El valor del trabajo y la conciencia social estuvieron presentes desde siempre. También el arte. Pero fue en 2002, cuando Milo Lockett debió cerrar su fábrica textil, que se animó a lanzarse como artista; sin saber que se convertiría en un éxito de ventas, con proyección internacional y que, a su vez, esa carrera le facilitaría el camino para ayudar. Humilde y austero, tamtampoco se creyó el lugar estelar y usó el reconocimiento adquirido para impulsar lo que denomina un “arte social”, de concientización, que se propone acercarse a los otros, a los invisibles. Comenzó entonces a recorrer ambos caminos a la par y del mismo modo: de manera autodidacta, a base de prueba y error.
“Yo soy una persona que necesito creer, tener esperanza. Lo mío es todo positivo. Se puede estar cayendo el mundo y yo lo voy a sostener. No me gusta hablar de la destrucción. Me parece más transformador tratar de ir para adelante, porque lo negativo está ahí, ya lo conozco”, señala Milo con su tonada chaqueña, sentado en uno de los sillones del espacio de arte que abrió hace más de un año en el barrio de Palermo, lugar de residencia que alterna con su Chaco natal, para cumplir con sus compromisos. El lugar desborda de su estilo ya característico en cuadros, mesas y postales. Cuenta que suele recibir también a nuevos artistas, aunque si ellos después no ayudan a otros, eso le molesta.
Continuamente entra gente a comprar, mirar o consultar precios pero a él el éxito no lo marea. Está ocupado con varios proyectos y elige mencionar sólo algunos: la Casa Garrahan que están construyendo en Resistencia conla Fundación Ciudad Limpia y de la cual, seguramente, será padrino artístico; el trabajo con los chicos con capacidades especiales de Los Girasoles, y la escuela toba que levantarán en su provincia sobre tierras que pertenecen a los pueblos originarios. “Cuando nos dimos cuenta éramos más de 200. Va a generar mucha actividad. También la gente grande va a ir a leer y escribir. Son proyectos de vida que uno elige. Creo que somos muchos que queremos que el mundo sea más justo”, resume.
–¿Qué prioriza a la hora de optar por una fundación con la cual trabajar?
–En general se contactan las fundaciones conmigo. Todo lo que tiene una causa que a mí me guste, me momotiva a colaborar. Es raro que diga que no, tiene que ser algo dudoso. Tengo un referente que es Juan Carr (creador de Red Solidaria). Me encanta pertenecer a su mundo. Yo soy un artista muy prolífico y hace mucho tiempo entendí que no tengo que acumular obra. La mayor parte la regalo a fundaciones, porque sé que esos cuadros se convierten en plata y esa plata sirve para hacer algo. Aparte es lo único que tengo para dar. Ni siquiera me doy cuenta del valor que tienen, a pesar de que el mercado les haya puesto uno.
–¿Pensó en abrir su fundación para poder llevar adelante sus propios proyectos?
–No estoy apurado por eso. Creo que uno puede trabajar siempre igual para otro. Ése es el sentido de la solidaridad, cuando vos te preocupás por otro que no tiene, desinteresadamente, sin recibir elogios o aplausos. También los proyectos van cambiando y tomando otra forma. Por ahí me gusta retirarme y retomar, porque voy modificando mi forma de ver y de pensar. Cuando pasaron siete años quizás se modifican los objetivos, las necesidades, las personas. Ya estás en otra película.