El termómetro marca poco más de cero grados. Pero ahí, en Plaza Solís, casi no se nota. El sol invernal pega con ganas, mientras la mancha y el elástico invitan a deshacerse de camperas y bufandas. En esa plaza de La Boca, a pocos metros del Riachuelo, los sábados entran en acción Los Tigres Saltarines. Ni más ni menos que pibes del barrio con ganas de jugar.
La iniciativa forma parte de Prisma-La Pulpería, organización conjunta que cuenta con bachilleratos populares, clases de apoyo escolar, emprendimientos laborales y otras actividades repartidas por zona sur. “Con una mirada que parte de la educación popular, apostamos a construir maneras diferentes de relacionarnos, a que los chicos tengan un espacio para compartir el juego”, se definen Los Tigres Saltarines en su cuarto año de vida.
Salvo que la lluvia agüe la fiesta, la cita es los sábados al mediodía en el centro de la plaza. La mayor parte de los chicos, de entre cinco y doce años, viene desde los conventillos de la zona. “Yo no sabo saltar la soga, quiero dibujar”, dice Melina, la más chiquita, y se pone a pintar monigotes de tiza en el suelo. Sofía, con una sonrisa con muchas ventanas, intenta una y otra vez dominar la soga con sus saltos y Candi, que nunca antes había venido, espía tímida hasta que se anima a ser parte. En tanto Lucas y Daiana, concurrentes asiduos, eligen sus juegos favoritos: “El del gato y el ratón”, prefiere él; “el de las estaciones”, no duda ella, en referencia a un circuito de postas que incluye carretillas humanas, trabalenguas, adivinanzas y caramelos.
“El objetivo general del espacio es mostrarles una manera diferente de relacionarse”, cuenta Martín Guaglianone. Y completa Violeta Rimieri: “Que se den cuenta que ellos pueden tomar las decisiones, que está bueno que elijan el juego, quién reparte las galletitas, que vean que todos pueden hacer todo”. Él tiene 21 años y estudia Sociología; ella tiene 28 y está por comenzar su formación en Recreación. Ambos se encargan, sábado a sábado, de llevar Los Tigres Saltarines a Plaza Solís.
Crear lazos sociales, formar en derechos a través del juego, enseñar a compartir y no discriminar. Las metas no son fáciles de alcanzar. Sobre todo, cuando se dispone de dos horas semanales para llevar adelante la iniciativa. Así y todo, los resultados del tiempo de juego comienzan a volverse reales. En plena ronda de jugo y galletitas –ceremonia que cierra cada reunión–, algo enfrenta a dos de Los Tigres Saltarines. Un nene y una nena que comienzan a usar atributos físicos y adjetivos gentilicios a modo de insulto. “Acá venimos a jugar, hay que respetarnos”, se para Iván, el más grande de un grupo de cuatro hermanos que se toma muy en serio esto de jugar. “En la primera parte del año, trabajar las situaciones de discriminación que tienen que ver con cuestiones físicas fue uno de los objetivos –cuenta Martín–. Por ejemplo, uno de los juegos es el nudo humano, donde todos se tienen que enredar, estar en contacto.”