Al principio es sólo eso: una chacra, una pequeña huerta, algunas gallinas, unos pocos chanchos, un puñado de cabras. Luego, unos se juntan con otros y surge la idea de salir a vender y de producir más. Así, lentamente, la rueda empieza a girar y lo que fue una herramienta de subsistencia, se va transformando en una alternativa de inclusión laboral, económica y, en definitiva, social.
Según datos oficiales, los pequeños productores representan el 71 por ciento del sector agropecuario de todo el país, ocupan apenas el 13,5 por ciento de la superficie trabajada y producen el 20 por ciento del valor generado por la actividad.
Eugenio Kasalaba, referente del Movimiento Agrario Misionero, no se cansa de andar. Esta semana viajó desde Oberá hasta Buenos Aires con una carga de dos mil kilos de yerba, azúcar rubia, mermeladas y pickles que se venderán en el Mercado de Economía Solidaria Bonpland, que, con el lema “organizaciones produciendo valores”, funciona en el barrio de Palermo.
Uno de esos productos, quizás el más conocido, es la yerba Titrayjú, que sólo se consigue por fuera del circuito comercial tradicional y es elaborada artesanalmente por los colonos y sus familias, quienes componen la Cooperativa Río Paraná.
Como ellos, otros pequeños productores, minifundistas, campesinos, chacareros, colonos, medieros, productores familiares, campesinos y productores rurales sin tierras y comunidades de pueblos originarios componen el vasto colectivo de la agricultura familiar. En el Registro Nacional de la Agricultura Familiar (Renaf) están inscriptas 64 mil familias –unas 251 mil personas–, que representan, según se estima, un tercio del universo total. Desempleo, subempleo, falta de acceso a la salud y la educación, exclusión y desarraigo son algunas de las realidades que las atravesaron durante décadas. Hoy, la tierra parece volver a dar una oportunidad.