¿Quién puede negar haber descartado en el último año algún artefacto electrónico? ¿Cuántos de estos se convirtieron en basura por obsoletos y cuántos por haber sido reemplazados por otros más modernos y atractivos? Según la Cámara Argentina de Máquinas de Oficina, Comerciales y Afines (Camoca), en los últimos dos años, en la Argentina, los residuos electrónicos se incrementaron de 80 mil a 120 mil toneladas anuales y estiman que sólo en la Ciudad de Buenos Aires, de 14 mil toneladas producidas en 2009 se llegará a 20 mil a fines de 2011. Surge así, por parte de algunos sectores sociales, la preocupación respecto de las consecuencias de este aumento acelerado de los Raees (Residuos de aparatos técnicos y electrónicos) tanto para la salud humana como para el medio ambiente. ¿Qué hacer con ellos?
En este sentido, el Congreso de la Nación ensaya una respuesta a través del debate de un proyecto de ley que obtuvo media sanción en mayo pasado. Propone una responsabilidad extendida del productor, es decir, que los fabricantes de aparatos electrónicos se hagan cargo de la gestión de sus productos en desuso ya sea para su descarte, acopio, transporte, reutilización y/o reciclado. De aprobarse la ley, se dispondría, por primera vez en el país, un circuito nacional para la disposición final de productos como televisores, electrodomésticos, lámparas, computadoras, baterías, una vez desechados por sus consumidores. Mientras tanto son las OSC, cooperativas y empresas especializadas las que se ponen al hombro la tarea de reciclar, en la que algunos encontraron una oportunidad laboral y otros, una solución a la brecha digital que todavía sigue siendo significativa en los estratos sociales con más necesidades.
En este último grupo se encuentra la Fundación Equidad, que hace cinco años montó un taller de reciclado de computadoras para donar a escuelas públicas. Su fundador y técnico en Computación, Oscar Zúccolo, comenta la modalidad de trabajo: "Recibimos las máquinas, mayormente por parte de empresas, y pasan por un proceso que se llama triage para determinar si cumplen o no con las características: tienen que ser Pentium 4 y no tener fallas a la vista. Luego, realizamos el desguace, probamos individualmente cada elemento y los que funcionan van al almacén y los que no, se descartan".
En la Fundación Equidad, donde se producen unas 3 mil máquinas por año que son donadas con una garantía de 6 meses, lo que se desecha es diferenciado entre tóxico y reutilizable: "Nada de lo que sale de acá –garantiza Zúccolo– es basura; cada elemento tiene sentido económico para mucha gente". Así, las plaquetas de circuitos integrados, que inofensivas durante su vida útil se vuelven peligrosas una vez descartadas, son entregadas a Escrap y Silkers, las únicas empresas certificadas por la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación para hacerse cargo de su tratamiento. Los plásticos, metales ferrosos y no ferrosos, cartones y otros restos son donados a recicladores urbanos.
Por su parte, la Cooperativa Toma Del Sur, que reunió en 2001 a artesanos, albañiles y amas de casa para hacer frente a la crisis, comenzó con el acopio y venta de cartones hasta que algunos años después descubrió la pata económica de los residuos tecnológicos. El presidente de la cooperativa de Avellaneda, José Barrera, relata la anécdota: "Un día nos trajeron unas CPU, las abrimos, vimos cobre y en 10 minutos teníamos 7 kilos. Lo vendimos y con eso nos comimos un asado porque hacía meses que no probábamos la carne". Según cuenta Barrera, en forma autodidacta fueron aprendiendo a desguazar y aprovechar cada elemento que llegaba a sus manos.