con el tiempo, la pelota dejó de ser la única herramienta de convocatoria: el club se convirtió en centro cultural, escuela de educación popular y ámbito abierto a toda la comunidad.

A partir de esa experiencia nació Fundación Fútbol para el Desarrollo (Fude), organización social que apunta a la integración a través del deporte y tiene alcances a nivel latinoamericano.
Y cuando su labor en el ámbito de las OSC ya estaba consolidado, Ferraro optó por dar el paso hacia la política: primero como concejal y luego –pensando en 2011– como candidato a intendente de Moreno.

“Fue una decisión colectiva. Fui uno de los que más se resistió. Pero al convertirte en gobierno hay más herramientas. La ONG tiene un techo, no podés modificar profundamente la vida en tu comunidad.
Creíamos que ya estábamos maduros para intentar ser gobierno”, explica Ferraro. Su mirada del paso a la política como una construcción colectiva tiene que ver con su apreciación sobre la figura del liderazgo social: “No creo en los iluminados.

Creo en los procesos colectivos. Sí creo que los líderes pueden motorizar los procesos. Si no entienden eso, el proceso se queda en el emprendedor”.
Gabriel Berger, director del posgrado de Especialización en Organizaciones sin Fines de Lucro de la Universidad de San Andrés, considera que el traspaso de nuevos liderazgos de sus ámbitos iniciales de actuación está relacionado con que el trabajo de las OSC “trasciende a la propia organización y su abordaje requiere actuar con mucha frecuencia en la esfera pública”.
Por su parte, Mario Roitter, investigador del Centro de Estudios de Estado y Sociedad (Cedes), marca una distinción entre el líder de una organización social y la figura que pretende constituirse como líder poproporción al espacio que le dan a esas personas los medios masivos de comunicación”.

Un antes y un después

Fueron muchos los emprendedores que, en los últimos años, se animaron al salto al ámbito político. “En Argentina estamos acompañando a cerca de 250 líderes sociales y empresarios.
De ellos, un 10 por ciento arrancó en una organización social y ahora está en el mundo de la política”, afirma Carlos March, representante en Argentina de la Fundación Avina, dedicada a la identificación e impulso de líderes sociales y empresarios.
“En la década de los ’90 estaba mal visto pasar del sector social al sistema de representación o a cargos públicos en el Estado. En la actualidad esa división pueril se licua y son varios los dirigentes sociales con vocación de disputar poder”, dice March, y señala la crisis de 2001 como punto de inflexión y “cambio de paradigma: el líder social entiende que debe involucrarse en política y tomar una actitud más proactiva”.

Pablo Forni, sociólogo e investigador de Flacso, también observa un quiebre en 2001: “Durante los años ’90 surgen líderes sociales por fuera de las estructuras de los partidos políticos tradicionales ante el aumento de la pobreza y exclusión social en general. Luego de 2001 –compara– muchos de estos líderes pasan a la política ocupando incluso cargos a nivel municipal, provincial y nacional”. El caso de líderes piqueteros que luego devienen funcionarios o candidatos representa, dice Forni, el ejemplo más claro.

Quien llega al terreno político partidario o al ámbito estatal después de haber transitado largos recorridos en organizaciones y movimientos está en condiciones de aplicar las herramientas adquiridas en la definición de políticas públicas. Tal es el desafío para los referentes sociales que se animan a dar el salto.

“Hay un aprendizaje y una metodología que se van desarrollando, existe una construcción interna para poder lograr determinados resultados.
Más allá de los temas puntuales tiene que ver con el abordaje de las políticas sociales. Se va aprendiendo en el transcurso, en el vínculo con la gente. Hay una cuestión vivencial muy importante”, resume Elisa Pineda. Hoy Coordinadora Territorial de la Comisión Nacional de Pensiones Asistenciales del Ministerio de Desarrollo Social, Pineda fue una de las mujeres que a principios de los años ’80 formaron un movimiento de educadoras sanitarias en Lomas de Zamora, que llegaría a tener cuatro mil integrantes; después de casi una década de trabajo, se convirtió en una de las fundadoras de la Fundación de Organización Comunitaria (FOC). “No creo en las figuras personalistas –aclara– Siempre hay un líder, pero debe generar equipos de líderes.” Mientras ella va por su tercera experiencia en el ámbito público, la FOC que contribuyó a fundar y presidió continúa su labor bajo la coordinación de otros. Más allá del individuo que esté a la cabeza, el colectivo continúa implementando programas que benefician a más de ocho mil niños, jóvenes y adultos.Y de eso se trata.

“No me defino como líder social” Ana Gravina

El Encuentro nació en un contexto de hiperinflación, pobreza y hambre. Corría el año 1989 y la crisis golpeaba también a las organizaciones sociales, que peleaban por subsistir. En ese marco, siete centros comunitarios bonaerenses optaron por unirse como medida de resistencia. Su fundadora, aún hoy al frente de la red, fue Ana Gravina.
“No me defino como líder –recalca de antemano–. Sin desconocer los liderazgos que existen, nosotros adherimos a la construcción horizontal. Reconociendo el valor de un liderazgo democrático y respetuoso, nos parece que el objetivo principal siempre ha sido construir con la base más amplia posible.”
Con el accionar colectivo como premisa, El Encuentro reúne hoy a 17 organizaciones (a veces algunas más, otras unas menos) abocadas a la alimentación, educación y desarrollo integral de bebés, chicos y jóvenes. La red funciona con reuniones periódicas que convocan a un representante de cada centro. Así, todas las organizaciones que forman parte trabajan en torno de criterios compartidos, pero a la vez continúan manejándose como entidades independientes. “Una de las cosas buenas de estar en red es que se genera una cuestión de avales y la responsabilidad es compartida”, explica Gravina.
Con una estructura que funciona aceitadamente desde hace más de 20 años, constituyendo una red de centros comunitarios que superaron ampliamente el objetivo de dar alimentos y beneficiando en conjunto a miles de niños y adolescentes bonaerenses, podría pensarse que su próximo paso será mutar de su rol de referente social por el de funcionaria pública o candidata partidaria. Pero no. “No pienso en pasar al ámbito del Estado porque tengo un sentimiento de pertenencia muy profundo. Éste es mi ámbito”, enfatiza. Sin dejar de considerar importante la articulación con el Estado “tenemos la convicción de que es fundamental”, dice esta líder social que no acepta definirse como tal y opta por continuar su tarea desde el centro de la red de organizaciones sociales que gestó, hace ya más de dos décadas.

Construir entre todos Milagro Sala

Es la cara visible de un movimiento que nació en Jujuy pero cuya red se extiende por distintos puntos del país. Es la principal referente de la Organización Barrial Túpac Amaru, que lleva más de tres mil viviendas construidas cooperativamente en barrios donde funcionan espacios recreativos para chicos y jóvenes, centros de integración comunitaria, fábricas textiles, bloqueras y metalúrgicas. Donde obtienen techo, trabajo y educación miles de niños, jóvenes y adultos. Sin embargo, Milagro Sala no se siente líder. “No soy yo, somos todos”, insiste. Un movimiento social funciona, para ella, tal como la construcción de viviendas que realizan las cooperativas de la Túpac: el proceso se lleva adelante entre todos, ladrillo a ladrillo. “Antes veíamos que en los partidos políticos decían la juventud por un lado, la rama femenina por otro, el centro de pensadores por separado, y así. Nosotros en la organización social lo que hicimos es juntar todo: demostramos que el joven puede trabajar con la madre, la madre puede trabajar con el padre, el padre puede trabajar con el hijo y con el joven de la esquina”, relata.
De hecho, la jujeña no adquirió notoriedad pública a partir de su papel en el movimiento social. La Organización Barrial Túpac Amaru llevaba años de trabajo y crecimiento cuando la figura de Milagro
Sala se volvió mediática. Y ocurrió no a partir del reconocimiento de su tarea sino del cuestionamiento de sus métodos, la acusación de autoritarismo, clientelismo y hasta de involucramiento en tráfico de drogas.
Aquellas acusaciones, disparadas en un primer momento por el senador Gerardo Morales y desmentidas con hechos en los barrios de la Túpac en Jujuy, terminaron contribuyendo a que la imagen de Sala como líder de la organización se difundiera por todo el país. Pero ella insiste en no reconocerse como tal. La tarea social debe trascender a las personas, sostiene. ¿Cómo? La clave está en que “en el trascurso de la lucha no creas que sos imprescindible”.

Liderazgo joven

Capacidad de coordinación, aprendizaje a través de la experiencia, espíritu emprendedor…
Las características que definen a los líderes sociales pueden darse también entre los jóvenes. Chicos y chicas que a muy corta edad deciden luchar por una causa social y se convierten en líderes de esos espacios, aunque no superen los veintipico.
Es el caso de Jorgelina Schmidt, coordinadora de la Red Nacional de Jóvenes y Adolescentes para la Salud Sexual y Reproductiva. Tenía 19 años y estudiaba Trabajo Social cuando comenzó a dar talleres de educación sexual en comedores y escuelas. Al poco tiempo, una profesora la vinculó a la Red y comenzó a adquirir y compartir herramientas para informar, sensibilizar y luchar por los derechos de jóvenes y adolescentes en materia de salud sexual. Hoy, a los 26, Jorgelina coordina una red que incluye a más de 20 grupos de 12 provincias. “No es que sé más que los demás, pero sí siento pasión por lo que hacemos y sé que puedo transmitir ese entusiasmo a otros, contagio”, dice para explicar su rol.
Anabella Nieto (foto) tiene un año menos: 25. Está a punto de recibirse de licenciada en Ciencias de la Educación y coordina el programa de promoción de lectura Queremos Leer, implementado por la Fundación Temas en escuelas de la Villa 21/24 de Barracas.
La meta es generar, tanto entre chicos en edad escolar como entre futuros docentes, el placer de la lectura. “Todavía no me siento líder, creo que estoy en una etapa de aprendizaje.
Se necesita un abordaje teórico, pero sin ir a las escuelas y estar en contacto con los chicos es imposible llegar a un rol direccional”, dice la coordinadora del programa
que llega, cada año, a unos 3.500 nenes y nenas. Matías Rubbino tenía 12 años cuando se acercó a un Ecoclub. Junto a otros chicos de su edad comenzó a organizar –en Entre Ríos– campañas mediáticas y actividades
en escuelas. “Tomé las riendas de mi grupo con tan solo 13 años –cuenta–, cuando decidí ser presidente local, fue allí cuando comencé a considerarme un líder social.” Con 18 años, Matías es hoy Presidente Nacional de Ecoclubes, coordinando grupos en todo el país. De cara al futuro, no piensa acercarse al ámbito político. Prefiere, en cambio, contribuir a la formación de nuevos líderes que tomen la posta: “Podemos tener muchas acciones pero sin jóvenes capaces de alimentarlas será imposible seguir creciendo”, sentencia.

Diez características de un líder social

Tiene capacidad de coordinar grandes grupos
Es la voz de decisiones tomadas en asamblea
Siente pasión por lo que hace, y la contagia
Predica con el ejemplo
Se destaca por su oratoria
Tiene predisposición para escuchar al otro
Persevera en sus luchas
Cada vez que alcanza una meta, apunta a la siguiente
Busca soluciones en otras experiencias de liderazgo
Se ocupa de la formación de nuevos líderes

CÓMO CONECTARSE

Ashoka
infoargentina@ashoka.org
4393-8646/8646

Fundación Avina
info.argentina@avina.net
4816 2400

Centro de Estudios
de Estado y Sociedad

cedes@cedes.org
4865-1707/04/12

Cooperativa La Juanita
cooperativalajuanita@hotmail.com
4698-0147/4281

Fundación de
Organización Comunitaria

comunicacion@fundacionfoc.org.ar
3526-1510

Fundación Ecoclubes
fundacion@ecoclubes.org.ar

Fundación Fútbol
para el Desarrollo

info@fundacionfude.org.ar
(0237) 463-7090

La Alameda
contacto@mundoalameda.com.ar
4671-4690 / 4115-5071

Fundación TEMAS
temas@fundaciontemas.org.ar
4821-8555 / 4827-3065

Movimiento Agua y
Juventud Internacional

www.waterandyouth.org

Nauyaka Desarrollo
Latinoamericano

felixbom@nauyaka.net

Organización Barrial Túpac Amaru
www.tupacamaru.org.ar

Red El Encuentro
redelencuentro@telered.com.ar
(02320) 426-786

Red Nacional de Jóvenes
y Adolescentes para la
Salud Sexual y Reproductiva

www.rednacadol.org.ar

Warmi Sayajsunqo
cirpa@arnet.com.ar


 

Un líder social en el Parlamento
Héctor Toty Flores
“El liderazgo social en el caso mío fue por necesidad, no por decisión”, define Héctor
Toty Flores, fundador del Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) de La Matanza y de la Cooperativa La Juanita. Su figura comenzó a tomar notoriedad cuando en
1997 rechazó los planes sociales asignados por el Estado, por considerar que se distribuían de forma clientelar.
La Juanita nació allá por 2001, hoy cuenta con talleres textil, de serigrafía y de reciclado
de computadoras. También, funcionan allí una panadería, un jardín comunitario y una editorial. Además, están en marcha un programa de microcréditos, una feria comunitaria, iniciativas de apoyo escolar y espacios recreativos y artísticos.
Es mucho. Pero quien fuera su impulsor dejó de considerarlo suficiente. “Cuando nos
empezó a ir bien en los
emprendimientos, vimos
que no alcanzaba con que 40 ó 50 personas tuvieran trabajo. Empezamos a pensar cómo podíamos aportar desde
nuestra experiencia y nos
animamos a entrar a la política”, cuenta Flores,
hoy diputado por la Coalición
Cívica.
“Los líderes sociales de las últimas décadas tienen lo que ya no está en la política:
valores, principios, búsqueda de transformación. Creo que lo empezaron a tomar sin
darse cuenta y su actividad construye hoy capital social. No es una búsqueda por construir
poder –aclara–, sino que se da naturalmente al apoyarse en esos principios. Si no,
el capital social se perdería.”
Como líder social que optó por avanzar hacia el ámbito político partidario, Héctor
Toty Flores impulsa hoy un proyecto de ley para crear una Oficina de Sociedad Civil y
Parlamento. La iniciativa (que ya había sido presentada pero perdió estado legislativo)
apunta a generar mayor articulación entre el espacio social y el político. Una meta
que comparten todos los líderes de organizaciones y movimientos cuando arriban al
ámbito estatal.

Del municipio al mundo
Ricardo Bertolino
El punto de partida fue un inconveniente cotidiano del ámbito local: no había un tratamiento adecuado de los residuos en los municipios de Santa Fe. Con el objetivo de
modificar esa situación, Ricardo Bertolino fundó en 1995 el primer Ecoclub: un espacio
para que jóvenes de entre 12 y 25 años comenzaran a aprender y preocuparse por el manejo de los residuos y el cuidado del ambiente en su comunidad.
“Me relacioné con escuelas y grupos de jóvenes para asumir un rol colectivo. En principio
fue contra los basurales a cielo abierto. De a poco, al haber más grupos de jóvenes y en más municipios, empezamos a capacitar desde la universidad (Facultad de Ciencias Agrarias, extensión universitaria). Luego armamos una red de capacitadores”,
relata Bertolino. ¿Cómo se formaba a esos futuros líderes? “Había que plantear el desafío
y mostrar cómo dar los primeros pasos –explica– y luego impulsarlos a transmitir
su experiencia a otros.”
Cada paso ampliaba la iniciativa, que no tardaría en trascender fronteras: los ecoclubes proliferaron por todo el continente americano y aterrizaron también en África y Europa.
En la Argentina, en tanto, están presentes en más de 170 municipios. La red social
por el cuidado del medio ambiente llegó a involucrar a alrededor de diez mil jóvenes
y recibió el apoyo de la Organización Panamericana de la Salud (OPS).
Hoy, Bertolino ya no está al frente de este movimiento, que adquirió vida propia. El ingeniero
agrónomo preside el Movimiento Agua y Juventud, entidad que “nuclea a muchas
organizaciones, con diferentes visiones, sobre temas como acceso al agua, saneamiento
y cambio climático”.
Una década y media después de la fundación del primer Ecoclub, tras llevar la iniciativa
por todo el mundo e involucrar a varias generaciones de jóvenes, Bertolino sigue teniendo
el mismo objetivo que en los inicios: trabajar de forma colectiva por el cuidado
del medio ambiente, para generar una mejor calidad de vida.
 
¿Qué distingue a un líder social?
POR BERNARDO BLEJMAR
Tendemos a pensar en compartimentos estancos, como si líderes políticos y sociales provinieran de ámbitos diferentes, pero ambos surgen
del mismo país, de la misma cultura. No creo que haya que pensar el liderazgo social como contracara del descrédito del liderazgo político, sino que el incremento del liderazgo social pone de manifiesto una
complejidad creciente que implica múltiples demandas y exige a su vez múltiples respuestas.
El esperado y necesario crecimiento cualitativo del liderazgo político no opacaría al
liderazgo social, por el contrario, lo estimularía en nuevos desafíos. La política como
espacio tensional para dirimir las agendas públicas en torno del desarrollo social debe
seguir ocupando el centro de la escena para ambos liderazgos.
Hay sí un rasgo distintivo que tiene que ver con la credibilidad depositada en los referentes
sociales, dada por su cercanía con el problema, con la gente y una ecuación diferente en términos discurso-hechos de la significativa brecha que presentan nuestros
políticos en dicha ecuación.
En ambos parece haber, sin embargo, una tendencia a la perpetuidad, en el ámbito
social se expresa en la falta de sucesión democrática de los liderazgos o en no pocos
casos la sucesión familiar como única opción. Esto reproduce, a nivel micro, la llamada
“captura del Estado” que se da en el ámbito político cuando los representantes viven y actúan como propietarios de cargos para los que han sido elegidos sólo como inquilinos. Siendo los demás, la gente, quienes los constituyen como líderes, se abre un espacio de construcción colectiva, esto es más visible aún en el ámbito social, porque
la construcción depende de la escucha, la confianza, la credibilidad de la gente con la que se trabaja.
Los líderes sociales no debieran olvidar su fuente de legitimidad: el servicio, un cierto enamoramiento de la utopía por un mundo mejor y una pretensión de contribuir
al cambio social “con otros”.
Para ellos se plantea un desafío triple: 1) colocar en la agenda política pública requerimientos
sociales clave; 2) presentar gestiones alternativas para lograr resultados, y 3) mostrar la manera de conseguir esos resultados sostenida en una ética procesual.
El liderazgo social debería construir a partir de procesos democráticos, claros y transparentes. Tal es la demanda que plantea la comunidad a sus líderes: que faciliten la emergencia de las mejores condiciones para que ella misma resuelva sus problemas,
aproveche sus oportunidades y lo haga, además, con la gente y no a pesar de ella.
* Autor de Gestionar es hacer que las cosas sucedan y Liderazgo y desarrollo sustentable.

La construcción del liderazgo
POR GLORIA EDEL MENDICOA
El proceso de influencia entre un referente y sus seguidores para alcanzar objetivos organizacionales constituye la construcción de un liderazgo.
Quien está al frente de un colectivo se define por la capacidad de influir sobre los otros –siempre por medios no coactivos– y apuntar a determinadas metas logrando que el grupo las alcance.
Todo liderazgo requiere un aprendizaje. Quien comienza a asumir un rol de referente
puede enfrentarse en su desempeño a dos tipos de problemas: técnicos y adaptativos.
Los primeros tienen que ver con el conocimiento que exige implementar procedimientos
organizacionales; los segundos, con el abordaje de conflictos que involucran valores, creencias, conductas.
Enfrentar el desafío de asumir ese rol implica motivar, organizar, orientar y focalizar
la atención. Y la medida del liderazgo está dada por el progreso en la solución del problema.
El líder impulsa y contribuye a lograr ese progreso en la comunidad, pero la responsabilidad es conjunta: el líder es parte de esa comunidad y tiene ese rol a partir
del reconocimiento de su comunidad.
Un referente social –al igual que un líder político– debe dar ejemplo al comportarse
de manera consistente con los valores compartidos. Podría decirse que son cinco las
prácticas que definen el accionar de los líderes: cuestionar el proceso (apuntando a
su mejora), inspirar una visión común, permitir que otros actúen (y contribuir a ello),
modelar el camino, alentar el corazón.
El liderazgo es tanto activo como reflexivo. Se debe alternar entre el participar y el
observar. Tomar perspectiva y trabajar también en pos de que los demás asuman mayores
responsabilidades. La meta, en definitiva, es que la colectividad desarrolle una
mayor confianza en sí misma.

* Doctora en Ciencias Sociales con Especialización en Sociología. Dirige el Programa de Formación de Agentes para el Desarrollo Local (Fadel)
en la Universidad de La Matanza.


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